Hoy, Jueves Santo, en presencia de Cristo, ante Él y ante su Iglesia, siento que el alma me arde. Se me agolpan dentro la gratitud, el temblor, la alegría, la memoria, la emoción más honda. Vuelvo al día santo (25 de marzo de 1990) en que el Señor pasó por mi vida, me miró con misericordia, pronunció mi nombre y ungió para siempre mi pobreza con la fuerza invencible de su amor. Y desde lo más vivo, lo más tembloroso y lo más verdadero de mi corazón, quiero decirle otra vez:
Sí, quiero.
Sí, quiero renovar mi entrega.
Sí, quiero renovar mi amor.
Sí, quiero renovar mi confianza.
Sí, quiero renovar, con toda el alma, aquel “sí” primero que un día cambió mi vida para siempre.
No quiero pronunciar una respuesta fría. No quiero repetir una fórmula. Quiero abrir el corazón de par en par. Quiero que este “sí” brote encendido, limpio, emocionado, consciente, total. Quiero decirle al Señor que sigue siendo el centro de mi vida, la pasión de mi alma, la roca de mi esperanza, la razón más profunda de mi entrega. Quiero decirle que, a pesar de mis cansancios, de mis luchas, de mis pobrezas y de mis noches, sigo queriendo ser enteramente suyo, radicalmente suyo, gozosamente suyo.
Sí, quiero unirme más intensamente a Cristo. Quiero dejarme abrazar por él, herir por él, transformar por él. Quiero que sus sentimientos santos entren en mí, que su mansedumbre venza mis durezas, que su humildad purifique mis vanidades, que su obediencia cure mis resistencias, que su caridad pastoral ensanche mi corazón. Quiero configurarme con Él de verdad, hasta dentro, hasta el fondo, hasta el punto de que mi vida huela cada vez más a Evangelio, a entrega, a compasión, a cruz y a resurrección.
Quiero renunciar a mí mismo: a lo que me frena, a lo que me divide, a lo que me enfría, a lo que me encierra. Quiero dejar atrás toda mediocridad triste, toda comodidad estéril, toda búsqueda de mí mismo. Quiero reafirmar con ardor humilde, con emoción agradecida y con fidelidad valiente la promesa de vivir los sagrados deberes que acepté con gozo el día de mi ordenación para el servicio santo y fecundo de la Iglesia.
Sí, quiero.
Sí, quiero permanecer como fiel dispensador de los misterios de Dios. Quiero celebrar la Eucaristía con el corazón sobrecogido, con el alma de rodillas, con reverencia luminosa, con amor adorante, con el santo temblor de quien sabe que toca cada día el incendio del amor de Cristo. Quiero que nunca se apague en mí el asombro. Que nunca me acostumbre al altar. Que nunca banalice lo sagrado. Que nunca deje de estremecerme ante el Cuerpo entregado y la Sangre derramada por la vida del mundo.
Quiero vivir la liturgia con unción verdadera, con recogimiento puro, con hondura espiritual, con belleza transparente, sabiendo que allí Dios consuela, sana, levanta, perdona, santifica y abraza a su pueblo.
Quiero predicar la Palabra con fuego en las entrañas, con claridad en la mente, con ternura en el corazón y con verdad en los labios. Quiero anunciar a Cristo con una palabra viva, valiente, penetrante, consoladora, capaz de tocar heridas, despertar conciencias, sostener cansancios, encender esperanzas y abrir caminos de conversión.
Quiero ser pastor según el corazón de Cristo. Cercano y profundo. Fuerte y tierno. Humilde y firme. Pobre y libre. Misericordioso y veraz. No quiero buscar seguridades humanas, ni reconocimientos vacíos, ni bienes pasajeros, ni prestigios frágiles. No quiero vivir para mí. Quiero vivir movido únicamente por el celo ardiente de las almas, por el deseo santo de que nadie se pierda, de que nadie se sienta solo, de que nadie piense que Dios lo ha olvidado.
Quiero gastar mi vida.
Quiero partirla.
Quiero ofrecerla.
Quiero desgastarla con alegría.
Quiero que mi sacerdocio sea casa abierta, lámpara encendida, herida disponible, puente tendido, abrazo de Dios para los pobres, los heridos, los que buscan, los que dudan, los que lloran, los que vuelven.
Sí, quiero.
Y al decir este “sí”, no escondo mi fragilidad. La pongo temblando en las manos de Cristo. Le entrego mis heridas, mis luchas ocultas, mis fatigas, mis sombras, mis momentos de desierto. Porque sé que no soy sacerdote por mis méritos, sino por su misericordia; no por mis fuerzas, sino por su gracia; no por mi perfección, sino por la fuerza humilde y poderosa de su Espíritu Santo.
Por eso hoy le suplico: ven de nuevo sobre mí, Espíritu Santo.
Sacúdeme.
Purifícame.
Sáname.
Abrásame.
Desinstálame.
Renuévame por dentro.
Rompe mis tibiezas.
Disuelve mis miedos.
Levanta mis cansancios.
Reenciende en mí la alegría primera, la pasión limpia, el amor indiviso, la fidelidad cotidiana.
Dame, Señor, un corazón más humano y más santo. Más delicado y más fuerte. Más compasivo y más libre. Más orante y más entregado. Un corazón sacerdotal que sepa escuchar de verdad, llorar con el que sufre, sostener al débil, buscar al perdido, esperar al rezagado, corregir con caridad, servir sin ruido y amar sin medida.
Hazme sacerdote de altar y de calle.
De sagrario y de pueblo.
De silencio y de palabra.
De verdad y de misericordia.
Hazme sacerdote con entrañas de padre, alma de adorador y pies de misionero.
Hazme sacerdote de mirada limpia, de manos disponibles, de rodillas firmes, de corazón encendido.
Hazme Pastor y Hermano.
Y hoy, con toda la fuerza del alma, pido al pueblo santo de Dios: recen por nosotros. Recen por sus sacerdotes. Recen para que seamos fieles cuando llegue el cansancio. Recen para que seamos limpios cuando arrecie la tentación. Recen para que seamos humildes cuando llegue el reconocimiento. Recen para que seamos valientes cuando aparezca el miedo. Recen para que no se nos enfríe el amor. Recen para que no nos acostumbremos jamás a lo santo. Recen para que vivamos lo que celebramos, creamos lo que predicamos y entreguemos con generosidad lo que gratuitamente hemos recibido.
Tú que lees estas líneas, reza por mí y mis hermanos presbíteros, para que seamos sacerdotes con alma ardiente, palabra ungida, caridad concreta y fidelidad luminosa. Sacerdotes que transparenten a Cristo. Sacerdotes que huelan a Evangelio. Sacerdotes que acompañen, bendigan, reconcilien, iluminen y conduzcan a todos hacia Jesucristo, única fuente de vida, de paz, de alegría y de salvación.
Y recemos también por nuestro obispos, José y Cristóbal, para que el Señor los fortalezca con su gracia, los sostenga en su entrega y los haga imagen viva, creíble, fecunda y luminosa de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos.
Que el Señor nos guarde en su amor.
Que no permita que se apague la llama.
Que no deje secarse nuestra entrega.
Que no nos falte nunca la unción.
Que no nos robe nadie la alegría de servir.
Que no nos venza la noche.
Que no nos falte la ternura.
Que no nos falte la verdad.
Que no nos falte el celo.
Que no nos falte Cristo.
Y cuando termine nuestro camino, cuando hayamos amado, servido, sufrido, esperado y entregado la vida, podamos presentarnos ante Él con el corazón ardiendo y las manos gastadas, llevando dentro con nosotros al pueblo amado que se nos confió, para entrar juntos en la alegría eterna del Buen Pastor.
Amén.
(Adaptación creativa y personal de la Renovación de las promesas sacerdotales en la Misa Crismal)







