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sábado, 15 de agosto de 2026

"Pon eternidad en tu vida" - María en la Asunción

 

Hijo mío, hija mía:

Hoy me contemplas en el cielo, pero yo quiero ayudarte a mirar de otra manera la tierra.

La Iglesia celebra mi Asunción. La tradición oriental habla también de mi Dormición, ese descansar definitivamente en Dios al terminar mi camino terreno. Y la fe católica proclama algo esencial: terminado el curso de mi vida terrena, soy llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

Llevada. No llego hasta Dios por mis propias fuerzas. Todo es gracia.

Mi Asunción es fruto de la Pascua de Jesús. Él es quien vence a la muerte. Él resucita. Él abre el camino. En mí puedes contemplar anticipadamente aquello que Dios quiere realizar también en ti.

Por eso mi fiesta no habla solamente de mi destino.

Habla del tuyo.

San Pablo te lo recuerda hoy:

«Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto»
(cf. 1 Cor 15,20).

Y añade algo extraordinario:

«El último enemigo en ser destruido será la muerte»
(1 Cor 15,26).

Esta es la noticia que quisiera dejar hoy en tu corazón:

la muerte no tiene la última palabra.

Tampoco la tiene el pecado.
Ni tu fracaso.
Ni tu enfermedad.
Ni tus heridas.
Ni aquello que un día salió mal.
Ni siquiera aquello que ya no puedes cambiar.

La última palabra pertenece a Dios.

Y la palabra de Dios sobre ti es Vida.


La eternidad ya ha comenzado

Pero quizá pienses que todo esto se refiere solamente al momento de la muerte.

No.

La eternidad comienza mucho antes.

Comienza cuando Dios entra verdaderamente en tu vida.

Mi cielo comienza en Nazaret, cuando digo:

«Hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1,38).

Comienza cuando acepto que mi vida no me pertenece completamente.

Comienza cuando me pongo en camino hacia la casa de Isabel.

Precisamente ese es el Evangelio que escuchas hoy:

«María se levantó y se puso en camino de prisa»
(cf. Lc 1,39).

Fíjate: la Iglesia celebra mi entrada definitiva en el cielo recordando un camino por la tierra.

Esto contiene una enseñanza preciosa.

No tienes que escapar de tu vida cotidiana para encontrar la eternidad.

Puedes comenzar a vivirla aquí.

Cada vez que amas, hay eternidad.

Cada vez que perdonas, hay eternidad.

Cuando visitas a alguien que está solo, estás anticipando el cielo.

Cuando escuchas pacientemente a quien necesita hablar, estás anticipando el cielo.

Cuando renuncias al resentimiento, estás anticipando el cielo.

Cuando compartes tu pan, tu tiempo o tu cariño, estás anticipando el cielo.

Cuando vuelves a comenzar después de haber caído, estás anticipando el cielo.

Cuando rezas incluso en medio de la oscuridad, estás anticipando el cielo.

Cuando dices a Dios, aun sin comprender:

«Hágase»,

la eternidad entra silenciosamente en tu presente.

No esperes a morir para comenzar a vivir la vida eterna.

Pon eternidad en tus días.


La mujer, el dragón y la victoria de la vida

La primera lectura te presenta una gran señal:

«Una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza»
(cf. Ap 12,1).

Pero junto a la mujer aparece también un enorme dragón.

Hay luz y oscuridad.
Vida y amenaza.
Esperanza y lucha.

Así es también tu existencia.

La Biblia nunca te promete una vida sin dificultades.

Desde el Génesis aparece la lucha entre la serpiente y la mujer (cf. Gn 3,15). Y en el último libro de la Escritura vuelve a aparecer la mujer frente al dragón.

Pero escucha lo importante:

el dragón no consigue detener la vida.

También tú encontrarás tus propios dragones.

El miedo.

El desánimo.

La enfermedad.

La soledad.

El egoísmo.

Las divisiones.

El pecado.

La muerte.

No niegues su existencia, pero tampoco les concedas un poder que no tienen.

Dios es más grande.

La gracia es más fuerte que el pecado.

El perdón es más fuerte que el resentimiento.

La esperanza es más fuerte que el miedo.

Y el amor es más fuerte que la muerte.


Tu cuerpo está llamado a la gloria

Mi Asunción te recuerda además algo profundamente cristiano: soy llevada en cuerpo y alma a la gloria.

Tu cuerpo también importa a Dios.

Ese cuerpo que se cansa.

Ese cuerpo que envejece.

Ese cuerpo que enferma.

Ese cuerpo que lleva cicatrices.

Ese cuerpo que quizá ya no responde como antes.

No estás destinado a convertirte simplemente en un espíritu separado de todo lo humano.

Tú profesas en el Credo:

«Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Dios quiere salvarte entero.

Por eso el cristianismo ama y protege la vida humana.

Por eso importa cuidar al enfermo, acompañar al anciano, defender al débil, abrazar al que sufre, alimentar al hambriento.

Cada persona que encuentras lleva dentro una vocación de eternidad.

Mírala así.

También cuando esté rota.

También cuando resulte difícil.

También cuando el mundo la considere inútil.

Dios la ha creado para la gloria.


Yo también caminé en la oscuridad

No pienses que mi vida estuvo siempre llena de claridad.

Hay Belén, pero también hay Calvario.

Hay ángeles cantando, pero también una espada atravesa mi alma (cf. Lc 2,35).

Tengo a Jesús recién nacido entre mis brazos y permanezco junto a su cruz cuando parece que todo había terminado.

Muchas veces tampoco yo comprendo.

Guardo las cosas en mi corazón (cf. Lc 2,19).

Por eso puedo decirte:

Cuando no comprendas, permanece.

Cuando tengas miedo, confía.

Cuando caigas, levántate.

Cuando alguien sufra y no puedas solucionar su dolor, quédate a su lado.

Cuando tus planes cambien, vuelve a pronunciar:

«Hágase».

Y cuando sientas que tu mejor tiempo queda atrás, recuerda que para Dios nunca eres una historia terminada.

Todavía puede haber gracia.

Todavía puede haber misión.

Todavía puede haber amor.

Todavía puedes poner cielo en la tierra.


«Proclama mi alma la grandeza del Señor»

Y el Evangelio de hoy termina con mi canto:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador»
(Lc 1,46-47).

Mi Magnificat no nace porque todo es fácil.

Nace porque descubro que Dios está actuando en medio de una historia que yo todavía no comprendo completamente.

Haz tú también de tu vida un Magnificat.

Descubre las pequeñas maravillas de Dios.

Una reconciliación.

Una persona que vuelve.

Una enfermedad llevada con esperanza.

Una conversación que consuela.

Un gesto de ternura.

Una oración sencilla.

Un nuevo comienzo.

La eternidad suele esconderse precisamente ahí.

No siempre llega con acontecimientos extraordinarios.

A veces empieza en una cocina.

En una habitación de hospital.

En una llamada telefónica.

En una visita.

En una lágrima acompañada.

En un «te perdono».

En un «cuenta conmigo».

En un «Señor, confío en ti».


Alza la mirada

Hoy, desde la gloria de Dios, quisiera acercarme especialmente a ti si estás cansado.

Si has sufrido una pérdida.

Si tienes miedo al futuro.

Si notas el paso de los años.

Si llevas dentro alguna herida antigua.

Si algunas veces te preguntas qué sentido ha tenido todo.

Alza la mirada.

No para escapar de la tierra.

Alza la mirada para regresar a ella con una esperanza nueva.

Porque el cielo no te hace despreciar esta vida.

Te enseña a vivirla plenamente.

Vive de tal manera que algo de la eternidad pueda reconocerse ya en ti.

Que donde haya odio, pongas reconciliación.

Donde haya tristeza, cercanía.

Donde haya miedo, confianza.

Donde haya soledad, presencia.

Donde haya pecado, misericordia.

Donde parezca imponerse la muerte, elige siempre la vida.


Plegaria final

María, Madre asunta al cielo,

enséñame a vivir con los pies en la tierra
y el corazón abierto a la eternidad.

Cuando tenga miedo,
recuérdame que Cristo ha resucitado.

Cuando caiga,
hazme creer de nuevo en la fuerza de la gracia.

Cuando me canse,
enséñame a levantarme y ponerme en camino,
como tú camino aprisa hacia Isabel.

Cuando no comprenda,
ayúdame a guardar las cosas en el corazón
y seguir confiando.

Que no espere al final de mi vida
para descubrir el cielo.

Que pueda anticiparlo hoy
amando,
perdonando,
sirviendo,
acompañando,
rezando
y volviendo a comenzar.

Haz de mi vida un pequeño Magnificat:

que mi alma proclame la grandeza del Señor,
que descubra sus maravillas en lo cotidiano
y que nunca olvide
que la muerte no tiene la última palabra.

Porque Cristo vive.

Porque la gracia vence al pecado.

Porque el amor es más fuerte que la muerte.

Y porque también yo
he sido creado para la Vida.

María, Madre de la esperanza,
enséñame a poner eternidad en cada día
y a alzar siempre la mirada hacia Jesús.

Amén.

domingo, 9 de agosto de 2026

Cuando el viento es contrario

 


Meditación para el 

XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Mateo 14, 22 - 33

Hay momentos en la vida en los que uno siente que está navegando de noche.

No necesariamente porque todo vaya mal. A veces, simplemente, porque no vemos con claridad. No sabemos qué vendrá después, cómo terminará una situación, qué decisión tomar, cuánto durará aquello que nos preocupa. Seguimos adelante, hacemos lo que podemos, cumplimos nuestras responsabilidades… pero dentro de nosotros sopla un viento contrario.

El Evangelio de este domingo habla precisamente de una barca en medio del lago. Los discípulos están lejos de tierra y las olas la sacuden. Jesús no está aparentemente con ellos.

Y quizá esa sea una de las experiencias humanas más profundas: sentir que Dios está lejos precisamente cuando más lo necesitamos.

Todos conocemos alguna tempestad.

La enfermedad propia o de alguien querido.
Una pérdida que todavía duele.
Una situación familiar que no sabemos resolver.
La incertidumbre económica.
Una decisión difícil.
El cansancio acumulado.
La soledad.
El paso de los años.
Una decepción.
Una etapa que termina sin saber muy bien cómo comenzará la siguiente.
O simplemente esos miedos que no contamos a nadie y que aparecen especialmente cuando se hace silencio.

Cada uno conoce el nombre de sus propias olas.

Y, sin embargo, hay un detalle del Evangelio que me parece precioso: aunque los discípulos no ven a Jesús, Jesús sí sabe dónde están ellos.

La oscuridad les impide verlo, pero no impide que Él los vea.

Quizá hoy necesites escuchar precisamente esto: aunque tú no tengas respuestas, Dios no ha perdido de vista tu barca.

Puede que estés cansado de remar. Puede que lleves tiempo luchando contra un viento que parece no cambiar. Puede incluso que alguna vez te preguntes cuánto tiempo más podrás continuar.

Pero todavía estás navegando.

Y eso también es fe.

Fe no es vivir sin miedo.
Fe es continuar cuando existe miedo.

Fe no significa que nunca dudes. Pedro dudó.
Fe significa saber hacia quién levantar la mirada cuando comienzas a hundirte.

Porque Pedro hace algo extraordinario: en medio de aquella tormenta se atreve a salir de la barca. Durante unos momentos camina sobre aquello mismo que podía hundirlo.

Pero después mira el viento.

Y comienza a hundirse.

Cuántas veces nos ocurre lo mismo. Mientras miramos hacia adelante encontramos fuerzas, pero cuando empezamos a mirar únicamente los problemas, los cálculos, nuestras limitaciones, las posibilidades negativas, las opiniones ajenas o todo aquello que podría salir mal, sentimos que el agua empieza a subir.

Entonces Pedro pronuncia una de las oraciones más breves y más sinceras del Evangelio:

«Señor, sálvame».

No es una oración complicada.

Es simplemente el grito de alguien que reconoce que solo no puede.

Y sucede algo maravilloso: Jesús extiende inmediatamente la mano.

No espera a que Pedro explique por qué ha dudado.
No le exige primero que recupere la confianza.
No lo deja hundirse para darle una lección.

Lo sostiene.

Quizá la vida cristiana consista muchas veces simplemente en esto: dejarnos sostener.

Hay días para caminar sobre las aguas y días para agarrarnos fuertemente a la mano del Señor.

Hay días luminosos y días oscuros.

Hay momentos de entusiasmo y momentos en los que nuestra única oración puede ser: «Señor, no me sueltes».

Y también eso es fe.

La barca seguirá encontrando tempestades. La Iglesia también las encuentra. Nuestras comunidades, nuestras familias y nuestra propia historia personal atravesarán momentos de viento favorable y momentos de viento contrario.

Pero el Evangelio no nos invita a abandonar la barca.

Nos invita a seguir navegando.

Con valentía.
Con paciencia.
Con fidelidad.

Quizá no podamos elegir el viento, pero sí podemos decidir hacia dónde orientar la barca.

Quizá no podamos evitar todas las tempestades, pero podemos recordar quién viaja con nosotros.

Quizá no sepamos exactamente cómo será mañana, pero podemos seguir remando hoy.

Y llegará también el momento en que el viento se calme.

Entonces comprenderemos que aquella noche que parecía interminable no era el final del camino.

Tal vez incluso descubramos algo más profundo: que durante aquella tempestad aprendimos a confiar de otra manera; que fuimos dejando seguridades innecesarias; que descubrimos personas que caminaron junto a nosotros; que aprendimos a pedir ayuda; que dejamos de querer controlarlo todo; que comprendimos que somos frágiles, sí, pero profundamente amados.

Por eso hoy, sean cuales sean tus miedos, no abandones tu barca.

Sigue navegando.

No porque seas invencible.
No porque tengas todas las respuestas.
No porque el viento vaya a cambiar inmediatamente.

Sino porque, en algún lugar de esa noche,  Cristo está caminando hacia ti.

Y quizá no lo reconozcas enseguida.

Quizá incluso confundas su presencia con algo extraño, como hicieron los discípulos.

Pero llegará nuevamente su voz:

«Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

Quédate con esas palabras.

Cuando llegue la noche.
Cuando aparezca el miedo.
Cuando el futuro sea incierto.
Cuando sientas cansancio.
Cuando dudes de ti mismo.
Cuando tengas que comenzar otra vez.

Ánimo. Soy yo. No tengas miedo.

Y si alguna vez empiezas a hundirte, no necesitas grandes discursos.

Bastará decir:

Señor, sálvame.

Porque antes incluso de terminar tu oración, encontrarás una mano extendida hacia ti.

Oración

Señor Jesús,
cuando mi vida se vuelva tempestad
y el viento sople en contra,
ayúdame a no abandonar la barca.

Cuando llegue la oscuridad
y no pueda ver con claridad el camino,
recuérdame que aunque yo no te vea,
Tú me estás mirando.

Cuando aparezcan mis miedos,
dame la valentía de seguir navegando.

Cuando dude,
no te canses de llamarme.

Cuando mire demasiado las olas
y comience a hundirme,
extiende nuevamente tu mano
y sosténme.

Enséñame a confiar
no porque todo vaya a salir como yo deseo,
sino porque sé que Tú permanecerás conmigo
pase lo que pase.

Cuida mi pequeña barca, Señor.

Cuida también las barcas
de quienes hoy atraviesan enfermedades, pérdidas,
soledad, incertidumbre, problemas familiares,
cansancio o miedo.

Acércate a cada uno en medio de su noche
y hazle escuchar en lo profundo del corazón:

«Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

Y cuando el viento vuelva a soplar fuerte,
concédeme una sola certeza:

que estoy en tu mirada,
que tu mano permanece cerca
y que contigo siempre merece la pena
seguir navegando.

Amén.

domingo, 2 de agosto de 2026

"Renueva lo que creaste y conserva lo renovado"

    «Atiende, Señor, a tus siervos y derrama tu bondad imperecedera sobre los que te suplican, para que renueves lo que creaste y conserves lo renovado en estos que te alaban como autor y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo…».

    Esta es la oración colecta del Domingo XVIII (18) del Tiempo Ordinario. También podremos escucharla en las celebraciones feriales de esta semana, siempre que el calendario litúrgico lo permita.

    En muchas ocasiones, la oración colecta puede pasar inadvertida. Quizá estamos pensando en otras cosas. Sin embargo, contiene una gran hondura y una extraordinaria riqueza espiritual. Ésta, concretamente, me ha sorprendido y me ha llegado al corazón de una manera especial.

    Comparto contigo por qué.

    En primer lugar, recibe el nombre de «colecta» porque recoge y reúne la oración de toda la asamblea. Después de la invitación «Oremos», se guarda un breve silencio. En ese momento, puedes presentar al Señor lo que llevas en el corazón: tus necesidades, agradecimientos, preocupaciones y esperanzas. Después, el sacerdote eleva, en tu nombre y en el de todos, una única súplica a Dios.

    Por eso, ese breve silencio no es un vacío ni una pausa sin importancia. Es un momento para tomar conciencia de que estamos delante del Señor y poner nuestra vida en sus manos.

    Pero hay una expresión de esta oración que me ha llegado especialmente al corazón:

    «Renueves lo que creaste y conserves lo renovado».

    ¡Qué hermosa petición! Dios no solamente nos creó: continúa actuando en nosotros. Él puede renovar lo que se ha desgastado, sanar lo que ha quedado herido, fortalecer lo que se ha debilitado y devolver esperanza a aquello que parecía apagado.

    El curso pastoral, el trabajo cotidiano, las preocupaciones y las responsabilidades pueden dejarnos cansados, desgastados e incluso interiormente dispersos. A veces llegamos al verano con la sensación de haber entregado mucho y de necesitar recuperar fuerzas.

    Por eso, el verano —aunque no hagamos grandes viajes ni tengamos planes extraordinarios— puede convertirse en una ocasión privilegiada para la renovación personal. Descansar bien, caminar, leer, contemplar la naturaleza, cuidar la alimentación, disfrutar de las personas queridas, buscar momentos de silencio y permanecer serenamente junto al Señor también forman parte de esa renovación.

    No se trata solamente de hacer cosas nuevas, sino de permitir que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros.

    Sin embargo, la oración añade algo igualmente importante: «conserves lo renovado». No basta con experimentar un momento de entusiasmo, consuelo o paz. Necesitamos pedir al Señor que nos ayude a cuidar y mantener la obra que Él mismo ha comenzado.

    La fidelidad cotidiana, la constancia, el silencio, la oración, la escucha de la Palabra, la Eucaristía y el contacto personal con el Señor nos ayudan a conservar lo recibido. Así evitamos echar en saco roto la gracia y regresar rápidamente a las prisas, los hábitos o las preocupaciones que nos desgastaban.

    Dios renueva, pero también sostiene. Él es, como proclama la oración, nuestro autor y nuestro guía: quien nos dio la vida y quien continúa acompañando nuestro camino.

    Un buen propósito para este verano podría ser prestar más atención a la oración colecta de cada celebración. Además de leer previamente las lecturas, puede resultar muy fructífero detenernos también unos minutos en esta oración, situada después del rito penitencial —y los domingos y solemnidades, después del Gloria—. En pocas palabras suele condensar una auténtica escuela de oración y un sencillo programa de vida cristiana.

Hoy puedes hacer tuya esta súplica:

«Señor, renueva en mí lo que se ha desgastado. Sana lo que está herido, fortalece lo que se encuentra débil y aviva lo que se ha ido apagando. Y ayúdame a conservar todo lo bueno que tu gracia está haciendo nacer en mi vida. Sé Tú mi autor y mi guía. Amén».

Y, para llevar esta oración a tu vida, te propongo tres preguntas:

¿En qué aspectos de tu vida necesitas que el Señor te renueve?

¿Qué realidad buena y nueva ha nacido en ti y deseas cuidar y mantener?

¿Qué medios concretos vas a emplear para conservar la obra que Dios está realizando en tu interior?

 


    

domingo, 7 de junio de 2026

Oración a Jesús Eucaristía para el domingo de Corpus


 

Señor Jesús,
Pan vivo bajado del cielo,
presencia humilde y real en la Eucaristía,
hoy venimos a Ti con el corazón despierto,
agradecido y lleno de esperanza.

En esta solemnidad del Corpus Christi,
no queremos mirarte solo en la custodia,
sino dejarnos mirar por Ti,
dejarnos levantar por Ti,
dejarnos transformar por Ti.

Tú eres el Dios cercano
que sale a nuestras calles,
entra en nuestras casas,
visita nuestras heridas,
alimenta nuestras hambres
y enciende de nuevo la fe cansada.

Gracias, Señor,
por la visita del Papa León XIV a España.
Que su presencia entre nosotros
no sea solo un acontecimiento hermoso,
sino una llamada viva
a renovar nuestra fe,
a fortalecer la comunión
y a comprometernos más
con el Evangelio de la caridad.

Señor Jesús Eucaristía,
haz que esta visita nos saque
del egoísmo, de la indiferencia
y de una fe cómoda y privada.
Que no tengamos miedo
de abrirte la puerta del corazón,
de salir al encuentro de los hermanos
y de construir contigo
un mundo más fraterno, justo y humano.

Hoy queremos alzar la mirada.
Alzarla hacia Ti,
fuente escondida que calma nuestra sed.
Alzarla hacia los pobres,
los enfermos, los migrantes,
las familias heridas,
los jóvenes que buscan sentido,
los mayores que se sienten solos
y todos los que han perdido la esperanza.

Señor,
que la Eucaristía no nos encierre,
sino que nos envíe.
Que al recibir tu Cuerpo
nos convirtamos también nosotros
en pan partido,
vida entregada,
consuelo para quien sufre,
luz para quien camina en la oscuridad
y esperanza para quien ya no espera.

Te pedimos especialmente
por nuestra Diócesis de Canarias,
que ya siente cercana la alegría
de recibir al sucesor de Pedro.
Prepara nuestro corazón
para vivir ese día
no como espectadores,
sino como discípulos agradecidos,
como Iglesia viva,
como pueblo que camina unido
bajo la fuerza de tu amor.

Bendice el encuentro en Arguineguín,
donde tantas historias de dolor, búsqueda y esperanza
nos recuerdan que nadie es extranjero
para el corazón de Dios.


Bendice la Catedral de Santa Ana,
signo de una Iglesia diocesana
que quiere escucharte y servirte.
 

Bendice la Eucaristía en el Estadio de Gran Canaria,
para que sea una gran acción de gracias,
un Pentecostés de comunión
y un nuevo comienzo misionero.

Señor Jesús,
Pan de vida,
haznos más tuyos.
Más humildes para adorarte,
más valientes para seguirte,
más fraternos para servir,
más alegres para anunciarte.

Que tu paso por nuestras calles
despierte nuestra fe.
Que tu presencia en la Eucaristía
cure nuestras sequedades.
Que tu amor más fuerte que la muerte
nos haga vivir con ilusión,
con compromiso
y con una esperanza que contagie.

Y cuando pase la fiesta,
cuando termine la procesión,
cuando el Papa continúe su camino,
que no se apague en nosotros
lo que Tú has encendido.

Quédate, Señor, con España.
Quédate con Canarias.
Quédate con nuestras familias.
Quédate con los enfermos.
Quédate con los jóvenes.
Quédate con los pobres.
Quédate con tu Iglesia.

Y haz de nosotros
una custodia viva de tu presencia,
un pueblo que alza la mirada
y una comunidad que, alimentada por tu Cuerpo,
sale a amar sin demora.

Amén.


Bienvenido Papa León - Solemnidad del Corpus


 

Querido Papa León:

Con alegría profunda te damos la bienvenida.
Hoy nuestra tierra te recibe con el corazón abierto, en estos días santos en los que la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi, misterio de amor, de presencia y de entrega.

Llegas en un momento especialmente hermoso: cuando contemplamos a Cristo que se queda con nosotros en la Eucaristía, Pan vivo bajado del cielo, alimento para el camino, fuerza para los cansados, consuelo para los heridos y esperanza para los pobres.

Tu presencia entre nosotros nos ayuda a alzar la mirada.
A levantarla del miedo a la confianza.
De la rutina al asombro.
De la queja a la gratitud.
De la división a la comunión.
De nuestras pequeñas preocupaciones al rostro vivo de Cristo, que camina con su pueblo.

En la Eucaristía descubrimos que Dios no mira desde lejos.
Se hace cercano.
Se parte.
Se reparte.
Se entrega.
Y nos enseña que también nosotros estamos llamados a ser pan partido para los demás.

Por eso, Papa León, tu visita no es solo un acontecimiento histórico.
Es una llamada espiritual.
Una invitación a renovar la fe, a fortalecer la unidad de la Iglesia y a mirar con más compasión las heridas de nuestro mundo.

Bienvenido, Papa León,
peregrino de esperanza,
testigo de Cristo,
servidor de la comunión.

Gracias por venir a confirmarnos en la fe.
Gracias por recordarnos que en Cristo somos uno.
Gracias por invitarnos a mirar más alto,
a caminar más juntos
y a vivir más cerca de Jesús Eucaristía.

Que esta visita sea para todos nosotros una gracia.
Que el Corpus nos enseñe a reconocer al Señor presente en el altar, en la calle, en los pobres, en los migrantes, en los enfermos, en los jóvenes y en cada persona que espera una palabra de consuelo.

Santo Padre, esta es tu casa.
Esta es una Iglesia que quiere recibirlo con cariño, oración y gratitud.

Bienvenido entre nosotros.
Bienvenido en el nombre del Señor.
Contigo, queremos alzar la mirada hacia Cristo, Pan de Vida, centro de nuestra fe y esperanza del mundo.

sábado, 6 de junio de 2026

Infografías para vivir la visita del Papa a España

Enlace para descargarlas:

 Descarga estas infografías sobre el viaje del Papa a España

Una vez llegas a la página pincha en "descarga" para poderlo tener en tu dispositivo móvil u ordenador. Están diseñadas para DINA2, tamaño superior a DINA3 y te servirán para poderlas imprimir, te será de gran ayuda y así puedes darle visibilidad.  

Si estás en el grupo de difusión de la Capilla de Adoración, ahí también tienes el enlace. Gracias. 

viernes, 5 de junio de 2026

Y después ¿qué...?

La visita del Papa no termina cuando se apagan los focos, se vacía el Estadio, se recogen las sillas o dejamos de compartir fotos y vídeos. En realidad, lo más importante empieza al día siguiente.

Porque una gracia no se mide solo por la emoción que provoca, sino por el fruto que deja.
Una visita así no puede quedarse en “yo estuve allí”. Tiene que convertirse en:

“¿Qué hago ahora con lo que he vivido?”


1. ¿Qué queda en mí después de haber alzado la mirada?

El día después nos obliga a preguntarnos con sinceridad:

¿He vivido un acontecimiento o he recibido una llamada?
¿He ido como espectador o como discípulo?
¿Qué palabra, gesto, canto, silencio o momento se me ha quedado dentro?
¿Qué me está pidiendo Dios a partir de ahora?

No basta con decir: “Fue muy bonito.”
Lo decisivo es poder decir: “Algo ha empezado a moverse en mí.”


2. El reto personal: pasar de la emoción a la conversión

La emoción es buena, pero no basta. Puede encender el corazón, pero después hay que cuidar el fuego.

El día después nos plantea retos muy concretos:

  • Volver a rezar con más verdad.

  • Cuidar la Eucaristía dominical.

  • Acercarme al sacramento de la reconciliación.

  • Perdonar a alguien.

  • Revisar mi vida con más honestidad.

  • Dejar una comodidad que me está apagando.

  • Dedicar tiempo a Dios y a los demás.

  • Pasar de la queja al compromiso.

La gran pregunta es:

¿Qué pequeño cambio concreto voy a empezar esta semana?

Porque si después de una gracia grande no damos un paso pequeño, corremos el riesgo de que todo se quede en recuerdo.


3. El reto creyente: no volver igual a la parroquia

La visita del Papa debe devolvernos a nuestras parroquias, movimientos y comunidades con un corazón más abierto, más humilde y más misionero.

No tendría sentido llenar un estadio y luego dejar vacíos los bancos de la Eucaristía dominical, la adoración, la catequesis, la caridad, los grupos, la formación, la vida comunitaria.

El día después nos pregunta:

¿Cómo vuelvo a mi comunidad?
¿Vuelvo más disponible o igual de encerrado?
¿Vuelvo más agradecido o más crítico?
¿Vuelvo con ganas de servir o solo con fotos en el móvil?

Lo vivido debe traducirse en presencia, servicio y fidelidad.


4. El compromiso de la Iglesia: no organizar solo un evento, sino abrir un camino

La Iglesia en Canarias no puede quedarse satisfecha solo porque “todo salió bien”. Eso sería demasiado poco.

El verdadero fruto será preguntarnos:

¿Qué puertas se han abierto?
¿Qué personas se han acercado?
¿Qué jóvenes se han sentido interpelados?
¿Qué alejados han vuelto a preguntar?
¿Qué heridas necesitan ser escuchadas?
¿Qué compromisos nuevos deben nacer?

Una Iglesia que ha recibido una visita así está llamada a ser más:

acogedora, misionera, cercana, orante, samaritana, humilde y valiente.


5. Continuar lo vivido: que no se apague la llama

Después de la visita, hay que cuidar la memoria espiritual del acontecimiento.

No para vivir de nostalgia, sino para reconocer una semilla.

Podemos preguntarnos:

¿Cómo vamos a recordar lo vivido en las parroquias?
¿Habrá espacios para compartir testimonios?
¿Se invitará a quienes fueron a dar un paso más?
¿Se acompañará a quienes se emocionaron, pero no saben cómo continuar?
¿Se ofrecerán momentos de oración, formación, adoración y compromiso?

La visita no debería ser un punto final.
Debe ser un punto de partida.


6. Profundizar en lo recibido

Lo que se recibe deprisa, se pierde deprisa. Por eso hay que volver sobre lo vivido.

Sería bueno releer los mensajes, comentar la homilía, rezar las palabras que más tocaron el corazón, preguntarse qué llamadas concretas dejó el encuentro.

Tres preguntas pueden ayudar:

¿Qué me confirmó Dios?
¿Qué me corrigió Dios?
¿Qué me está pidiendo Dios?

Profundizar es no dejar que la gracia se quede en superficie.


7. Transmitir la experiencia

Quien ha vivido algo bueno no puede guardárselo solo para sí.

El día después también plantea esta pregunta:

¿A quién le voy a contar lo que viví?

No se trata de presumir de haber estado allí. Se trata de compartir con sencillez:

“Fui con dudas, pero me hizo bien.”
“Me emocionó ver una Iglesia viva.”
“Sentí que Dios me pedía volver a empezar.”
“Comprendí que mi fe necesitaba un paso más.”

Un testimonio sencillo puede abrir una puerta en otra persona.


8. Comenzar algo nuevo

Después de una gracia, siempre puede nacer algo nuevo.

Quizá una persona decida volver a Misa.
Quizá otra se acerque a la reconciliación.
Quizá alguien se ofrezca como voluntario.
Quizá una familia vuelva a rezar junta.
Quizá un joven se pregunte por su vocación.
Quizá una parroquia despierte una iniciativa misionera.
Quizá un creyente apagado vuelva a servir.

La pregunta no es solo:

“¿Qué pasó aquel día?”

La pregunta es:

“¿Qué va a nacer a partir de aquel día?”


Interrogantes para el día después

¿Qué gracia recibí y cómo la voy a cuidar?

¿Qué excusa vencí para estar allí y qué excusa debo vencer ahora para seguir creciendo?

¿Qué palabra me llevo como tarea?

¿Qué persona concreta necesita que yo le transmita esperanza?

¿Qué compromiso real voy a asumir en mi parroquia, comunidad o familia?

¿Qué lugar va a ocupar la Eucaristía en mi vida a partir de ahora?

¿Cómo puedo pasar de “me gustó mucho” a “quiero vivir de otra manera”?

¿Qué tiene que cambiar en nuestra Iglesia para que quienes se acercaron no se vuelvan a alejar?

¿Qué caminos nuevos debemos abrir para jóvenes, familias, mayores, alejados, migrantes, enfermos y personas heridas?


Diez frutos que habría que pedir

  1. Más oración y menos superficialidad.

  2. Más Eucaristía y menos fe de costumbre.

  3. Más comunidad y menos aislamiento.

  4. Más misión y menos mantenimiento.

  5. Más escucha y menos juicio.

  6. Más acogida y menos puertas cerradas.

  7. Más compromiso con los pobres y vulnerables.

  8. Más valentía para evangelizar.

  9. Más conversión personal en cada creyente.

  10. Más esperanza concreta para Canarias.


Una propuesta pastoral sencilla para continuar

Después de la visita, cada parroquia o comunidad podría proponer un camino breve con cuatro pasos:

1. Recordar

Un encuentro comunitario para compartir lo vivido: testimonios, fotos, oración, ecos de la homilía y agradecimiento.

2. Rezar

Una hora santa o vigilia para pedir que la gracia recibida no se apague.

3. Discernir

Un espacio sencillo para preguntarse:
“¿Qué nos está pidiendo Dios como comunidad?”

4. Comprometerse

Una acción concreta: visitar enfermos, acompañar alejados, invitar a la adoración, reforzar Cáritas, crear un grupo de escucha, iniciar una misión parroquial o convocar a quienes se acercaron.


Cierre motivador

Y después… ¿qué?

Después toca vivir.
Después toca cuidar.
Después toca agradecer.
Después toca comprometerse.
Después toca no dejar que la gracia se enfríe.

Porque el Papa puede pasar por Canarias durante un par de días,
pero Cristo quiere quedarse en nuestra vida todos los días.

La visita habrá valido la pena si, al volver a casa, a la parroquia, al trabajo, al hospital, a la familia y a la calle, alguien puede decir:

Desde aquel día no quiero mirar igual.
No quiero vivir igual.
No quiero creer a medias.
Quiero alzar la mirada, abrir el corazón y empezar algo nuevo con Dios.


 

jueves, 4 de junio de 2026

Testimonios, de las excusas a la participación

 

1. “Yo decía que no me gustan las multitudes”

Al principio dije que no iba.

Mi excusa era muy clara: “A mí no me gustan las multitudes. Me agobio. Eso será demasiada gente.” Y la verdad es que sonaba razonable. Cada vez que alguien hablaba de la Misa con el Papa en el Estadio de Gran Canaria, yo respondía lo mismo: “Me alegro por quien vaya, pero eso no es para mí.”

Hasta que un día una persona de mi parroquia me dijo con mucha paz:

“No vas porque te gusten las multitudes. Vas porque quieres estar con Cristo y con su Iglesia.”

Aquella frase se me quedó dentro.

Empecé a pensar en cuántas veces sí he estado en sitios llenos: aeropuertos, procesiones, centros comerciales, fiestas familiares, consultas médicas, incluso algún concierto. Y me di cuenta de algo que no me gustó reconocer: para otras cosas hacía el esfuerzo, pero para una gracia de fe estaba buscando escapatoria.

Entonces me pregunté con sinceridad:

“¿De verdad voy a dejar pasar este momento solo porque no será cómodo?”

Y decidí apuntarme.

No voy porque me apetezcan las aglomeraciones. No voy porque me resulte fácil. Voy porque mi fe necesita también gestos concretos. Voy porque quiero decirle al Señor: “Aquí estoy, con mis límites, con mis miedos, pero aquí estoy.”

Ahora ya estoy apuntada. Y siento una alegría serena. No sé cómo será la tarde, pero sé una cosa: no quiero que la comodidad decida por mí.


2. “Yo decía que lo vería por televisión”

Yo tenía mi argumento preparado:

“Para qué voy a ir, si por televisión se verá mejor.”

Y, en parte, tenía razón. Desde casa se verá sin calor, sin cola, sin espera, sin cansancio. Pero un domingo, en la Misa, escuché una frase que me removió por dentro:

“La fe cristiana no es solo mirar desde lejos; es ponerse en camino.”

Aquello me tocó.

Pensé en tantas cosas importantes que nunca he querido vivir por pantalla: una boda de alguien querido, el nacimiento de un nieto, una visita a un familiar enfermo, una fiesta grande del pueblo, una procesión especial. Hay momentos en los que uno siente que debe estar. No basta con verlo después.

Y entonces lo vi claro: la Misa con el Papa no es un programa para ver. Es una Eucaristía para vivir.

La televisión podrá mostrar imágenes, pero no podrá rezar por mí. No podrá ofrecer mi cansancio. No podrá poner mi cuerpo allí, en medio del Pueblo de Dios, diciendo: “Señor, también yo formo parte de esta Iglesia.”

Me apunté esa misma semana.

No voy buscando emoción barata. Voy porque quiero participar. Porque quiero comulgar en comunión con toda la Iglesia. Porque quiero llevar conmigo a mi familia, mis preocupaciones, mis heridas, mis agradecimientos.

Ahora, cuando alguien me dice: “Yo lo veré por la tele”, yo le respondo con cariño:

“Si de verdad no puedes ir, míralo con fe. Pero si puedes ir, no cambies una gracia viva por una pantalla.”


3. “Yo me estaba dejando llevar por mi familia”

Yo quería ir, pero en mi casa empezaron los comentarios:

“Eso será un lío.”
“Habrá demasiada gente.”
“No te compliques.”
“Mejor nos quedamos tranquilos.”

Y poco a poco me fui apagando. No discutí. Simplemente empecé a decir: “Bueno, quizá no voy.”

Pero por dentro no estaba en paz.

Un día, rezando un rato en silencio, me vino una pregunta muy sencilla:

“¿Por qué dejo que decidan por mi fe personas que no la viven como yo?”

No era una pregunta contra mi familia. Yo los quiero muchísimo. Pero comprendí que quererlos no significa esconder siempre lo que para mí es importante.

Esa noche les dije con calma:

“Yo respeto que ustedes no quieran ir, pero para mí esta Misa tiene mucho valor. Me gustaría estar allí. Yo voy.”

No hubo pelea. Hubo sorpresa. Incluso alguno me dijo: “Bueno, si para ti es importante, ve.”

Y ahí entendí algo: a veces los demás no respetan nuestra fe porque nosotros mismos la presentamos como algo secundario.

Ya estoy apuntada. Y voy a ir con paz. No contra nadie, sino desde lo que soy. Desde mi fe. Desde mi historia. Desde mi deseo de encontrarme con Cristo junto a la Iglesia.

Quizá mi familia no entienda todo. Pero puede que mi decisión les hable más que muchas palabras.


4. “Yo decía que ya soy mayor para esos líos”

Cuando empezaron a hablar de la Misa con el Papa, mi primera reacción fue:

“Eso ya no es para mí. Yo soy mayor. Que vayan los jóvenes.”

Además, escuché a algunas personas decir: “Te vas a cansar”, “habrá que esperar mucho”, “mejor no te metas en eso”. Y casi me convencen.

Pero una tarde, hablando con una amiga de la parroquia, ella me dijo:

“¿Y desde cuándo la fe se jubila?”

Me reí, pero luego me quedé pensando.

He pasado media vida yendo a Misa, rezando por mis hijos, sosteniendo mi parroquia, acompañando enfermos, ayudando cuando he podido. He esperado horas por médicos, trámites, viajes, entierros, bodas y celebraciones familiares. ¿Y ahora iba a decir que no puedo esperar unas horas por una Eucaristía tan especial?

Entonces me dije:

“Iré con prudencia, pero iré. Llevaré lo necesario, buscaré compañía, cuidaré mi salud… pero no dejaré que el miedo decida por mí.”

Ya estoy apuntado.

No voy como quien va a una excursión. Voy como quien lleva una vida entera en las manos. Voy a dar gracias. Voy a pedir por mi familia. Voy a rezar por los enfermos, por los migrantes, por Canarias, por la Iglesia.

Y quiero decirle a otras personas mayores:

No dejes que otros apaguen tu ilusión. Si puedes ir con prudencia, ve. Tu presencia cuenta. Tu oración cuenta. Tu historia de fe cuenta.


5. “Yo decía que no cambiaría nada”

Yo era de los que decían:

“Total, ¿qué va a cambiar por ir?”

No lo decía con mala intención. Simplemente estaba frío. Cansado. Algo desencantado. Seguía creyendo, pero sin demasiada ilusión. Cuando me hablaban de la Misa con el Papa, respondía: “Sí, muy bonito, pero después todo seguirá igual.”

Hasta que leí una frase que me golpeó:

“No sabes lo que Dios puede hacer con una tarde que tú le entregas.”

Me quedé mirándola.

Y pensé en mi vida. En tantas veces que algo pequeño me cambió por dentro: una confesión que no esperaba, una palabra en una homilía, una conversación sencilla, una oración hecha casi sin ganas, una comunión recibida con el alma cansada.

Entonces comprendí que mi problema no era el estadio, ni la espera, ni la multitud. Mi problema era que había dejado de esperar algo de Dios.

Y eso me dolió.

Me apunté no porque esté lleno de fervor, sino porque necesito volver a abrir una puerta. Voy con mi fe pequeña, con mis dudas, con mi cansancio, pero voy.

No sé si esa tarde cambiará todo. Pero sí sé que Dios puede encender algo. Puede tocar una herida. Puede despertar una decisión. Puede recordarme que sigo siendo llamado.

Ahora lo tengo claro:

Prefiero ir y abrir el corazón, que quedarme en casa alimentando excusas.

Porque hay momentos que no se repiten. Y hay gracias que solo se reciben cuando uno se pone en camino.