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lunes, 19 de octubre de 2026

¿Y si este año no fuera uno más? Prepárate para vivir algo grande


 

¿Y si este año no fuera uno más? 

Prepárate para vivir algo grande

Un calendario, tres encuentros y un camino compartido hacia los 25 años de nuestra Capilla de Adoración.

Hay fechas que simplemente anotamos en la agenda… y otras que pueden dejar huella en nuestra vida. Este curso pastoral 2026-2027 queremos que sea de los que dejan huella.

Por primera vez, ya tenemos disponible un calendario con todas las actividades de la Capilla de Adoración. Una herramienta sencilla para organizar nuestro tiempo, reservar las fechas importantes y, sobre todo, no perdernos las oportunidades de encuentro, oración y crecimiento espiritual.

Porque sabemos que aquello que verdaderamente valoramos merece también un lugar en nuestra agenda.

 

Mucho más que cumplir nuestro turno de adoración

Tu turno de adoración es fundamental. Es ese encuentro personal, silencioso y fiel con Jesús Eucaristía. Pero nuestra vocación de adoradores también necesita alimentarse de la oración compartida, la fraternidad y la vida comunitaria.

Por eso, este curso te invito especialmente a participar en dos encuentros mensuales:

  • Primer viernes: oración al Corazón de Jesús.

  • Tercer jueves: oración por las vocaciones.

Son oportunidades para fortalecer nuestra fe, sentirnos parte de una misma familia eucarística y renovar la alegría de nuestra entrega.

 

Caminamos hacia nuestras bodas de plata. 

¡Y tú eres parte de esta historia!

En 2027 celebraremos los 25 años de nuestra Capilla de Adoración. ¡Un cuarto de siglo de presencia, oración, fidelidad y tantos encuentros con el Señor!

Pero no queremos limitarnos a organizar una bonita celebración. Deseamos llegar a ese aniversario con el corazón renovado, agradecidos por lo vivido y abiertos a lo que Dios todavía quiere hacer entre nosotros.

Por eso, hemos preparado tres retiros espirituales, distribuidos a lo largo del curso, para profundizar en nuestra identidad, nuestra vocación y nuestro compromiso como adoradores.

Tres sábados que pueden marcar la diferencia

  • 12 de diciembre de 2026 — Adviento

  • 27 de febrero de 2027 — Cuaresma

  • 24 de abril de 2027 — Tiempo pascual

Horario: de 11:00 a 13:00 horas.

Solo tres mañanas en todo el curso. Seis horas para detenernos, escuchar al Señor, compartir nuestra fe y redescubrir la belleza de nuestra vocación.

Además, quienes participen en los tres retiros estarán especialmente invitados a colaborar en la preparación y organización de nuestras bodas de plata.

 

Tu presencia importa. ¡Contamos contigo!

La Capilla no es solamente un lugar al que acudimos para rezar. Es una familia que construimos entre todos, una historia de fe de la que tú también formas parte.

Por eso, no dejes estas fechas para cuando tengas tiempo. Hazles un hueco desde ahora. Quizá el mejor regalo que podemos ofrecer al Señor en este camino hacia los 25 años sea precisamente nuestro tiempo, nuestra disponibilidad y un corazón dispuesto a renovarse.

 

Consulta el calendario, incorpóralo a tu agenda, reserva las fechas.

👉 Accede aquí al calendario de actividades 2026-2027

Que cuando celebremos nuestras bodas de plata podamos decir, con gratitud y alegría: «Señor, gracias por todo lo vivido… y aquí estamos, dispuestos a seguir caminando contigo».

 

¡Te esperamos! Tu presencia también hace Capilla.


domingo, 11 de octubre de 2026

Un regalo para ti : Homilía 24 aniversario Capilla de Adoración


 

     Hoy no celebramos simplemente que han pasado 24 años. Celebramos algo mucho más profundo: 24 años de presencia, de fidelidad, de silencios, de lágrimas, de súplicas, de agradecimientos, de personas que han entrado aquí cargadas y han salido un poco más consoladas; 24 años en los que Jesús Eucaristía ha seguido esperando, acogiendo y transformando vidas.
    Y resulta providencial que la Palabra de Dios de este domingo nos hable precisamente de una invitación, un banquete y una fiesta.
Isaías anuncia que el Señor preparará para todos los pueblos un gran banquete y que llegará un día en que Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros. 

    El salmo nos hace responder:
«Habitaré en la casa del Señor por años sin término».
    San Pablo nos recuerda que ha aprendido a vivir en la abundancia y en la necesidad porque hay Alguien que lo sostiene.
    Y Jesús, en el Evangelio, vuelve a hablarnos de un banquete: «Todo está preparado. Vengan a la boda». 
    Quizá estas palabras podrían resumir también la historia de esta Capilla:«Todo está preparado. Ven». 
    Durante veinticuatro años, de una manera u otra, esta Capilla ha repetido esa invitación.Ven.
Si estás alegre, ven.
Si estás cansado, ven.
Si tienes fe, ven.
Si dudas, ven.
Si necesitas dar gracias, ven.
Si no sabes ni siquiera qué decirle a Dios, ven y siéntate delante de Él.
Porque la adoración comienza muchas veces así: simplemente viniendo.
No somos nosotros quienes empezamos buscando a Dios. Antes de que nosotros lleguemos a la Capilla, Él ya nos está esperando.

    Una historia para agradecer.

    Hoy conviene mirar hacia atrás.
    Seguramente, si pudiéramos reunir en este altar todo lo vivido durante estos 24 años,
necesitaríamos un altar inmenso.
    Aquí cabrían nombres, rostros, familias, enfermos, sacerdotes, adoradores, personas que estuvieron durante años y otras que pasaron solamente una vez.
    Aquí cabrían noches difíciles y mañanas luminosas.
Aquí cabrían peticiones que fueron escuchadas como esperábamos y otras cuya respuesta todavía seguimos intentando comprender.
    Aquí cabrían personas que ya están en la casa del Padre.
Y delante de todo eso solamente podemos decir:
Gracias, Señor.
Gracias porque cuando nosotros hemos sido inconstantes, Tú has permanecido fiel.
Gracias porque cuando hemos hablado demasiado, Tú nos has enseñado el silencio.
Gracias porque cuando hemos llegado preocupados por mil cosas, nos has recordado que
solo una es necesaria.
Gracias porque durante 24 años esta pequeña Capilla ha sido como una lámpara encendida
en medio de la ciudad.

Y quizá muchas personas que pasan cada día por estas calles de Vegueta no saben lo que ocurre aquí dentro.
Pero Dios sí lo sabe.
Sabe las horas de oración.
Sabe los nombres pronunciados delante del sagrario.
Sabe las lágrimas que nadie vio.
Sabe las gracias recibidas.
Sabe cuánto bien ha nacido silenciosamente de este lugar.
Porque la fecundidad de la adoración pocas veces hace ruido.

 
Pero el Evangelio de hoy contiene también una advertencia
El rey prepara el banquete, pero algunos invitados empiezan a poner excusas.
Uno tiene sus tierras. Otro, sus negocios. Otros simplemente no quieren ir.
Y esto puede ocurrirnos también a nosotros.
Podemos acostumbrarnos tanto a las cosas de Dios que terminemos perdiendo la capacidad de asombro.
Podemos tener una Capilla de Adoración cerca y no adorar.
Podemos recibir una invitación de Dios y estar siempre demasiado ocupados.
Tenemos trabajo.
Tenemos problemas.
Tenemos teléfono.
Tenemos compromisos.
Tenemos preocupaciones.
Y Dios continúa diciendo: «Todo está preparado. Ven».
Quizá una de las preguntas que este aniversario nos invita a hacernos es muy sencilla:
¿Sigo teniendo hambre de Dios?
Porque una Capilla de Adoración no puede convertirse únicamente en un lugar bonito que conservamos.
Tiene que seguir siendo un fuego.
Un lugar donde alguien pueda descubrir que Dios está vivo.
Un lugar donde una persona rota encuentre consuelo.
Un lugar donde alguien alejado pueda volver a empezar.
Un lugar donde un joven pueda preguntarse por su vocación.
Un lugar donde un enfermo encuentre fuerza.
Un lugar donde una persona sola descubra que no está sola.
 

De la adoración a la misión
Y aquí aparece algo fundamental.
Jesús dice a los servidores:
«Vayan a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos».
Esta frase debería resonar con especial fuerza hoy.
Porque una comunidad adoradora no puede permanecer encerrada.
La adoración verdadera siempre termina enviándonos.
Entramos para estar con Jesús y salimos para reconocer a Jesús.
Entramos para contemplar el pan partido y salimos dispuestos a partir nuestra vida.
Entramos para arrodillarnos ante Cristo y salimos para inclinarnos ante quien sufre.
Por eso el futuro de esta Capilla no consiste solamente en conseguir que haya más personas delante del Santísimo.
El verdadero sueño debería ser todavía mayor:
que haya más personas que, después de estar delante del Santísimo, salgan transformadas.

Personas más pacientes.
Más misericordiosas.
Más disponibles.
Más comprometidas.
Más sensibles al sufrimiento.
Más capaces de escuchar.
Más dispuestas a servir.
Entonces la adoración se convierte verdaderamente en misión.
El Papa León XIV lo expresó durante su viaje a España con una frase particularmente exigente:
«Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano».
 

La Eucaristía nunca nos encierra. Nos envía.
Y eso es especialmente importante en una ciudad donde hay soledad, ancianos que necesitan
compañía, enfermos, familias con dificultades, migrantes, personas heridas interiormente, personas que quizá han perdido incluso la esperanza.
A todos ellos también tenemos que decirles:
«Hay sitio para ti».
Porque en la parábola ocurrió algo precioso: la sala terminó llenándose de personas que probablemente nunca imaginaron que serían invitadas.
Ese es el corazón misionero del Evangelio:
hay sitio en la mesa de Dios.
«El Señor es mi pastor»
Y en medio de todo esto escuchamos hoy uno de los salmos más hermosos de la Biblia:
«El Señor es mi pastor, nada me falta».
Quizá después de 24 años podemos decir algo parecido.
No significa que todo haya sido fácil.
San Pablo dice hoy que conoce la abundancia y conoce también la necesidad. Ha pasado por momentos buenos y momentos difíciles.
Pero termina afirmando algo impresionante:
«Todo lo puedo en aquel que me conforta».
Eso también pertenece a la historia de cualquier comunidad.
Ha habido momentos de entusiasmo y seguramente otros de cansancio.
Momentos con muchas personas y otros quizá más silenciosos.
Proyectos que salieron adelante y otros que no.
Pero aquí estamos.
Y eso nos recuerda algo fundamental:
la Capilla no se sostiene únicamente por nuestras fuerzas.
La sostiene el Señor.

Nosotros somos servidores temporales de una obra que le pertenece a Él. Por eso podemos mirar al futuro sin miedo.
 

Un año hacia las bodas de plata
Hoy comienza también algo muy bonito.
Nos queda aproximadamente un año para celebrar los 25 años.
Las bodas de plata.
Y sería una pena que ese aniversario fuese simplemente una fecha grande en el calendario.
Podemos convertir este año en un verdadero camino espiritual.
Un año para volver a las raíces.
Un año para preguntarnos qué quiere Dios ahora de esta Capilla.
Un año para recuperar personas que quizá estuvieron y se alejaron.
Un año para invitar a otros.
Un año especialmente para acercarnos a quienes nunca han descubierto la adoración.
Un año para que cada adorador pueda preguntarse:
¿A quién puedo acercar yo a Jesús?
Quizá nuestro compromiso podría ser muy sencillo:
cada adorador, un invitado.
Una persona.
No necesitamos organizar grandes campañas.
Simplemente pensar en alguien y decirle:
«Ven conmigo un rato».
Porque así comenzó muchas veces nuestra propia historia de fe: alguien nos invitó.
Los cruces de los caminos
Jesús no dice: esperen a que la gente venga.
Dice:
«Vayan a los cruces de los caminos».
Los cruces de los caminos hoy tienen muchos nombres.
El hospital.
La familia.
El trabajo.
El barrio.
La universidad.
Las redes sociales.
La calle.
Una conversación casual.
Una persona que atraviesa una dificultad.
Ahí está la misión.
Quizá hemos pensado durante demasiado tiempo que evangelizar consiste principalmente
en organizar cosas dentro de la Iglesia.
Jesús hoy nos recuerda:
«Vayan».
Salgan.
Busquen.
Inviten.
Y cuando encuentren a alguien cansado de la vida, díganle:
Hay un lugar donde puedes descansar.
Cuando encuentren a alguien herido:
Hay Alguien que puede escucharte.
Cuando encuentren a alguien que cree que Dios se ha olvidado de él:
Ven. Él te está esperando.
Eso es misión eucarística.
«Habitaré en la casa del Señor»
Hay una frase del salmo que hoy adquiere para nosotros un significado especial:
«Habitaré en la casa del Señor por años sin término».
Veinticuatro años parecen muchos.
Pero delante de Dios son apenas el comienzo.
 

Hoy damos gracias por quienes pusieron las primeras piedras de esta historia.
Damos gracias por quienes sostuvieron horas difíciles.
Damos gracias por quienes permanecen.
Pero también damos gracias anticipadamente por quienes todavía no conocemos.
Por los adoradores que vendrán.
Por los jóvenes que descubrirán aquí a Jesús.
Por las vocaciones que quizá nacerán delante de este sagrario.
Por las reconciliaciones que todavía sucederán.
Por las lágrimas que aquí encontrarán consuelo.
Por todo lo que Dios todavía quiere hacer.
Porque esta celebración no mira solamente hacia atrás.
 

Mira hacia adelante.
24 años de memoria agradecida.
Un año de preparación.
Y todo un futuro abierto a la gracia.
Por eso hoy podríamos terminar diciendo personalmente al Señor:
Gracias por estos 24 años.
Gracias por quienes comenzaron.
Gracias por quienes continuaron.
Gracias por quienes ya están contigo.
Gracias por cada persona que ha rezado aquí.
Gracias por cada silencio.
Gracias por cada Eucaristía.
Gracias por cada hora de adoración.
Y ahora, Señor, no permitas que vivamos solamente de recuerdos.
Haznos misioneros.
Llévanos a los cruces de los caminos.
Pon nombres y rostros en nuestro corazón.
Haz de esta Capilla una casa abierta.
Que quien entre encuentre silencio.
Que quien esté herido encuentre misericordia.
Que quien busque encuentre tu presencia.
Que quien adore salga dispuesto a servir.
Y cuando dentro de un año celebremos nuestras bodas de plata, podamos descubrir que no
solamente ha pasado otro año, sino que hemos dado un paso más hacia Ti y hacia los hermanos.

Porque al final esta Capilla existe para una sola cosa:
para que muchos puedan encontrarse con Jesús.

Y para que después de encontrarse con Él puedan salir a decir a otros lo que hoy vuelve a decirnos el Evangelio:
«Todo está preparado. Ven».
Ese puede ser nuestro agradecimiento por estos 24 años.
Y ese puede ser también nuestro compromiso para el futuro.

sábado, 15 de agosto de 2026

"Pon eternidad en tu vida" - María en la Asunción

 

Hijo mío, hija mía:

Hoy me contemplas en el cielo, pero yo quiero ayudarte a mirar de otra manera la tierra.

La Iglesia celebra mi Asunción. La tradición oriental habla también de mi Dormición, ese descansar definitivamente en Dios al terminar mi camino terreno. Y la fe católica proclama algo esencial: terminado el curso de mi vida terrena, soy llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

Llevada. No llego hasta Dios por mis propias fuerzas. Todo es gracia.

Mi Asunción es fruto de la Pascua de Jesús. Él es quien vence a la muerte. Él resucita. Él abre el camino. En mí puedes contemplar anticipadamente aquello que Dios quiere realizar también en ti.

Por eso mi fiesta no habla solamente de mi destino.

Habla del tuyo.

San Pablo te lo recuerda hoy:

«Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto»
(cf. 1 Cor 15,20).

Y añade algo extraordinario:

«El último enemigo en ser destruido será la muerte»
(1 Cor 15,26).

Esta es la noticia que quisiera dejar hoy en tu corazón:

la muerte no tiene la última palabra.

Tampoco la tiene el pecado.
Ni tu fracaso.
Ni tu enfermedad.
Ni tus heridas.
Ni aquello que un día salió mal.
Ni siquiera aquello que ya no puedes cambiar.

La última palabra pertenece a Dios.

Y la palabra de Dios sobre ti es Vida.


La eternidad ya ha comenzado

Pero quizá pienses que todo esto se refiere solamente al momento de la muerte.

No.

La eternidad comienza mucho antes.

Comienza cuando Dios entra verdaderamente en tu vida.

Mi cielo comienza en Nazaret, cuando digo:

«Hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1,38).

Comienza cuando acepto que mi vida no me pertenece completamente.

Comienza cuando me pongo en camino hacia la casa de Isabel.

Precisamente ese es el Evangelio que escuchas hoy:

«María se levantó y se puso en camino de prisa»
(cf. Lc 1,39).

Fíjate: la Iglesia celebra mi entrada definitiva en el cielo recordando un camino por la tierra.

Esto contiene una enseñanza preciosa.

No tienes que escapar de tu vida cotidiana para encontrar la eternidad.

Puedes comenzar a vivirla aquí.

Cada vez que amas, hay eternidad.

Cada vez que perdonas, hay eternidad.

Cuando visitas a alguien que está solo, estás anticipando el cielo.

Cuando escuchas pacientemente a quien necesita hablar, estás anticipando el cielo.

Cuando renuncias al resentimiento, estás anticipando el cielo.

Cuando compartes tu pan, tu tiempo o tu cariño, estás anticipando el cielo.

Cuando vuelves a comenzar después de haber caído, estás anticipando el cielo.

Cuando rezas incluso en medio de la oscuridad, estás anticipando el cielo.

Cuando dices a Dios, aun sin comprender:

«Hágase»,

la eternidad entra silenciosamente en tu presente.

No esperes a morir para comenzar a vivir la vida eterna.

Pon eternidad en tus días.


La mujer, el dragón y la victoria de la vida

La primera lectura te presenta una gran señal:

«Una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza»
(cf. Ap 12,1).

Pero junto a la mujer aparece también un enorme dragón.

Hay luz y oscuridad.
Vida y amenaza.
Esperanza y lucha.

Así es también tu existencia.

La Biblia nunca te promete una vida sin dificultades.

Desde el Génesis aparece la lucha entre la serpiente y la mujer (cf. Gn 3,15). Y en el último libro de la Escritura vuelve a aparecer la mujer frente al dragón.

Pero escucha lo importante:

el dragón no consigue detener la vida.

También tú encontrarás tus propios dragones.

El miedo.

El desánimo.

La enfermedad.

La soledad.

El egoísmo.

Las divisiones.

El pecado.

La muerte.

No niegues su existencia, pero tampoco les concedas un poder que no tienen.

Dios es más grande.

La gracia es más fuerte que el pecado.

El perdón es más fuerte que el resentimiento.

La esperanza es más fuerte que el miedo.

Y el amor es más fuerte que la muerte.


Tu cuerpo está llamado a la gloria

Mi Asunción te recuerda además algo profundamente cristiano: soy llevada en cuerpo y alma a la gloria.

Tu cuerpo también importa a Dios.

Ese cuerpo que se cansa.

Ese cuerpo que envejece.

Ese cuerpo que enferma.

Ese cuerpo que lleva cicatrices.

Ese cuerpo que quizá ya no responde como antes.

No estás destinado a convertirte simplemente en un espíritu separado de todo lo humano.

Tú profesas en el Credo:

«Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Dios quiere salvarte entero.

Por eso el cristianismo ama y protege la vida humana.

Por eso importa cuidar al enfermo, acompañar al anciano, defender al débil, abrazar al que sufre, alimentar al hambriento.

Cada persona que encuentras lleva dentro una vocación de eternidad.

Mírala así.

También cuando esté rota.

También cuando resulte difícil.

También cuando el mundo la considere inútil.

Dios la ha creado para la gloria.


Yo también caminé en la oscuridad

No pienses que mi vida estuvo siempre llena de claridad.

Hay Belén, pero también hay Calvario.

Hay ángeles cantando, pero también una espada atravesa mi alma (cf. Lc 2,35).

Tengo a Jesús recién nacido entre mis brazos y permanezco junto a su cruz cuando parece que todo había terminado.

Muchas veces tampoco yo comprendo.

Guardo las cosas en mi corazón (cf. Lc 2,19).

Por eso puedo decirte:

Cuando no comprendas, permanece.

Cuando tengas miedo, confía.

Cuando caigas, levántate.

Cuando alguien sufra y no puedas solucionar su dolor, quédate a su lado.

Cuando tus planes cambien, vuelve a pronunciar:

«Hágase».

Y cuando sientas que tu mejor tiempo queda atrás, recuerda que para Dios nunca eres una historia terminada.

Todavía puede haber gracia.

Todavía puede haber misión.

Todavía puede haber amor.

Todavía puedes poner cielo en la tierra.


«Proclama mi alma la grandeza del Señor»

Y el Evangelio de hoy termina con mi canto:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador»
(Lc 1,46-47).

Mi Magnificat no nace porque todo es fácil.

Nace porque descubro que Dios está actuando en medio de una historia que yo todavía no comprendo completamente.

Haz tú también de tu vida un Magnificat.

Descubre las pequeñas maravillas de Dios.

Una reconciliación.

Una persona que vuelve.

Una enfermedad llevada con esperanza.

Una conversación que consuela.

Un gesto de ternura.

Una oración sencilla.

Un nuevo comienzo.

La eternidad suele esconderse precisamente ahí.

No siempre llega con acontecimientos extraordinarios.

A veces empieza en una cocina.

En una habitación de hospital.

En una llamada telefónica.

En una visita.

En una lágrima acompañada.

En un «te perdono».

En un «cuenta conmigo».

En un «Señor, confío en ti».


Alza la mirada

Hoy, desde la gloria de Dios, quisiera acercarme especialmente a ti si estás cansado.

Si has sufrido una pérdida.

Si tienes miedo al futuro.

Si notas el paso de los años.

Si llevas dentro alguna herida antigua.

Si algunas veces te preguntas qué sentido ha tenido todo.

Alza la mirada.

No para escapar de la tierra.

Alza la mirada para regresar a ella con una esperanza nueva.

Porque el cielo no te hace despreciar esta vida.

Te enseña a vivirla plenamente.

Vive de tal manera que algo de la eternidad pueda reconocerse ya en ti.

Que donde haya odio, pongas reconciliación.

Donde haya tristeza, cercanía.

Donde haya miedo, confianza.

Donde haya soledad, presencia.

Donde haya pecado, misericordia.

Donde parezca imponerse la muerte, elige siempre la vida.


Plegaria final

María, Madre asunta al cielo,

enséñame a vivir con los pies en la tierra
y el corazón abierto a la eternidad.

Cuando tenga miedo,
recuérdame que Cristo ha resucitado.

Cuando caiga,
hazme creer de nuevo en la fuerza de la gracia.

Cuando me canse,
enséñame a levantarme y ponerme en camino,
como tú camino aprisa hacia Isabel.

Cuando no comprenda,
ayúdame a guardar las cosas en el corazón
y seguir confiando.

Que no espere al final de mi vida
para descubrir el cielo.

Que pueda anticiparlo hoy
amando,
perdonando,
sirviendo,
acompañando,
rezando
y volviendo a comenzar.

Haz de mi vida un pequeño Magnificat:

que mi alma proclame la grandeza del Señor,
que descubra sus maravillas en lo cotidiano
y que nunca olvide
que la muerte no tiene la última palabra.

Porque Cristo vive.

Porque la gracia vence al pecado.

Porque el amor es más fuerte que la muerte.

Y porque también yo
he sido creado para la Vida.

María, Madre de la esperanza,
enséñame a poner eternidad en cada día
y a alzar siempre la mirada hacia Jesús.

Amén.

domingo, 9 de agosto de 2026

Cuando el viento es contrario

 


Meditación para el 

XIX Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Mateo 14, 22 - 33

Hay momentos en la vida en los que uno siente que está navegando de noche.

No necesariamente porque todo vaya mal. A veces, simplemente, porque no vemos con claridad. No sabemos qué vendrá después, cómo terminará una situación, qué decisión tomar, cuánto durará aquello que nos preocupa. Seguimos adelante, hacemos lo que podemos, cumplimos nuestras responsabilidades… pero dentro de nosotros sopla un viento contrario.

El Evangelio de este domingo habla precisamente de una barca en medio del lago. Los discípulos están lejos de tierra y las olas la sacuden. Jesús no está aparentemente con ellos.

Y quizá esa sea una de las experiencias humanas más profundas: sentir que Dios está lejos precisamente cuando más lo necesitamos.

Todos conocemos alguna tempestad.

La enfermedad propia o de alguien querido.
Una pérdida que todavía duele.
Una situación familiar que no sabemos resolver.
La incertidumbre económica.
Una decisión difícil.
El cansancio acumulado.
La soledad.
El paso de los años.
Una decepción.
Una etapa que termina sin saber muy bien cómo comenzará la siguiente.
O simplemente esos miedos que no contamos a nadie y que aparecen especialmente cuando se hace silencio.

Cada uno conoce el nombre de sus propias olas.

Y, sin embargo, hay un detalle del Evangelio que me parece precioso: aunque los discípulos no ven a Jesús, Jesús sí sabe dónde están ellos.

La oscuridad les impide verlo, pero no impide que Él los vea.

Quizá hoy necesites escuchar precisamente esto: aunque tú no tengas respuestas, Dios no ha perdido de vista tu barca.

Puede que estés cansado de remar. Puede que lleves tiempo luchando contra un viento que parece no cambiar. Puede incluso que alguna vez te preguntes cuánto tiempo más podrás continuar.

Pero todavía estás navegando.

Y eso también es fe.

Fe no es vivir sin miedo.
Fe es continuar cuando existe miedo.

Fe no significa que nunca dudes. Pedro dudó.
Fe significa saber hacia quién levantar la mirada cuando comienzas a hundirte.

Porque Pedro hace algo extraordinario: en medio de aquella tormenta se atreve a salir de la barca. Durante unos momentos camina sobre aquello mismo que podía hundirlo.

Pero después mira el viento.

Y comienza a hundirse.

Cuántas veces nos ocurre lo mismo. Mientras miramos hacia adelante encontramos fuerzas, pero cuando empezamos a mirar únicamente los problemas, los cálculos, nuestras limitaciones, las posibilidades negativas, las opiniones ajenas o todo aquello que podría salir mal, sentimos que el agua empieza a subir.

Entonces Pedro pronuncia una de las oraciones más breves y más sinceras del Evangelio:

«Señor, sálvame».

No es una oración complicada.

Es simplemente el grito de alguien que reconoce que solo no puede.

Y sucede algo maravilloso: Jesús extiende inmediatamente la mano.

No espera a que Pedro explique por qué ha dudado.
No le exige primero que recupere la confianza.
No lo deja hundirse para darle una lección.

Lo sostiene.

Quizá la vida cristiana consista muchas veces simplemente en esto: dejarnos sostener.

Hay días para caminar sobre las aguas y días para agarrarnos fuertemente a la mano del Señor.

Hay días luminosos y días oscuros.

Hay momentos de entusiasmo y momentos en los que nuestra única oración puede ser: «Señor, no me sueltes».

Y también eso es fe.

La barca seguirá encontrando tempestades. La Iglesia también las encuentra. Nuestras comunidades, nuestras familias y nuestra propia historia personal atravesarán momentos de viento favorable y momentos de viento contrario.

Pero el Evangelio no nos invita a abandonar la barca.

Nos invita a seguir navegando.

Con valentía.
Con paciencia.
Con fidelidad.

Quizá no podamos elegir el viento, pero sí podemos decidir hacia dónde orientar la barca.

Quizá no podamos evitar todas las tempestades, pero podemos recordar quién viaja con nosotros.

Quizá no sepamos exactamente cómo será mañana, pero podemos seguir remando hoy.

Y llegará también el momento en que el viento se calme.

Entonces comprenderemos que aquella noche que parecía interminable no era el final del camino.

Tal vez incluso descubramos algo más profundo: que durante aquella tempestad aprendimos a confiar de otra manera; que fuimos dejando seguridades innecesarias; que descubrimos personas que caminaron junto a nosotros; que aprendimos a pedir ayuda; que dejamos de querer controlarlo todo; que comprendimos que somos frágiles, sí, pero profundamente amados.

Por eso hoy, sean cuales sean tus miedos, no abandones tu barca.

Sigue navegando.

No porque seas invencible.
No porque tengas todas las respuestas.
No porque el viento vaya a cambiar inmediatamente.

Sino porque, en algún lugar de esa noche,  Cristo está caminando hacia ti.

Y quizá no lo reconozcas enseguida.

Quizá incluso confundas su presencia con algo extraño, como hicieron los discípulos.

Pero llegará nuevamente su voz:

«Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

Quédate con esas palabras.

Cuando llegue la noche.
Cuando aparezca el miedo.
Cuando el futuro sea incierto.
Cuando sientas cansancio.
Cuando dudes de ti mismo.
Cuando tengas que comenzar otra vez.

Ánimo. Soy yo. No tengas miedo.

Y si alguna vez empiezas a hundirte, no necesitas grandes discursos.

Bastará decir:

Señor, sálvame.

Porque antes incluso de terminar tu oración, encontrarás una mano extendida hacia ti.

Oración

Señor Jesús,
cuando mi vida se vuelva tempestad
y el viento sople en contra,
ayúdame a no abandonar la barca.

Cuando llegue la oscuridad
y no pueda ver con claridad el camino,
recuérdame que aunque yo no te vea,
Tú me estás mirando.

Cuando aparezcan mis miedos,
dame la valentía de seguir navegando.

Cuando dude,
no te canses de llamarme.

Cuando mire demasiado las olas
y comience a hundirme,
extiende nuevamente tu mano
y sosténme.

Enséñame a confiar
no porque todo vaya a salir como yo deseo,
sino porque sé que Tú permanecerás conmigo
pase lo que pase.

Cuida mi pequeña barca, Señor.

Cuida también las barcas
de quienes hoy atraviesan enfermedades, pérdidas,
soledad, incertidumbre, problemas familiares,
cansancio o miedo.

Acércate a cada uno en medio de su noche
y hazle escuchar en lo profundo del corazón:

«Ánimo, soy yo, no tengas miedo».

Y cuando el viento vuelva a soplar fuerte,
concédeme una sola certeza:

que estoy en tu mirada,
que tu mano permanece cerca
y que contigo siempre merece la pena
seguir navegando.

Amén.

domingo, 2 de agosto de 2026

"Renueva lo que creaste y conserva lo renovado"

    «Atiende, Señor, a tus siervos y derrama tu bondad imperecedera sobre los que te suplican, para que renueves lo que creaste y conserves lo renovado en estos que te alaban como autor y como guía. Por nuestro Señor Jesucristo…».

    Esta es la oración colecta del Domingo XVIII (18) del Tiempo Ordinario. También podremos escucharla en las celebraciones feriales de esta semana, siempre que el calendario litúrgico lo permita.

    En muchas ocasiones, la oración colecta puede pasar inadvertida. Quizá estamos pensando en otras cosas. Sin embargo, contiene una gran hondura y una extraordinaria riqueza espiritual. Ésta, concretamente, me ha sorprendido y me ha llegado al corazón de una manera especial.

    Comparto contigo por qué.

    En primer lugar, recibe el nombre de «colecta» porque recoge y reúne la oración de toda la asamblea. Después de la invitación «Oremos», se guarda un breve silencio. En ese momento, puedes presentar al Señor lo que llevas en el corazón: tus necesidades, agradecimientos, preocupaciones y esperanzas. Después, el sacerdote eleva, en tu nombre y en el de todos, una única súplica a Dios.

    Por eso, ese breve silencio no es un vacío ni una pausa sin importancia. Es un momento para tomar conciencia de que estamos delante del Señor y poner nuestra vida en sus manos.

    Pero hay una expresión de esta oración que me ha llegado especialmente al corazón:

    «Renueves lo que creaste y conserves lo renovado».

    ¡Qué hermosa petición! Dios no solamente nos creó: continúa actuando en nosotros. Él puede renovar lo que se ha desgastado, sanar lo que ha quedado herido, fortalecer lo que se ha debilitado y devolver esperanza a aquello que parecía apagado.

    El curso pastoral, el trabajo cotidiano, las preocupaciones y las responsabilidades pueden dejarnos cansados, desgastados e incluso interiormente dispersos. A veces llegamos al verano con la sensación de haber entregado mucho y de necesitar recuperar fuerzas.

    Por eso, el verano —aunque no hagamos grandes viajes ni tengamos planes extraordinarios— puede convertirse en una ocasión privilegiada para la renovación personal. Descansar bien, caminar, leer, contemplar la naturaleza, cuidar la alimentación, disfrutar de las personas queridas, buscar momentos de silencio y permanecer serenamente junto al Señor también forman parte de esa renovación.

    No se trata solamente de hacer cosas nuevas, sino de permitir que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros.

    Sin embargo, la oración añade algo igualmente importante: «conserves lo renovado». No basta con experimentar un momento de entusiasmo, consuelo o paz. Necesitamos pedir al Señor que nos ayude a cuidar y mantener la obra que Él mismo ha comenzado.

    La fidelidad cotidiana, la constancia, el silencio, la oración, la escucha de la Palabra, la Eucaristía y el contacto personal con el Señor nos ayudan a conservar lo recibido. Así evitamos echar en saco roto la gracia y regresar rápidamente a las prisas, los hábitos o las preocupaciones que nos desgastaban.

    Dios renueva, pero también sostiene. Él es, como proclama la oración, nuestro autor y nuestro guía: quien nos dio la vida y quien continúa acompañando nuestro camino.

    Un buen propósito para este verano podría ser prestar más atención a la oración colecta de cada celebración. Además de leer previamente las lecturas, puede resultar muy fructífero detenernos también unos minutos en esta oración, situada después del rito penitencial —y los domingos y solemnidades, después del Gloria—. En pocas palabras suele condensar una auténtica escuela de oración y un sencillo programa de vida cristiana.

Hoy puedes hacer tuya esta súplica:

«Señor, renueva en mí lo que se ha desgastado. Sana lo que está herido, fortalece lo que se encuentra débil y aviva lo que se ha ido apagando. Y ayúdame a conservar todo lo bueno que tu gracia está haciendo nacer en mi vida. Sé Tú mi autor y mi guía. Amén».

Y, para llevar esta oración a tu vida, te propongo tres preguntas:

¿En qué aspectos de tu vida necesitas que el Señor te renueve?

¿Qué realidad buena y nueva ha nacido en ti y deseas cuidar y mantener?

¿Qué medios concretos vas a emplear para conservar la obra que Dios está realizando en tu interior?

 


    

domingo, 7 de junio de 2026

Oración a Jesús Eucaristía para el domingo de Corpus


 

Señor Jesús,
Pan vivo bajado del cielo,
presencia humilde y real en la Eucaristía,
hoy venimos a Ti con el corazón despierto,
agradecido y lleno de esperanza.

En esta solemnidad del Corpus Christi,
no queremos mirarte solo en la custodia,
sino dejarnos mirar por Ti,
dejarnos levantar por Ti,
dejarnos transformar por Ti.

Tú eres el Dios cercano
que sale a nuestras calles,
entra en nuestras casas,
visita nuestras heridas,
alimenta nuestras hambres
y enciende de nuevo la fe cansada.

Gracias, Señor,
por la visita del Papa León XIV a España.
Que su presencia entre nosotros
no sea solo un acontecimiento hermoso,
sino una llamada viva
a renovar nuestra fe,
a fortalecer la comunión
y a comprometernos más
con el Evangelio de la caridad.

Señor Jesús Eucaristía,
haz que esta visita nos saque
del egoísmo, de la indiferencia
y de una fe cómoda y privada.
Que no tengamos miedo
de abrirte la puerta del corazón,
de salir al encuentro de los hermanos
y de construir contigo
un mundo más fraterno, justo y humano.

Hoy queremos alzar la mirada.
Alzarla hacia Ti,
fuente escondida que calma nuestra sed.
Alzarla hacia los pobres,
los enfermos, los migrantes,
las familias heridas,
los jóvenes que buscan sentido,
los mayores que se sienten solos
y todos los que han perdido la esperanza.

Señor,
que la Eucaristía no nos encierre,
sino que nos envíe.
Que al recibir tu Cuerpo
nos convirtamos también nosotros
en pan partido,
vida entregada,
consuelo para quien sufre,
luz para quien camina en la oscuridad
y esperanza para quien ya no espera.

Te pedimos especialmente
por nuestra Diócesis de Canarias,
que ya siente cercana la alegría
de recibir al sucesor de Pedro.
Prepara nuestro corazón
para vivir ese día
no como espectadores,
sino como discípulos agradecidos,
como Iglesia viva,
como pueblo que camina unido
bajo la fuerza de tu amor.

Bendice el encuentro en Arguineguín,
donde tantas historias de dolor, búsqueda y esperanza
nos recuerdan que nadie es extranjero
para el corazón de Dios.


Bendice la Catedral de Santa Ana,
signo de una Iglesia diocesana
que quiere escucharte y servirte.
 

Bendice la Eucaristía en el Estadio de Gran Canaria,
para que sea una gran acción de gracias,
un Pentecostés de comunión
y un nuevo comienzo misionero.

Señor Jesús,
Pan de vida,
haznos más tuyos.
Más humildes para adorarte,
más valientes para seguirte,
más fraternos para servir,
más alegres para anunciarte.

Que tu paso por nuestras calles
despierte nuestra fe.
Que tu presencia en la Eucaristía
cure nuestras sequedades.
Que tu amor más fuerte que la muerte
nos haga vivir con ilusión,
con compromiso
y con una esperanza que contagie.

Y cuando pase la fiesta,
cuando termine la procesión,
cuando el Papa continúe su camino,
que no se apague en nosotros
lo que Tú has encendido.

Quédate, Señor, con España.
Quédate con Canarias.
Quédate con nuestras familias.
Quédate con los enfermos.
Quédate con los jóvenes.
Quédate con los pobres.
Quédate con tu Iglesia.

Y haz de nosotros
una custodia viva de tu presencia,
un pueblo que alza la mirada
y una comunidad que, alimentada por tu Cuerpo,
sale a amar sin demora.

Amén.


Bienvenido Papa León - Solemnidad del Corpus


 

Querido Papa León:

Con alegría profunda te damos la bienvenida.
Hoy nuestra tierra te recibe con el corazón abierto, en estos días santos en los que la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi, misterio de amor, de presencia y de entrega.

Llegas en un momento especialmente hermoso: cuando contemplamos a Cristo que se queda con nosotros en la Eucaristía, Pan vivo bajado del cielo, alimento para el camino, fuerza para los cansados, consuelo para los heridos y esperanza para los pobres.

Tu presencia entre nosotros nos ayuda a alzar la mirada.
A levantarla del miedo a la confianza.
De la rutina al asombro.
De la queja a la gratitud.
De la división a la comunión.
De nuestras pequeñas preocupaciones al rostro vivo de Cristo, que camina con su pueblo.

En la Eucaristía descubrimos que Dios no mira desde lejos.
Se hace cercano.
Se parte.
Se reparte.
Se entrega.
Y nos enseña que también nosotros estamos llamados a ser pan partido para los demás.

Por eso, Papa León, tu visita no es solo un acontecimiento histórico.
Es una llamada espiritual.
Una invitación a renovar la fe, a fortalecer la unidad de la Iglesia y a mirar con más compasión las heridas de nuestro mundo.

Bienvenido, Papa León,
peregrino de esperanza,
testigo de Cristo,
servidor de la comunión.

Gracias por venir a confirmarnos en la fe.
Gracias por recordarnos que en Cristo somos uno.
Gracias por invitarnos a mirar más alto,
a caminar más juntos
y a vivir más cerca de Jesús Eucaristía.

Que esta visita sea para todos nosotros una gracia.
Que el Corpus nos enseñe a reconocer al Señor presente en el altar, en la calle, en los pobres, en los migrantes, en los enfermos, en los jóvenes y en cada persona que espera una palabra de consuelo.

Santo Padre, esta es tu casa.
Esta es una Iglesia que quiere recibirlo con cariño, oración y gratitud.

Bienvenido entre nosotros.
Bienvenido en el nombre del Señor.
Contigo, queremos alzar la mirada hacia Cristo, Pan de Vida, centro de nuestra fe y esperanza del mundo.

sábado, 6 de junio de 2026

Infografías para vivir la visita del Papa a España

Enlace para descargarlas:

 Descarga estas infografías sobre el viaje del Papa a España

Una vez llegas a la página pincha en "descarga" para poderlo tener en tu dispositivo móvil u ordenador. Están diseñadas para DINA2, tamaño superior a DINA3 y te servirán para poderlas imprimir, te será de gran ayuda y así puedes darle visibilidad.  

Si estás en el grupo de difusión de la Capilla de Adoración, ahí también tienes el enlace. Gracias.