Carta de San Blas
Queridos amigos, hermanos y peregrinos que hoy, tres de febrero, han entrado en esta ermita —hoy Capilla de Adoración—:
Les escribo como pastor y como testigo. No como alguien “de museo”, sino como quien aprendió en la carne que la fe no es un adorno: es una roca cuando todo tiembla.
Y por eso me conmueve verles aquí: porque en este lugar no vienen solo a recordarme a mí… vienen a encontrarse con Jesús vivo, el mismo que hoy se les entrega en la Eucaristía y se queda después, humilde y silencioso, para que lo adoren.
1) Una frase que sostiene cuando falta el aire
Hoy han escuchado en la primera lectura:
“Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”
Esa pregunta no es teoría. Cuando llega la presión, la incomprensión, la amenaza, o simplemente el desgaste de la vida, el corazón se llena de voces: “no vas a poder”, “estás solo”, “te van a señalar”, “ya no hay salida”…
Y entonces la Palabra responde con una firmeza que cura por dentro:
-
Dios no escatimó a su propio Hijo, lo entregó por nosotros.
-
Cristo murió, resucitó, está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.
-
Y nada podrá separarnos de su amor: ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni peligro, ni espada.
¿Lo ves? La Eucaristía es precisamente eso: el Hijo entregado. Cada Misa hace presente ese amor que no se echa atrás. Y cuando comulgas, no recibes “una idea”: recibes una Presencia que te sostiene desde dentro.
Si has venido hoy con la garganta apretada por preocupaciones, te lo digo como hermano: Dios no te está acusando; Dios te está defendiendo. Y el lugar donde más se nota esa defensa es aquí: en el altar y en el Sagrario.
2) “El Señor me libró de todas mis ansias” — y aquí se aprende cómo
El salmo les pone en la boca una respuesta que es medicina:
“El Señor me libró de todas mis ansias.”
Y fíjate qué camino propone (tan sencillo que parece poca cosa… hasta que lo pruebas):
-
“Bendigo al Señor en todo momento… su alabanza está siempre en mi boca.”
-
“Yo consulté al Señor, y me respondió.”
-
“Contempladlo, y quedaréis radiantes.”
-
“Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.”
-
“Gustad y ved qué bueno es el Señor.”
¿Entienden por qué esto suena tan eucarístico?
Porque en la Misa contemplas… y en la comunión gustas. Y cuando termina la celebración, la adoración prolonga lo que has vivido: seguir contemplándolo, sin prisa, hasta que el corazón se ordena.
Muchos vienen aquí sin fuerzas para grandes discursos. No pasa nada. A veces la oración más verdadera es:
“Señor, mírame… porque yo ya no sé ni mirarme bien.”
3) El Evangelio me retrata y también a ti...
En el Evangelio Jesús te ha dicho:
“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”
Yo no busqué la muerte. Busqué ser fiel. Y descubrí esto: hay muertes pequeñas que salvan la vida grande.
Pero hoy, en una Capilla de Adoración, esa palabra tiene además un brillo especial: el trigo que cae, se muele, se amasa… termina siendo pan. Y el Pan eucarístico es el modo más humilde y más poderoso que eligió Dios para quedarse contigo.
Por eso Jesús sigue:
-
“El que se ama a sí mismo se pierde…”
-
“El que quiera servirme, que me siga…”
-
“Donde esté yo, allí también estará mi servidor.”
Cómo se traduce todo ello para hoy:
si vives agarrado al control, a la imagen, a quedar bien, a no complicarte… te vas vaciando por dentro.
Pero si te entregas —aunque cueste— empiezas a dar fruto: paz, valentía, verdad, caridad.
Y la Eucaristía es la escuela de esa entrega: Cristo no se guarda; se da. Y al comulgar, te enseña su forma de vivir.
4) Lo que yo te diría delante del Sagrario
Te deseo que hoy no marches igual que entraste.
1) Pon nombre a tu “ansia”.
La que sea: miedo, culpa, soledad, problemas familiares, cansancio espiritual. Y dísela al Señor, tal cual.
2) Deja que Él te mire.
La adoración no es “hacer cosas”. Es estar con Alguien que te conoce y no te rechaza.
3) Vive la Misa como encuentro, no como trámite.
Cuando veas el Pan, piensa: “Esto es amor entregado por mí”.
Cuando comulgues, piensa: “Nada me separará de tu amor”.
4) Elige tu grano de trigo concreto.
Una renuncia pequeña y real que abra un fruto: reconciliarte, retomar la oración, confesar, cortar con lo que te esclaviza, servir a alguien, volver a empezar.
5) Si has sentido una llamada, únete.
Esta Capilla vive de corazones que se turnan para acompañar al Señor. Si hoy te ha tocado por dentro, quizá no sea casualidad: quizá Jesús te esté diciendo, muy bajito:
“Quédate conmigo.”
Les bendigo con cariño de pastor y de amigo. Y les dejo mi deseo más simple: que aquí, ante Jesús Eucaristía, su garganta recupere la voz… y su vida recupere el rumbo.
Con afecto,
San Blas