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domingo, 7 de junio de 2026

Oración a Jesús Eucaristía para el domingo de Corpus


 

Señor Jesús,
Pan vivo bajado del cielo,
presencia humilde y real en la Eucaristía,
hoy venimos a Ti con el corazón despierto,
agradecido y lleno de esperanza.

En esta solemnidad del Corpus Christi,
no queremos mirarte solo en la custodia,
sino dejarnos mirar por Ti,
dejarnos levantar por Ti,
dejarnos transformar por Ti.

Tú eres el Dios cercano
que sale a nuestras calles,
entra en nuestras casas,
visita nuestras heridas,
alimenta nuestras hambres
y enciende de nuevo la fe cansada.

Gracias, Señor,
por la visita del Papa León XIV a España.
Que su presencia entre nosotros
no sea solo un acontecimiento hermoso,
sino una llamada viva
a renovar nuestra fe,
a fortalecer la comunión
y a comprometernos más
con el Evangelio de la caridad.

Señor Jesús Eucaristía,
haz que esta visita nos saque
del egoísmo, de la indiferencia
y de una fe cómoda y privada.
Que no tengamos miedo
de abrirte la puerta del corazón,
de salir al encuentro de los hermanos
y de construir contigo
un mundo más fraterno, justo y humano.

Hoy queremos alzar la mirada.
Alzarla hacia Ti,
fuente escondida que calma nuestra sed.
Alzarla hacia los pobres,
los enfermos, los migrantes,
las familias heridas,
los jóvenes que buscan sentido,
los mayores que se sienten solos
y todos los que han perdido la esperanza.

Señor,
que la Eucaristía no nos encierre,
sino que nos envíe.
Que al recibir tu Cuerpo
nos convirtamos también nosotros
en pan partido,
vida entregada,
consuelo para quien sufre,
luz para quien camina en la oscuridad
y esperanza para quien ya no espera.

Te pedimos especialmente
por nuestra Diócesis de Canarias,
que ya siente cercana la alegría
de recibir al sucesor de Pedro.
Prepara nuestro corazón
para vivir ese día
no como espectadores,
sino como discípulos agradecidos,
como Iglesia viva,
como pueblo que camina unido
bajo la fuerza de tu amor.

Bendice el encuentro en Arguineguín,
donde tantas historias de dolor, búsqueda y esperanza
nos recuerdan que nadie es extranjero
para el corazón de Dios.


Bendice la Catedral de Santa Ana,
signo de una Iglesia diocesana
que quiere escucharte y servirte.
 

Bendice la Eucaristía en el Estadio de Gran Canaria,
para que sea una gran acción de gracias,
un Pentecostés de comunión
y un nuevo comienzo misionero.

Señor Jesús,
Pan de vida,
haznos más tuyos.
Más humildes para adorarte,
más valientes para seguirte,
más fraternos para servir,
más alegres para anunciarte.

Que tu paso por nuestras calles
despierte nuestra fe.
Que tu presencia en la Eucaristía
cure nuestras sequedades.
Que tu amor más fuerte que la muerte
nos haga vivir con ilusión,
con compromiso
y con una esperanza que contagie.

Y cuando pase la fiesta,
cuando termine la procesión,
cuando el Papa continúe su camino,
que no se apague en nosotros
lo que Tú has encendido.

Quédate, Señor, con España.
Quédate con Canarias.
Quédate con nuestras familias.
Quédate con los enfermos.
Quédate con los jóvenes.
Quédate con los pobres.
Quédate con tu Iglesia.

Y haz de nosotros
una custodia viva de tu presencia,
un pueblo que alza la mirada
y una comunidad que, alimentada por tu Cuerpo,
sale a amar sin demora.

Amén.


Bienvenido Papa León - Solemnidad del Corpus


 

Querido Papa León:

Con alegría profunda te damos la bienvenida.
Hoy nuestra tierra te recibe con el corazón abierto, en estos días santos en los que la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi, misterio de amor, de presencia y de entrega.

Llegas en un momento especialmente hermoso: cuando contemplamos a Cristo que se queda con nosotros en la Eucaristía, Pan vivo bajado del cielo, alimento para el camino, fuerza para los cansados, consuelo para los heridos y esperanza para los pobres.

Tu presencia entre nosotros nos ayuda a alzar la mirada.
A levantarla del miedo a la confianza.
De la rutina al asombro.
De la queja a la gratitud.
De la división a la comunión.
De nuestras pequeñas preocupaciones al rostro vivo de Cristo, que camina con su pueblo.

En la Eucaristía descubrimos que Dios no mira desde lejos.
Se hace cercano.
Se parte.
Se reparte.
Se entrega.
Y nos enseña que también nosotros estamos llamados a ser pan partido para los demás.

Por eso, Papa León, tu visita no es solo un acontecimiento histórico.
Es una llamada espiritual.
Una invitación a renovar la fe, a fortalecer la unidad de la Iglesia y a mirar con más compasión las heridas de nuestro mundo.

Bienvenido, Papa León,
peregrino de esperanza,
testigo de Cristo,
servidor de la comunión.

Gracias por venir a confirmarnos en la fe.
Gracias por recordarnos que en Cristo somos uno.
Gracias por invitarnos a mirar más alto,
a caminar más juntos
y a vivir más cerca de Jesús Eucaristía.

Que esta visita sea para todos nosotros una gracia.
Que el Corpus nos enseñe a reconocer al Señor presente en el altar, en la calle, en los pobres, en los migrantes, en los enfermos, en los jóvenes y en cada persona que espera una palabra de consuelo.

Santo Padre, esta es tu casa.
Esta es una Iglesia que quiere recibirlo con cariño, oración y gratitud.

Bienvenido entre nosotros.
Bienvenido en el nombre del Señor.
Contigo, queremos alzar la mirada hacia Cristo, Pan de Vida, centro de nuestra fe y esperanza del mundo.

sábado, 6 de junio de 2026

Infografías para vivir la visita del Papa a España

Enlace para descargarlas:

 Descarga estas infografías sobre el viaje del Papa a España

Una vez llegas a la página pincha en "descarga" para poderlo tener en tu dispositivo móvil u ordenador. Están diseñadas para DINA2, tamaño superior a DINA3 y te servirán para poderlas imprimir, te será de gran ayuda y así puedes darle visibilidad.  

Si estás en el grupo de difusión de la Capilla de Adoración, ahí también tienes el enlace. Gracias. 

viernes, 5 de junio de 2026

Y después ¿qué...?

La visita del Papa no termina cuando se apagan los focos, se vacía el Estadio, se recogen las sillas o dejamos de compartir fotos y vídeos. En realidad, lo más importante empieza al día siguiente.

Porque una gracia no se mide solo por la emoción que provoca, sino por el fruto que deja.
Una visita así no puede quedarse en “yo estuve allí”. Tiene que convertirse en:

“¿Qué hago ahora con lo que he vivido?”


1. ¿Qué queda en mí después de haber alzado la mirada?

El día después nos obliga a preguntarnos con sinceridad:

¿He vivido un acontecimiento o he recibido una llamada?
¿He ido como espectador o como discípulo?
¿Qué palabra, gesto, canto, silencio o momento se me ha quedado dentro?
¿Qué me está pidiendo Dios a partir de ahora?

No basta con decir: “Fue muy bonito.”
Lo decisivo es poder decir: “Algo ha empezado a moverse en mí.”


2. El reto personal: pasar de la emoción a la conversión

La emoción es buena, pero no basta. Puede encender el corazón, pero después hay que cuidar el fuego.

El día después nos plantea retos muy concretos:

  • Volver a rezar con más verdad.

  • Cuidar la Eucaristía dominical.

  • Acercarme al sacramento de la reconciliación.

  • Perdonar a alguien.

  • Revisar mi vida con más honestidad.

  • Dejar una comodidad que me está apagando.

  • Dedicar tiempo a Dios y a los demás.

  • Pasar de la queja al compromiso.

La gran pregunta es:

¿Qué pequeño cambio concreto voy a empezar esta semana?

Porque si después de una gracia grande no damos un paso pequeño, corremos el riesgo de que todo se quede en recuerdo.


3. El reto creyente: no volver igual a la parroquia

La visita del Papa debe devolvernos a nuestras parroquias, movimientos y comunidades con un corazón más abierto, más humilde y más misionero.

No tendría sentido llenar un estadio y luego dejar vacíos los bancos de la Eucaristía dominical, la adoración, la catequesis, la caridad, los grupos, la formación, la vida comunitaria.

El día después nos pregunta:

¿Cómo vuelvo a mi comunidad?
¿Vuelvo más disponible o igual de encerrado?
¿Vuelvo más agradecido o más crítico?
¿Vuelvo con ganas de servir o solo con fotos en el móvil?

Lo vivido debe traducirse en presencia, servicio y fidelidad.


4. El compromiso de la Iglesia: no organizar solo un evento, sino abrir un camino

La Iglesia en Canarias no puede quedarse satisfecha solo porque “todo salió bien”. Eso sería demasiado poco.

El verdadero fruto será preguntarnos:

¿Qué puertas se han abierto?
¿Qué personas se han acercado?
¿Qué jóvenes se han sentido interpelados?
¿Qué alejados han vuelto a preguntar?
¿Qué heridas necesitan ser escuchadas?
¿Qué compromisos nuevos deben nacer?

Una Iglesia que ha recibido una visita así está llamada a ser más:

acogedora, misionera, cercana, orante, samaritana, humilde y valiente.


5. Continuar lo vivido: que no se apague la llama

Después de la visita, hay que cuidar la memoria espiritual del acontecimiento.

No para vivir de nostalgia, sino para reconocer una semilla.

Podemos preguntarnos:

¿Cómo vamos a recordar lo vivido en las parroquias?
¿Habrá espacios para compartir testimonios?
¿Se invitará a quienes fueron a dar un paso más?
¿Se acompañará a quienes se emocionaron, pero no saben cómo continuar?
¿Se ofrecerán momentos de oración, formación, adoración y compromiso?

La visita no debería ser un punto final.
Debe ser un punto de partida.


6. Profundizar en lo recibido

Lo que se recibe deprisa, se pierde deprisa. Por eso hay que volver sobre lo vivido.

Sería bueno releer los mensajes, comentar la homilía, rezar las palabras que más tocaron el corazón, preguntarse qué llamadas concretas dejó el encuentro.

Tres preguntas pueden ayudar:

¿Qué me confirmó Dios?
¿Qué me corrigió Dios?
¿Qué me está pidiendo Dios?

Profundizar es no dejar que la gracia se quede en superficie.


7. Transmitir la experiencia

Quien ha vivido algo bueno no puede guardárselo solo para sí.

El día después también plantea esta pregunta:

¿A quién le voy a contar lo que viví?

No se trata de presumir de haber estado allí. Se trata de compartir con sencillez:

“Fui con dudas, pero me hizo bien.”
“Me emocionó ver una Iglesia viva.”
“Sentí que Dios me pedía volver a empezar.”
“Comprendí que mi fe necesitaba un paso más.”

Un testimonio sencillo puede abrir una puerta en otra persona.


8. Comenzar algo nuevo

Después de una gracia, siempre puede nacer algo nuevo.

Quizá una persona decida volver a Misa.
Quizá otra se acerque a la reconciliación.
Quizá alguien se ofrezca como voluntario.
Quizá una familia vuelva a rezar junta.
Quizá un joven se pregunte por su vocación.
Quizá una parroquia despierte una iniciativa misionera.
Quizá un creyente apagado vuelva a servir.

La pregunta no es solo:

“¿Qué pasó aquel día?”

La pregunta es:

“¿Qué va a nacer a partir de aquel día?”


Interrogantes para el día después

¿Qué gracia recibí y cómo la voy a cuidar?

¿Qué excusa vencí para estar allí y qué excusa debo vencer ahora para seguir creciendo?

¿Qué palabra me llevo como tarea?

¿Qué persona concreta necesita que yo le transmita esperanza?

¿Qué compromiso real voy a asumir en mi parroquia, comunidad o familia?

¿Qué lugar va a ocupar la Eucaristía en mi vida a partir de ahora?

¿Cómo puedo pasar de “me gustó mucho” a “quiero vivir de otra manera”?

¿Qué tiene que cambiar en nuestra Iglesia para que quienes se acercaron no se vuelvan a alejar?

¿Qué caminos nuevos debemos abrir para jóvenes, familias, mayores, alejados, migrantes, enfermos y personas heridas?


Diez frutos que habría que pedir

  1. Más oración y menos superficialidad.

  2. Más Eucaristía y menos fe de costumbre.

  3. Más comunidad y menos aislamiento.

  4. Más misión y menos mantenimiento.

  5. Más escucha y menos juicio.

  6. Más acogida y menos puertas cerradas.

  7. Más compromiso con los pobres y vulnerables.

  8. Más valentía para evangelizar.

  9. Más conversión personal en cada creyente.

  10. Más esperanza concreta para Canarias.


Una propuesta pastoral sencilla para continuar

Después de la visita, cada parroquia o comunidad podría proponer un camino breve con cuatro pasos:

1. Recordar

Un encuentro comunitario para compartir lo vivido: testimonios, fotos, oración, ecos de la homilía y agradecimiento.

2. Rezar

Una hora santa o vigilia para pedir que la gracia recibida no se apague.

3. Discernir

Un espacio sencillo para preguntarse:
“¿Qué nos está pidiendo Dios como comunidad?”

4. Comprometerse

Una acción concreta: visitar enfermos, acompañar alejados, invitar a la adoración, reforzar Cáritas, crear un grupo de escucha, iniciar una misión parroquial o convocar a quienes se acercaron.


Cierre motivador

Y después… ¿qué?

Después toca vivir.
Después toca cuidar.
Después toca agradecer.
Después toca comprometerse.
Después toca no dejar que la gracia se enfríe.

Porque el Papa puede pasar por Canarias durante un par de días,
pero Cristo quiere quedarse en nuestra vida todos los días.

La visita habrá valido la pena si, al volver a casa, a la parroquia, al trabajo, al hospital, a la familia y a la calle, alguien puede decir:

Desde aquel día no quiero mirar igual.
No quiero vivir igual.
No quiero creer a medias.
Quiero alzar la mirada, abrir el corazón y empezar algo nuevo con Dios.


 

jueves, 4 de junio de 2026

Testimonios, de las excusas a la participación

 

1. “Yo decía que no me gustan las multitudes”

Al principio dije que no iba.

Mi excusa era muy clara: “A mí no me gustan las multitudes. Me agobio. Eso será demasiada gente.” Y la verdad es que sonaba razonable. Cada vez que alguien hablaba de la Misa con el Papa en el Estadio de Gran Canaria, yo respondía lo mismo: “Me alegro por quien vaya, pero eso no es para mí.”

Hasta que un día una persona de mi parroquia me dijo con mucha paz:

“No vas porque te gusten las multitudes. Vas porque quieres estar con Cristo y con su Iglesia.”

Aquella frase se me quedó dentro.

Empecé a pensar en cuántas veces sí he estado en sitios llenos: aeropuertos, procesiones, centros comerciales, fiestas familiares, consultas médicas, incluso algún concierto. Y me di cuenta de algo que no me gustó reconocer: para otras cosas hacía el esfuerzo, pero para una gracia de fe estaba buscando escapatoria.

Entonces me pregunté con sinceridad:

“¿De verdad voy a dejar pasar este momento solo porque no será cómodo?”

Y decidí apuntarme.

No voy porque me apetezcan las aglomeraciones. No voy porque me resulte fácil. Voy porque mi fe necesita también gestos concretos. Voy porque quiero decirle al Señor: “Aquí estoy, con mis límites, con mis miedos, pero aquí estoy.”

Ahora ya estoy apuntada. Y siento una alegría serena. No sé cómo será la tarde, pero sé una cosa: no quiero que la comodidad decida por mí.


2. “Yo decía que lo vería por televisión”

Yo tenía mi argumento preparado:

“Para qué voy a ir, si por televisión se verá mejor.”

Y, en parte, tenía razón. Desde casa se verá sin calor, sin cola, sin espera, sin cansancio. Pero un domingo, en la Misa, escuché una frase que me removió por dentro:

“La fe cristiana no es solo mirar desde lejos; es ponerse en camino.”

Aquello me tocó.

Pensé en tantas cosas importantes que nunca he querido vivir por pantalla: una boda de alguien querido, el nacimiento de un nieto, una visita a un familiar enfermo, una fiesta grande del pueblo, una procesión especial. Hay momentos en los que uno siente que debe estar. No basta con verlo después.

Y entonces lo vi claro: la Misa con el Papa no es un programa para ver. Es una Eucaristía para vivir.

La televisión podrá mostrar imágenes, pero no podrá rezar por mí. No podrá ofrecer mi cansancio. No podrá poner mi cuerpo allí, en medio del Pueblo de Dios, diciendo: “Señor, también yo formo parte de esta Iglesia.”

Me apunté esa misma semana.

No voy buscando emoción barata. Voy porque quiero participar. Porque quiero comulgar en comunión con toda la Iglesia. Porque quiero llevar conmigo a mi familia, mis preocupaciones, mis heridas, mis agradecimientos.

Ahora, cuando alguien me dice: “Yo lo veré por la tele”, yo le respondo con cariño:

“Si de verdad no puedes ir, míralo con fe. Pero si puedes ir, no cambies una gracia viva por una pantalla.”


3. “Yo me estaba dejando llevar por mi familia”

Yo quería ir, pero en mi casa empezaron los comentarios:

“Eso será un lío.”
“Habrá demasiada gente.”
“No te compliques.”
“Mejor nos quedamos tranquilos.”

Y poco a poco me fui apagando. No discutí. Simplemente empecé a decir: “Bueno, quizá no voy.”

Pero por dentro no estaba en paz.

Un día, rezando un rato en silencio, me vino una pregunta muy sencilla:

“¿Por qué dejo que decidan por mi fe personas que no la viven como yo?”

No era una pregunta contra mi familia. Yo los quiero muchísimo. Pero comprendí que quererlos no significa esconder siempre lo que para mí es importante.

Esa noche les dije con calma:

“Yo respeto que ustedes no quieran ir, pero para mí esta Misa tiene mucho valor. Me gustaría estar allí. Yo voy.”

No hubo pelea. Hubo sorpresa. Incluso alguno me dijo: “Bueno, si para ti es importante, ve.”

Y ahí entendí algo: a veces los demás no respetan nuestra fe porque nosotros mismos la presentamos como algo secundario.

Ya estoy apuntada. Y voy a ir con paz. No contra nadie, sino desde lo que soy. Desde mi fe. Desde mi historia. Desde mi deseo de encontrarme con Cristo junto a la Iglesia.

Quizá mi familia no entienda todo. Pero puede que mi decisión les hable más que muchas palabras.


4. “Yo decía que ya soy mayor para esos líos”

Cuando empezaron a hablar de la Misa con el Papa, mi primera reacción fue:

“Eso ya no es para mí. Yo soy mayor. Que vayan los jóvenes.”

Además, escuché a algunas personas decir: “Te vas a cansar”, “habrá que esperar mucho”, “mejor no te metas en eso”. Y casi me convencen.

Pero una tarde, hablando con una amiga de la parroquia, ella me dijo:

“¿Y desde cuándo la fe se jubila?”

Me reí, pero luego me quedé pensando.

He pasado media vida yendo a Misa, rezando por mis hijos, sosteniendo mi parroquia, acompañando enfermos, ayudando cuando he podido. He esperado horas por médicos, trámites, viajes, entierros, bodas y celebraciones familiares. ¿Y ahora iba a decir que no puedo esperar unas horas por una Eucaristía tan especial?

Entonces me dije:

“Iré con prudencia, pero iré. Llevaré lo necesario, buscaré compañía, cuidaré mi salud… pero no dejaré que el miedo decida por mí.”

Ya estoy apuntado.

No voy como quien va a una excursión. Voy como quien lleva una vida entera en las manos. Voy a dar gracias. Voy a pedir por mi familia. Voy a rezar por los enfermos, por los migrantes, por Canarias, por la Iglesia.

Y quiero decirle a otras personas mayores:

No dejes que otros apaguen tu ilusión. Si puedes ir con prudencia, ve. Tu presencia cuenta. Tu oración cuenta. Tu historia de fe cuenta.


5. “Yo decía que no cambiaría nada”

Yo era de los que decían:

“Total, ¿qué va a cambiar por ir?”

No lo decía con mala intención. Simplemente estaba frío. Cansado. Algo desencantado. Seguía creyendo, pero sin demasiada ilusión. Cuando me hablaban de la Misa con el Papa, respondía: “Sí, muy bonito, pero después todo seguirá igual.”

Hasta que leí una frase que me golpeó:

“No sabes lo que Dios puede hacer con una tarde que tú le entregas.”

Me quedé mirándola.

Y pensé en mi vida. En tantas veces que algo pequeño me cambió por dentro: una confesión que no esperaba, una palabra en una homilía, una conversación sencilla, una oración hecha casi sin ganas, una comunión recibida con el alma cansada.

Entonces comprendí que mi problema no era el estadio, ni la espera, ni la multitud. Mi problema era que había dejado de esperar algo de Dios.

Y eso me dolió.

Me apunté no porque esté lleno de fervor, sino porque necesito volver a abrir una puerta. Voy con mi fe pequeña, con mis dudas, con mi cansancio, pero voy.

No sé si esa tarde cambiará todo. Pero sí sé que Dios puede encender algo. Puede tocar una herida. Puede despertar una decisión. Puede recordarme que sigo siendo llamado.

Ahora lo tengo claro:

Prefiero ir y abrir el corazón, que quedarme en casa alimentando excusas.

Porque hay momentos que no se repiten. Y hay gracias que solo se reciben cuando uno se pone en camino.

 

martes, 2 de junio de 2026

Y a ti ¿qué te plantea? Cuestiones para una persona no ceyente o alejada de la fe

 

Una visita del Papa no interpela solo a quienes van a Misa cada domingo. También puede decir algo a quien no cree, a quien se alejó, a quien tiene heridas con la Iglesia, a quien mira todo esto con distancia, indiferencia o incluso desconfianza.

Quizá no te plantee “volver” de golpe.
Quizá no te plantee rezar como antes.
Quizá ni siquiera te plantee estar de acuerdo con todo.

Pero sí puede abrir una pregunta honesta:

¿Y si hay algo más que todavía merece ser escuchado?


1. Te plantea si la fe que dejaste era realmente Dios… o una mala experiencia

A veces una persona se aleja no porque haya rechazado a Dios, sino porque se cansó de ciertas formas, de ciertos ambientes, de ciertas incoherencias o de heridas recibidas.

Y eso merece respeto.

Pero también conviene preguntarse:

¿He dejado a Dios o he dejado una imagen pobre de Dios?
¿He rechazado el Evangelio o he rechazado el comportamiento de algunas personas creyentes?
¿Mi distancia nace de una convicción profunda o de una decepción no curada?

La visita del Papa puede ser una oportunidad no para negar heridas, sino para mirarlas con más libertad.


2. Te plantea qué haces con tu sed interior

Aunque una persona diga que no cree, muchas veces sigue buscando sentido, paz, verdad, amor, perdón, esperanza, consuelo, razones para vivir.

Hay preguntas que no desaparecen:

¿Para qué vivo?
¿Qué sostiene mi vida cuando todo se tambalea?
¿Dónde coloco mi dolor?
¿Qué hago con mi culpa, mis miedos, mis heridas, mis deseos de empezar de nuevo?

La fe cristiana no elimina mágicamente esas preguntas, pero las pone delante de Alguien. Y eso cambia mucho.


3. Te plantea si merece la pena acercarse sin prejuicios

Puede que tengas una opinión ya formada sobre la Iglesia. Algunas críticas serán razonables. Otras quizá vienen de tópicos, de experiencias parciales o de lo que otros cuentan.

Pero una pregunta honesta sería:

¿Me atrevo a mirar de nuevo sin caricaturas?
¿Me permito escuchar antes de descartar?
¿Puede haber dentro de la Iglesia algo bueno que yo todavía no he visto o he olvidado?

No se trata de cerrar los ojos a los fallos. Se trata de no reducirlo todo a los fallos.


4. Te plantea si la comodidad se ha convertido en tu única brújula

A veces no nos alejamos de la fe por grandes argumentos. Nos alejamos poco a poco: por cansancio, por rutina, por falta de tiempo, por pereza interior, por dejarlo para otro día.

Y llega un momento en que uno dice: “No creo”, cuando quizá lo que pasa es: “Hace mucho que no busco”.

La pregunta sería:

¿He dejado de creer o he dejado de buscar?
¿Estoy viviendo desde decisiones profundas o solo desde lo que me resulta cómodo?


5. Te plantea qué lugar ocupa Jesús en tu historia

Quizá la Iglesia te cuesta.
Quizá los curas te cuestan.
Quizá las normas te cuestan.
Quizá las instituciones te cuestan.

Pero la pregunta central es más directa:

¿Qué hago yo con Jesús?

No con una idea vaga de religión. No con la imagen deformada que a veces hemos recibido. Sino con Jesús de Nazaret: el que tocaba heridas, levantaba caídos, perdonaba pecadores, comía con excluidos, defendía a los pequeños, miraba a cada persona como única.

¿Y si el problema no fuera Jesús, sino todo lo que se ha puesto encima de Él hasta ocultarlo?


6. Te plantea si todavía puedes dejarte sorprender

La vida endurece. Uno se protege. Dice: “Eso ya no va conmigo”, “yo ya pasé por ahí”, “a mí no me van a convencer”.

Pero hay algo muy humano y muy noble en conservar una rendija abierta.

¿Y si una palabra me toca?
¿Y si una celebración me despierta algo dormido?
¿Y si ver a tanta gente reunida por la fe me hace preguntarme por qué siguen creyendo?
¿Y si Dios no viene a reprocharme nada, sino a invitarme de nuevo?


7. Te plantea qué significa pertenecer a un pueblo

La fe no es solo una idea privada. También es memoria, cultura, comunidad, raíces, familia, fiestas, gestos, abuelos que rezaron, madres que encendieron una vela, personas que sirvieron en silencio, comunidades que acompañaron duelos y esperanzas.

Una visita así puede preguntarte:

¿Qué parte de mi historia está unida a esta fe, aunque ahora me sienta lejos?
¿Qué recibí de otros creyentes que quizá todavía me sostiene?
¿Hay algo en mis raíces espirituales que merezca ser reconciliado?


8. Te plantea si tu crítica puede convertirse en búsqueda

Criticar es fácil. A veces necesario. Pero quedarse solo en la crítica puede terminar siendo estéril.

Una pregunta más profunda sería:

¿Qué hago yo para que el mundo sea más humano?
¿Dónde pongo mi capacidad de amar, servir, perdonar, construir?
¿Me limito a señalar incoherencias o me dejo implicar en algo bueno?

La fe verdadera no es evasión. Es compromiso. Es salir de uno mismo.


9. Te plantea si podrías acercarte sin sentirte obligado a fingir

No hace falta tenerlo todo claro para acercarse.
No hace falta saber rezar perfectamente.
No hace falta sentirse “digno”.
No hace falta tener respuestas para todo.

A veces basta una actitud sencilla:

“No sé si creo, pero quiero escuchar.”
“Estoy lejos, pero no quiero cerrar la puerta.”
“Tengo heridas, pero quizá necesito luz.”
“No prometo nada, pero me atrevo a estar.”

Eso ya es mucho.


10. Te plantea una pregunta muy personal

Quizá la pregunta no sea:

“¿Voy porque soy creyente?”

Sino esta otra:

“¿Y si voy precisamente porque estoy buscando?”

Porque no todos los que se acercan tienen una fe fuerte. Algunos se acercan con dudas. Otros con nostalgia. Otros con heridas. Otros con curiosidad. Otros con una pequeña esperanza que no saben explicar.

Y quizá Dios empieza muchas veces por ahí: no por certezas inmensas, sino por una pequeña puerta entreabierta.


Preguntas para una persona no creyente o alejada

¿Qué me impide acercarme: una convicción, una herida, un prejuicio o simplemente la costumbre de estar lejos?

¿Cuándo fue la última vez que busqué a Dios con verdadera honestidad?

¿Estoy rechazando a Jesús o estoy rechazando una imagen incompleta de la Iglesia?

¿Qué tendría que pasar para que yo volviera a abrir una pequeña puerta a la fe?

¿Me atrevería a ir sin fingir, sin prometer nada, solo con el corazón disponible?

¿Y si esta visita no viene a presionarme, sino a recordarme que todavía hay un lugar para mí?


Cierre motivador

Si eres una persona alejada de la fe, no te digo: “Tienes que venir porque sí.”

Te diría algo más sencillo y más libre:

Ven si dentro de ti queda una pregunta.
Ven si alguna vez rezaste y algo de aquello todavía te acompaña.
Ven si estás herido, cansado o decepcionado.
Ven si no sabes si crees, pero tampoco quieres cerrar la puerta del todo.
Ven no para aparentar fe, sino para dejarte encontrar.

Porque quizá lo más importante no sea que tú tengas ya todas las respuestas.

Quizá lo importante sea permitir que una tarde de gracia te haga una pregunta nueva.


 

lunes, 1 de junio de 2026

Oración para elegir con acierto

 

Señor Jesús,Tú conoces mi corazón,
mis deseos sinceros,
mis miedos escondidos
y las excusas que a veces me pongo
para no dar el paso que debo dar.

Hoy me pongo delante de Ti
y te pido luz para elegir bien.
No quiero decidir desde la comodidad,
ni desde la presión de otros,
ni desde el miedo,
ni desde el cansancio anticipado.

Quiero decidir con verdad.
Quiero escuchar mi conciencia.
Quiero reconocer lo que me hace crecer,
lo que me acerca a Ti,
lo que me ayuda a vivir mi fe
con más libertad, coherencia y alegría.

Espíritu Santo,
ilumina mi interior.
Dame claridad para distinguir
entre una dificultad real
y una excusa disfrazada de prudencia;
entre el cuidado responsable
y la comodidad que me paraliza;
entre la voz de Dios
y las voces que me apagan.

Si debo ir, dame ánimo.
Si puedo ir, dame decisión.
Si conviene que vaya, abre el camino.
Y si de verdad no puedo,
dame paz para ofrecerlo desde casa
con fe sincera y corazón unido a la Iglesia.

Señor,
que no elija desde el “no me apetece”,
sino desde el amor.
Que no me deje llevar por quienes no comprenden mi fe,
sino por lo que Tú susurras en mi conciencia.
Que no pierda una gracia grande
por una excusa pequeña.

Ayúdame a elegir con acierto,
con libertad y responsabilidad.
Que mi decisión me deje paz delante de Ti
y me ayude a alzar la mirada.

Amén.


 

domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía Misa por la Sanación de los Enfermos - Solemnidad Santísima Trinidad - domingo 31 mayo 2026

 

Carta de Dios Trinidad

A ti, que vienes a la misa por la sanación de los enfermos

Hijo mío, hija mía:

Hoy vienes con nombres concretos en el corazón.
Quizá vienes por ti.
Quizá vienes por un familiar, por un amigo, por alguien que sufre en silencio, por quien está en una cama de hospital, por quien espera un diagnóstico, por quien ya no tiene fuerzas, por quien necesita sanación en el cuerpo, en el alma o en lo más hondo de su historia.

Yo conozco esos nombres.
Yo conozco esas heridas.
Yo conozco esas lágrimas que a veces nadie ve.

Yo soy el Padre,
y te miro con ternura.

No eres un número para mí.
No eres un caso difícil.
No eres simplemente un cuerpo enfermo.
Eres mi hijo.
Eres mi hija.
Te llevo grabado en mi corazón.

Antes de que pidieras ayuda, yo ya te estaba sosteniendo.
Antes de que pronunciaras una oración, yo ya conocía tu necesidad.

No pienses que tu enfermedad te hace menos valioso.
No pienses que tu fragilidad te aleja de mí.
Precisamente ahí, donde te sientes débil, yo quiero abrazarte con más fuerza.

Yo soy el Hijo, Jesucristo,
el que caminó entre los enfermos,
el que tocó a los leprosos,
el que levantó a los paralíticos,
el que devolvió la vista a los ciegos,
el que lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.

También hoy paso junto a ti.
No paso de largo.
Me detengo ante tu herida.
Me acerco a tu miedo.
Escucho tu súplica.

Quizá esperas una curación inmediata, visible, completa.
Pídela con confianza.
No tengas miedo de pedir.

Pero abre también el corazón a una sanación más profunda:
la paz que vence al miedo,
la fe que sostiene en la noche,
el perdón que libera,
la esperanza que vuelve a encenderse,
la fuerza para seguir adelante un día más.

Yo no siempre quito de golpe la cruz,
pero nunca dejo solo a quien la lleva conmigo.

Yo soy el Espíritu Santo,
el Consolador,
el Aliento de Dios,
la fuerza escondida en tu debilidad.

Cuando no sabes qué decir, yo oro dentro de ti.
Cuando el cansancio pesa demasiado, yo te sostengo.
Cuando la tristeza te cierra la garganta, yo pongo en tu interior una luz pequeña, humilde, pero real.

No desprecies esa luz.
A veces la sanación empieza así:
con una paz que no se explica,
con una lágrima que limpia,
con una reconciliación pendiente,
con una palabra recibida a tiempo,
con una mano que acompaña,
con la certeza interior de no estar abandonado.

Hijo mío, hija mía:
hoy no vienes a una misa mágica.
Vienes al encuentro con un Amor vivo.

Vienes a la Eucaristía,
donde mi Hijo se entrega por ti.

Vienes al lugar donde tu dolor puede unirse al amor de Cristo
y dejar de ser un sufrimiento vivido en soledad.

Trae al altar tu enfermedad.
Trae tu miedo.
Trae tus preguntas.
Trae también tu rabia, tu cansancio, tu impaciencia y tu esperanza pequeña.

No te pido que vengas fuerte.
Te pido que vengas confiado.

No te pido que lo entiendas todo.
Te pido que me dejes entrar.

A ti, que estás enfermo, te digo:

No eres una carga.
Eres un tesoro.

Tu vida tiene dignidad siempre.
Tu oración, incluso cuando parece pobre, sostiene a muchos.
Tu sufrimiento, unido a Cristo, puede convertirse en ofrenda de amor.

A ti, familiar o cuidador, también te digo:

No te canses de amar,
pero no te creas obligado a ser invencible.

También tú necesitas descanso, consuelo y ayuda.
Yo veo tu desvelo, tus noches sin dormir, tu preocupación y tu fidelidad escondida.

Y a ustedes, comunidad cristiana, les digo:

No dejen solos a los enfermos.
Visiten.
Escuchen.
Acompañen.
Llamen.
Recen.
Lleven la comunión.
Ofrezcan tiempo.

Una Iglesia que olvida a sus enfermos
se olvida del corazón de Cristo.

Y a ti, que hoy estás aquí, te digo:

Pide la sanación física con fe.
Acoge los cuidados médicos con responsabilidad.
Busca también la sanación espiritual con humildad.
Deja que el perdón cure heridas antiguas.
Permite que la esperanza vuelva a respirar.

Hoy, en esta misa, quiero tocarte.
Quizá toque tu cuerpo.
Quizá toque tu corazón.
Quizá toque tu historia.
Quizá toque tu familia.
Quizá toque esa zona secreta donde más necesitas ser sanado.

No tengas miedo.
Estoy aquí.

El Padre te abraza.
El Hijo camina contigo.
El Espíritu Santo te consuela.

Y juntos te decimos:

No estás solo.
No estás olvidado.
No eres tu enfermedad.
Eres hijo amado.
Eres hija amada.
Y mi amor puede sanar incluso aquello que tú ya dabas por perdido.

Con amor eterno,

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo