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domingo, 24 de mayo de 2026

Sueños de un sacerdote en Pentecostés


 

Cuando el Espíritu empuja el corazón hacia el Reino

Hay días en que uno siente que la fe no puede quedarse dormida en los bancos de una iglesia. Hay días en que el Evangelio deja de ser una página leída y se convierte en una llamada que quema por dentro. Pentecostés es uno de esos días.

En Pentecostés, la Iglesia no recuerda simplemente que un día el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos. Pentecostés nos pregunta, con una fuerza humilde y directa:

¿Y ahora qué vas a hacer con el fuego que has recibido?
¿Dónde está tu corazón?
¿A quién estás dispuesto a servir?
¿Qué parte del Reino de Dios vas a ayudar a construir con tu vida concreta?

Porque el Espíritu Santo no viene a decorar el alma.
Viene a moverla.
No viene a tranquilizarnos sin más.
Viene a despertarnos.
No viene a conservar cenizas.
Viene a encender brasas.

Y en esta fiesta de Pentecostés, a las puertas de la visita del Papa León a nuestra Diócesis de Canarias, nace en el corazón de un sacerdote una oración con forma de sueño. No un sueño ingenuo, ni romántico, ni alejado de la realidad. Un sueño nacido de mirar la vida con los ojos de Jesús, de creer todavía en la fuerza del Evangelio, de confiar en que el Espíritu Santo sigue haciendo nuevas todas las cosas.

 

Sueño con una Iglesia de puertas abiertas

Sueño con una Iglesia donde nadie se sienta extraño al entrar.

Una Iglesia donde el que viene de lejos no sea mirado con sospecha, donde el que se equivocó no sea condenado antes de ser escuchado, donde el que duda encuentre paciencia, donde el que llora encuentre consuelo, donde el que no cree del todo perciba al menos una presencia buena, limpia, verdadera.

En el Evangelio de Pentecostés, los discípulos están encerrados por miedo. Jesús se pone en medio y les dice: “Paz a vosotros”. No les reprocha su cobardía. No les pasa factura por haber huido. No les pregunta dónde estaban cuando Él cargaba con la cruz. Primero les regala la paz. Después les entrega una misión.

Así actúa Jesús.
Primero sana.
Luego envía.
Primero levanta.
Luego confía.

Por eso sueño con una Iglesia menos encerrada en sus miedos y más abierta a la paz de Cristo. Una Iglesia que no viva a la defensiva, sino en salida. Una Iglesia que no se conforme con lamentar que “cada vez somos menos”, sino que se atreva a preguntar: ¿somos más fieles?, ¿somos más humanos?, ¿somos más transparentes al Evangelio?

No nos faltan solo manos.
A veces nos falta fuego.
No nos faltan solo actividades.
A veces nos falta alma.
No nos faltan solo planes pastorales.
A veces nos falta dejarnos conducir.

 

Sueño con corazones movilizados

Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo no cayó sobre piedras, ni sobre edificios, ni sobre estructuras. Cayó sobre personas concretas: hombres y mujeres con miedo, con límites, con dudas, con historias heridas, con pasados imperfectos.

Y, sin embargo, el Espíritu hizo de ellos testigos.

Eso me conmueve profundamente. Porque también hoy Dios no busca personas impecables, sino corazones disponibles. No busca héroes de escaparate, sino creyentes humildes que se dejen moldear.

Sueño con cristianos que despierten por dentro.
Con personas que dejen de aplazar lo esencial.
Con hombres y mujeres que vuelvan a preguntarse:

¿Para qué estoy viviendo?
¿Qué estoy dejando crecer en mi interior?
¿Estoy construyendo Reino o simplemente sobreviviendo?
¿Mi vida acerca a otros a Dios, a la bondad, a la esperanza?

El proyecto de Jesús no es una idea bonita. Es el Reino de Dios: un mundo más justo, más fraterno, más limpio, más compasivo, más lleno de verdad. El Reino comienza cuando alguien perdona. Cuando alguien sirve sin buscar aplauso. Cuando alguien acompaña al que está solo. Cuando alguien decide no devolver mal por mal. Cuando alguien cuida su familia. Cuando alguien trabaja honradamente. Cuando alguien reza por quien no sabe rezar. Cuando alguien deja de vivir centrado en sí mismo.

El Reino no empieza siempre con grandes gestos.
Muchas veces empieza fregando un plato con amor.
Visitando a un enfermo.
Escuchando sin prisa.
Callando una crítica.
Haciendo bien el trabajo.
Pidiendo perdón.
Volviendo a Dios.

 

Sueño con una santidad sencilla

A veces pensamos que la santidad es algo lejano, reservado a unos pocos. Pero Pentecostés nos enseña otra cosa: la santidad es dejar que el Espíritu Santo entre en lo cotidiano y lo transforme desde dentro.

Santidad es no rendirse al cinismo.
Santidad es elegir el bien cuando nadie mira.
Santidad es cuidar las palabras.
Santidad es vivir con un corazón reconciliado.
Santidad es no dejar que la queja se convierta en nuestro idioma habitual.
Santidad es levantarse cada mañana y decir: “Señor, hoy quiero ser un poco más tuyo”.

Sueño con un itinerario sencillo de crecimiento espiritual y humano. Un camino sin fuegos artificiales, pero con fidelidad. Un camino hecho de pequeños propósitos:

Escuchar más y juzgar menos.
Rezar cada día, aunque sea brevemente, pero de verdad.
Visitar más a Jesús en la Eucaristía.
Cuidar a los cercanos sin olvidarse de los lejanos.
Servir sin convertir el servicio en protagonismo.
Hablar de Dios con naturalidad y vivir de tal manera que otros puedan intuirlo.
Mirar al cielo sin desentenderse de la tierra.

Porque el Espíritu Santo no nos saca de la realidad. Nos mete más hondamente en ella, pero con otra luz.

 

Sueño con una Diócesis que alce la mirada

A las puertas de la visita del Papa León a Canarias, siento que el Espíritu nos está diciendo algo. No se trata solo de preparar un acontecimiento. Se trata de preparar el corazón.

Una visita del Papa puede ser una noticia, una foto, una celebración multitudinaria. Pero también puede ser una gracia. Y las gracias, si no se acogen, pasan rozando la vida sin transformarla.

Por eso sueño con una Diócesis que no viva esta visita como espectadores, sino como discípulos. Que no pregunte únicamente “¿dónde será?, ¿a qué hora?, ¿cómo me organizo?”, sino también:

¿Qué quiere Dios decirnos a través de este momento?
¿Qué conversión nos está pidiendo?
¿Qué cansancio debemos entregar?
¿Qué esperanza debemos recuperar?
¿Qué misión debemos asumir con más valentía?

Sueño con una Iglesia en Canarias que alce la mirada. No para evadirse, sino para recordar que no estamos solos. No para despreciar lo pequeño, sino para descubrir que lo pequeño, cuando lo toca Dios, puede dar mucho fruto.

Alzar la mirada no es negar los problemas.
Es negarse a vivir aplastados por ellos.
Es mirar a Cristo y recordar que el Resucitado sigue soplando sobre su Iglesia.
Es creer que todavía hay jóvenes capaces de escuchar una llamada.
Familias capaces de abrirse a Dios.
Mayores capaces de dar fruto.
Comunidades capaces de renovarse.
Sacerdotes capaces de volver al primer amor.
Alejados capaces de regresar.
Heridos capaces de sanar.

 

Sueño también para quien no cree

Y este sueño no es solo para quienes ya están dentro de la Iglesia.

También pienso en quien lee estas líneas y no sabe si cree. En quien se alejó hace tiempo. En quien mira la fe con respeto, pero desde fuera. En quien ha sufrido decepciones. En quien no soporta los discursos vacíos. En quien busca algo verdadero, aunque no sepa llamarlo Dios.

A ti también te digo: no apagues la pregunta. No cierres demasiado pronto la puerta. No te resignes a vivir solo de prisa, consumo, cansancio y supervivencia. Hay una vida más honda. Hay una bondad que merece ser elegida. Hay una verdad que no humilla, sino que libera. Hay un amor que no utiliza, sino que salva.

Tal vez Pentecostés, para ti, sea simplemente esto: dejar que entre un poco de aire limpio en una habitación cerrada. Permitir que algo bueno vuelva a moverse dentro. Preguntarte, con honestidad:

¿Estoy viviendo como realmente deseo vivir?
¿Estoy amando como quiero amar?
¿Estoy dejando una huella buena?
¿Qué pasaría si Dios no fuera una amenaza, sino una presencia que me busca para levantarme?

 

Sueño, pero también me comprometo

Los sueños del Espíritu no son excusas para no actuar. Son llamadas a empezar.

Por eso, en este Pentecostés, no quiero quedarme solo soñando. Quiero proponerme caminar. Con humildad. Con realismo. Con esperanza.

Quiero pedir menos que cambien los demás y dejar que Dios me cambie a mí.
Quiero predicar menos desde la distancia y más desde la vida.
Quiero cuidar más la ternura, la paciencia y la escucha.
Quiero ser menos funcionario de lo sagrado y más testigo del Resucitado.
Quiero acompañar mejor a los cansados, a los heridos, a los que buscan, a los que no saben volver.
Quiero dejar que el Espíritu me quite rigideces, miedos, prisas inútiles y comodidades disfrazadas de prudencia.

Porque un sacerdote también necesita Pentecostés.
También necesita ser evangelizado.
También necesita volver a arder.
También necesita que Jesús le diga: “Paz a ti. Como el Padre me envió, así te envío yo”.

 

Ven, Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
y despierta en nosotros los sueños de Jesús.

No permitas que confundamos prudencia con miedo,
experiencia con cansancio,
tradición con inmovilismo,
realismo con falta de fe.

Moviliza nuestro corazón.
Sácanos de los encierros.
Enséñanos a hablar el lenguaje que todos entienden:
el lenguaje del amor, del servicio, de la alegría,
de la misericordia y de la verdad.

Haznos sencillos en lo cotidiano,
fieles en lo pequeño,
valientes en la misión,
humildes en el servicio
y alegres en la esperanza.

Que la visita del Papa León a nuestra Diócesis de Canarias
no sea solo un acontecimiento que recordemos,
sino una gracia que nos convierta.

Que al mirar al cielo
no olvidemos la tierra.
Y que al tocar las heridas de la tierra
no olvidemos que Tú sigues soplando vida nueva.

Ven, Espíritu Santo.
Haz realidad en nosotros el proyecto de Jesús.
Haznos artesanos del Reino.
Haznos testigos de lo bueno,
de lo santo,
de lo que agrada a Dios.

Amén.

Y tú, que lees estas líneas ¿qué dices de todo esto?¿Cuáles son tus sueños? Deja tu comentario. Me alegrará lo compartas...

miércoles, 20 de mayo de 2026

Canta el Himno "Alzo la mirada"

 ¿Ya te sabes bien el Himno “Alzo la mirada”? 

Una novedad importante:

ahora lo tienes aquí con letra, para que puedas cantarlo. 

¡Aprende y difunde!

https://youtu.be/5Y79ydG_TwQ?is=ks_yTOeJvJXkn43x


domingo, 17 de mayo de 2026

Peligros de decir no a la Misa con el Papa

 

A qué peligros te expones cuando pones excusas para no ir a la Misa con el Papa

Poner excusas parece algo pequeño. Uno piensa: “Tampoco pasa nada. Ya irán otros. Lo veré por la tele. No es para tanto.”
Pero, si somos sinceros, detrás de muchas excusas puede esconderse un peligro espiritual: dejar que la comodidad decida por la fe.

1. Al peligro de confundir prudencia con comodidad

La prudencia es buena: organizarse, ir acompañado, cuidar la salud, prever el transporte, llevar lo necesario.
Pero otra cosa distinta es usar la prudencia como disfraz de la pereza.

La prudencia prepara el camino.
La excusa cierra la puerta.


2. Al peligro de que otros decidan por tu conciencia

Cuando alguien dice: “No vayas, eso será un lío”, puede hacerlo con buena intención. Pero tu fe no puede quedar siempre en manos de la opinión de otros.

Hay que escuchar consejos, sí.
Pero también hay que preguntarse:

“¿Qué me está pidiendo Dios a mí?”

Porque una cosa es dejarse ayudar, y otra muy distinta es dejarse apagar.


3. Al peligro de enfriar el corazón

Una excusa hoy, otra mañana, otra después… y sin darnos cuenta el corazón se acostumbra a decirle a Dios: “Ahora no.”

No es que uno deje de creer de golpe. Es peor: uno sigue creyendo, pero cada vez responde menos.

Y la fe que no se ejercita se debilita.


4. Al peligro de perder una gracia que no se repite

Hay momentos que no vuelven.
Se pueden contar después, se pueden ver en imágenes, se pueden escuchar por otros… pero no es lo mismo que haber estado allí.

Tal vez Dios quería regalarte una palabra, una emoción, una decisión, una luz, un consuelo, una llamada.
Y tú podrías perderlo por una excusa pequeña.

No todas las oportunidades de gracia llaman dos veces.


5. Al peligro de dar mal ejemplo sin darte cuenta

Cuando una persona de Iglesia dice: “Yo no voy porque habrá mucha gente”, otros pueden pensar:
“Entonces no será tan importante.”

A veces nuestro desánimo contagia.
Pero también nuestra decisión puede levantar a otros.

Tu presencia puede animar.
Tu ausencia también habla.


6. Al peligro de vivir una fe demasiado cómoda

Una fe que solo responde cuando no cuesta, cuando no molesta, cuando no exige, cuando no cambia planes, termina volviéndose débil.

El amor verdadero siempre implica algún sacrificio.
También el amor a Cristo.
También el amor a la Iglesia.

Si todo tiene que ser cómodo para vivir la fe, quizá la comodidad se ha convertido en la verdadera autoridad.


7. Al peligro de quedarte como espectador

Verlo por televisión puede ser necesario para quien está enfermo o impedido. Pero quien puede ir y decide quedarse solo por comodidad corre el riesgo de vivir la fe desde fuera.

El cristianismo no es solo mirar.
Es participar.
Es caminar.
Es estar.
Es ofrecer el cuerpo, el tiempo, la voz, la presencia.


8. Al peligro de alimentar la pereza espiritual

La pereza espiritual no siempre dice: “No creo.”
A veces dice: “Ya veremos.”
“Más adelante.”
“No hace falta.”
“Mejor otro día.”

Y así va ganando terreno.

Por eso, a veces, el acto más espiritual es muy sencillo: levantarse y apuntarse.


9. Al peligro de perder libertad interior

Puede parecer que no ir es una decisión libre. Pero no siempre lo es.

A veces no voy porque tengo miedo.
A veces no voy porque otros me presionan.
A veces no voy porque me vence la comodidad.
A veces no voy porque me dejo llevar por el ambiente.

La verdadera libertad no es hacer siempre lo más fácil.
La verdadera libertad es elegir lo que merece la pena.


10. Al peligro de arrepentirte después

Puede llegar el día siguiente, ver las imágenes, escuchar los testimonios, oír a otros decir: “Fue precioso, fue emocionante, fue una gracia”… y pensar por dentro:

“Yo pude haber estado allí.”

Y esa pena no será por haberte perdido un evento.
Será por haber dejado pasar una oportunidad.


Pregunta para despertar la conciencia

Antes de decidir no ir, conviene preguntarse con honestidad:

¿No voy porque de verdad no puedo,
o porque no quiero hacer el esfuerzo?

Porque si de verdad no puedes, Dios conoce tu corazón.
Pero si puedes y no vas solo por excusas, quizá no estás evitando un cansancio: quizá estás evitando una llamada.

Una frase conclusiva

El mayor peligro de una excusa no es que te deje en casa.
Es que te acostumbre a decirle a Dios: “ahora no”.


 

Alza la mirada: la Ascensión que nos pone en camino


 

    Hay días en los que la fe nos invita a levantar la cabeza. No para huir de la tierra, sino para mirarla de otra manera. No para olvidarnos de los problemas, sino para descubrir que no caminamos solos. La solemnidad de la Ascensión del Señor es uno de esos días: Jesús sube al cielo, pero no se desentiende de nosotros; vuelve al Padre, pero nos deja una misión; desaparece de la vista, pero se queda más cerca que nunca en la vida de su Iglesia.

    La Ascensión no es una despedida fría. Es como cuando alguien querido se aleja físicamente, pero deja encendida una lámpara dentro de la casa. Cristo asciende, sí, pero no apaga su presencia. La transforma. Ya no está limitado a un lugar concreto. Ahora puede estar en cada Eucaristía, en cada sagrario, en cada corazón que lo busca, en cada comunidad que se reúne, en cada pobre que espera, en cada enfermo que necesita consuelo, en cada persona que todavía no sabe que es amada por Dios.

    Por eso, en este tiempo que vivimos como Iglesia en Canarias, resuena con una fuerza especial el himno “Alza la mirada”. No estamos hechos para mirar siempre al suelo. No hemos nacido para vivir encorvados por el miedo, la rutina, el cansancio o la indiferencia. Hemos sido creados para mirar al cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra. Mirar al cielo no es escapar: es encontrar orientación. Como el caminante que, en medio de la noche, busca una estrella para no perder el rumbo.

    Las lecturas de este día te lo recuerdan con claridad. En los Hechos de los Apóstoles, los discípulos se quedan mirando al cielo mientras Jesús asciende. Y reciben una pregunta que también hoy nos toca por dentro: “¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo?” No es una llamada a dejar de mirar a Cristo, sino a mirarlo bien. Porque quien mira de verdad a Cristo no se queda inmóvil. Quien alza la mirada hacia Él, termina bajando los ojos hacia los hermanos. Quien contempla al Señor, acaba saliendo al camino.

    El Evangelio nos entrega el corazón de esta fiesta: “Vayan y hagan discípulos”. La Ascensión no termina en nostalgia, sino en envío. Jesús no dice: “Quédense recordando lo que pasó”. Dice: “Vayan”. La fe no puede quedarse encerrada en la memoria, ni reducida a una costumbre privada. La fe se hace misión, palabra, gesto, cercanía, valentía, testimonio.

    Y aquí la Capilla de Adoración tiene una misión preciosa. Cada persona que entra en la Capilla, cada adorador que se arrodilla ante Jesús Sacramentado, cada silencio ofrecido, cada hora de adoración, es como una pequeña lámpara encendida en medio de la ciudad. Ante la custodia aprendemos a alzar la mirada. Pero no para quedarnos cómodamente refugiados. La adoración verdadera nos ensancha el corazón y nos pregunta:
¿A quién vas a anunciar lo que has visto?
¿A quién vas a llevar la paz que has recibido?
¿A quién vas a acercar a Jesús?

    La Eucaristía no nos separa del mundo: nos devuelve al mundo con otro corazón. El adorador no es alguien que huye de la vida. Es alguien que deja que Cristo le enseñe a mirar la vida con más hondura, con más compasión, con más esperanza.

    Dentro de tres semanas, nuestra Diócesis de Canarias vivirá un momento de gracia con la llegada del Papa. No puede ser solo un acontecimiento externo, una noticia, una imagen bonita o una emoción pasajera. Tiene que ser una llamada. Una sacudida suave pero firme. Una ocasión para preguntarnos:
¿Estamos viviendo como discípulos enviados?
¿Nuestra fe contagia esperanza?
¿Nuestras parroquias, comunidades y capillas son puertas abiertas o salas cerradas?
¿Nos conformamos con conservar, o queremos evangelizar?

    La visita del Papa no debería encontrarnos como espectadores, sino como creyentes despiertos. No como quienes miran desde lejos, sino como quienes se sienten parte viva de la misión de la Iglesia. Porque el Papa viene a confirmarnos en la fe, pero también a recordarnos que la fe que no se comparte se debilita, y que una Iglesia que no sale termina apagándose por dentro.

    “Alza la mirada” no es solo un lema bonito. Es una invitación espiritual. Alza la mirada cuando te pese la rutina. Alza la mirada cuando creas que ya no merece la pena intentarlo. Alza la mirada cuando te acostumbres a una fe tibia. Alza la mirada cuando te tiente la comodidad. Alza la mirada hacia Jesús, clavado en la cruz, vivo en la Eucaristía, glorioso junto al Padre, presente en su Iglesia.

    Pero después de alzar la mirada, da un paso.

    Un paso hacia la Capilla.
    Un paso hacia el hermano.
    Un paso hacia quien se ha alejado.
    Un paso hacia quien necesita una palabra de fe.
    Un paso hacia la evangelización.

    La Ascensión nos dice que Cristo no se ha ido para dejarnos solos. Se ha elevado para abrirnos camino. Y desde el cielo nos confía la tierra. Nos confía Canarias. Nos confía la ciudad. Nos confía la familia, la parroquia, el hospital, el barrio, la persona que tenemos al lado.

    Por eso hoy, desde la Capilla de Adoración, podemos escuchar una llamada sencilla y profunda:

    Alza la mirada. Mira a Jesús. Adóralo. Déjate enviar. Y anuncia con tu vida que Cristo está vivo.

Oración

Señor Jesús,
que asciendes al cielo sin abandonar nuestra historia,
enséñanos a alzar la mirada hacia Ti
cuando el cansancio, la rutina o el miedo
nos hagan vivir mirando al suelo.

Haz de nuestra Capilla de Adoración
un faro encendido en medio de la ciudad,
un lugar donde muchos corazones
descubran tu presencia viva en la Eucaristía.

Prepara a nuestra Diócesis de Canarias
para acoger con fe la visita del Papa.
Que no sea solo un acontecimiento exterior,
sino una llamada a despertar,
a evangelizar,
a salir al encuentro de quienes más necesitan esperanza.

Señor,
que al contemplarte en el Pan consagrado
aprendamos a reconocerte en cada hermano.
Que al adorarte en silencio
recibamos la fuerza para anunciarte con valentía.

Alza nuestra mirada, Señor.
Enciende nuestro corazón.
Pon nuestros pies en camino.
Y haznos testigos alegres de tu Resurrección.

Amén.

viernes, 15 de mayo de 2026

Preguntas para discernir con sinceridad si asistir o no a la Misa con el Papa


Preguntas para discernir y decidir con libertad y responsabilidad si asistir o no a la Misa con el Papa

Antes de decir simplemente “voy” o “no voy”, conviene detenerse un momento y escuchar el corazón con verdad. No se trata de ir por presión, ni de no ir por comodidad. Se trata de decidir ante Dios, con libertad, madurez y fe.


1. Preguntas sobre la verdad de mis motivos

  1. ¿No voy porque realmente no puedo, o porque no quiero hacer el esfuerzo?
  2. ¿Estoy llamando “prudencia” a lo que en realidad es comodidad, miedo o pereza?
  3. ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, o estoy buscando argumentos para justificar una decisión ya tomada?
  4. ¿Mis razones son verdaderamente serias, o son excusas que uso también en otras situaciones cuando algo me incomoda?
  5. Si se tratara de otro acontecimiento importante para mí, una boda, un viaje, una celebración familiar o algo que deseo mucho, ¿pondría las mismas objeciones?

2. Preguntas sobre mi fe

  1. ¿Qué lugar ocupa Cristo en esta decisión?
  2. ¿Estoy mirando esta Misa solo como un evento multitudinario, o como una oportunidad de gracia y de encuentro con el Señor?
  3. ¿Voy a decidir desde la fe o solo desde la comodidad?
  4. ¿Mi amor a la Iglesia se expresa también en gestos concretos, o solo cuando no me supone esfuerzo?
  5. ¿Estoy dispuesto a regalarle a Cristo una tarde de mi vida?

3. Preguntas sobre la libertad interior

  1. ¿Estoy decidiendo yo, o estoy dejando que otros decidan por mí?
  2. ¿Me estoy dejando influenciar por personas que no viven la fe como yo la vivo?
  3. ¿Tengo miedo a que mi familia, mis amigos o mi entorno no entiendan mi decisión de ir?
  4. ¿Estoy dispuesto a decir con paz: “Para mí esto es importante, y quiero estar”?
  5. ¿Mi decisión nace de una conciencia libre o de la presión, el miedo o el qué dirán?

4. Preguntas sobre las objeciones concretas

  1. Si mi dificultad son las multitudes, ¿puedo buscar una forma prudente de ir acompañado, situado con calma y preparado interiormente?
  2. Si mi dificultad es la espera, ¿puedo convertirla en oración, ofrecimiento y preparación del corazón?
  3. Si mi dificultad es el cansancio, ¿es un cansancio razonable y asumible, o lo estoy exagerando antes de vivirlo?
  4. Si mi dificultad es la edad o la salud, ¿he valorado objetivamente si puedo ir con prudencia, ayuda, agua, medicación y acompañamiento?
  5. Si digo “lo veré por televisión”, ¿es porque de verdad no puedo asistir, o porque prefiero la comodidad de mirar desde fuera?

5. Preguntas sobre responsabilidad y testimonio

  1. ¿Mi presencia puede animar a otros a ir?
  2. ¿Mi ausencia puede desanimar a alguien que esperaba mi apoyo?
  3. Como persona de Iglesia, ¿qué mensaje doy si pudiendo ir decido no hacerlo por razones débiles?
  4. ¿Hay alguien a quien podría invitar y acompañar para que no vaya solo?
  5. ¿Podría ser esta Misa una oportunidad para evangelizar con mi sola presencia, sin discursos ni imposiciones?

6. Preguntas sobre lo que puedo recibir

  1. ¿Y si Dios quiere decirme algo esa tarde?
  2. ¿Y si una palabra, una oración, una comunión o un gesto me ayuda a renovar la esperanza?
  3. ¿Y si esta celebración me devuelve una alegría espiritual que tenía apagada?
  4. ¿Y si después me arrepiento de no haber ido, sabiendo que podía hacerlo?
  5. ¿Estoy abierto a dejarme sorprender por Dios?

7. Preguntas ante Dios

  1. Señor, ¿qué me estás pidiendo en esta decisión?
  2. ¿Estoy buscando tu voluntad o solo mi comodidad?
  3. ¿Qué pesa más en mí: el deseo de encontrarte o el miedo a incomodarme?
  4. ¿Qué decisión me dejará más paz delante de Ti?
  5. Si Tú me preguntaras: “¿Por qué no fuiste?”, ¿qué respuesta sincera te daría?

Preguntas decisivas

Si tuviera que resumirse todo, podrían bastar estas tres:

1. ¿De verdad no puedo ir, o simplemente no quiero complicarme?

2. ¿Estoy decidiendo desde la fe y la libertad, o desde el miedo, la comodidad o la influencia de otros?

3. ¿Merece Cristo esta tarde de mi vida?


 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lo que nadie plasmará de la Misa del Papa en el Estadio de Gran Canaria

 

Si te pones a pensar un poco, ten presente todo esto.

La televisión podrá mostrar imágenes.
La radio podrá narrar el ambiente.
La prensa podrá recoger titulares.
Las redes sociales podrán llenarse de fotos, vídeos y comentarios.

Pero habrá algo que ningún medio podrá contar del todo:
lo que Dios hará dentro de cada corazón.

Nadie podrá grabar la emoción silenciosa de quien llega cansado y, sin saber cómo, vuelve con esperanza.

Nadie podrá fotografiar la oración escondida de una madre que pide por sus hijos, de un abuelo que reza por su familia, de un joven que busca sentido, de un enfermo que ofrece su dolor, de un migrante que se siente mirado con dignidad, de un sacerdote que renueva su entrega, de una persona alejada que vuelve a sentir algo por dentro.

Nadie podrá retransmitir el instante en que una palabra de la homilía toca una herida antigua.

Nadie podrá captar del todo ese momento en que el estadio deja de ser solo un estadio y se convierte en una gran casa de fe, en un pueblo reunido, en una Iglesia que alza la mirada.

Los medios podrán decir cuántas personas fueron.
Pero no podrán medir cuántas lágrimas se secaron, cuántas esperanzas se encendieron, cuántas decisiones nacieron, cuántos perdones empezaron, cuántas vocaciones se despertaron, cuántos corazones volvieron a rezar.

Podrán enseñar al Papa.
Pero no podrán mostrar completamente a Cristo pasando por dentro de su pueblo.

Podrán recoger los cantos.
Pero no podrán explicar lo que se siente cuando miles de voces se unen para decirle a Dios:
“Aquí estamos. Te necesitamos. No queremos caminar sin Ti.”

Podrán hablar de la organización, de los accesos, del calor, de la espera o de la multitud.
Pero no podrán contar el valor espiritual de haber estado allí, de haber vencido la comodidad, de haber ofrecido el cansancio, de haber elegido la fe por encima de la excusa.

Podrán publicar las mejores fotografías.
Pero la foto más importante no saldrá en ningún periódico:
la de tu alma delante de Dios.

Porque lo más grande de esa tarde no será lo que aparezca en una pantalla.
Será lo que quede sembrado dentro: una luz, una llamada, una paz, una fuerza nueva, una alegría serena, una certeza humilde.

Una frase para recordar:

Los medios podrán mostrar el acontecimiento.
Pero solo quien esté allí podrá vivir la gracia.

Y hay gracias que no se explican.
Se reciben.


 

lunes, 11 de mayo de 2026

Diez razones para ir al Estadio de Gran Canaria - Jueves 11 de junio por la tarde

A un mes de la llegada del Papa León a Canarias, compartiré contigo reflexiones y motivaciones para que no te pierdas este acontecimiento que marcará un antes y un después en nuestra tierra canaria. 

Comenzamos con estas diez razones para ir al Estadio de Gran Canaria a la misa del Papa el jueves 11 de junio de 2026 por la tarde. 

  1. Porque será un momento histórico para Canarias
    Fíjate que no todos los días el Sucesor de Pedro celebra la fe junto al pueblo canario. Hay momentos que se cuentan; este será de los que se recuerdan.

  2. Porque no vas solo a “ver al Papa”, vas a celebrar a Cristo
    El centro no será una figura humana, sino Jesús vivo en la Eucaristía. El Papa nos reúne, pero Cristo nos alimenta.

  3. Porque la fe también necesita gestos públicos
    Ir al Estadio será decir con tu vida: la fe sigue viva, la Iglesia camina, el Evangelio tiene futuro en Canarias.

  4. Porque puede renovar tu esperanza
    A veces venimos cansados, fríos, preocupados o desanimados. Un encuentro así puede levantarte el corazón y recordarte que Dios sigue actuando.

  5. Porque será una experiencia de comunión
    Parroquias, movimientos, familias, jóvenes, mayores, sacerdotes, religiosos, enfermos, voluntarios… Junto a ti, todos unidos como un solo Pueblo de Dios.

  6. Porque Canarias tiene algo que decir al mundo
    Nuestra tierra, marcada por la acogida, la migración, el encuentro de culturas y la solidaridad, puede mostrar con tu presencia un rostro profundamente evangélico.

  7. Porque ir también es apoyar a quienes sufren
    La visita del Papa a Canarias está muy unida a la realidad de los migrantes y de tantas personas heridas. Estar allí es ponerte del lado de la dignidad humana.

  8. Porque puede ser una llamada personal
    Quizá Dios te diga algo esa tarde: vuelve a rezar, vuelve a la Iglesia, perdona, comprométete, sirve más, alza la mirada.

  9. Porque será una oportunidad para evangelizar
    Anímate a invitar a alguien a ir contigo, puede ser una forma sencilla y preciosa de acercarlo a Dios: un familiar, un amigo, alguien alejado, alguien que necesita esperanza.

  10. Porque hay momentos de gracia que no conviene dejar pasar.     No te limites a verlo por televisión, escucharlo después o leer noticias… porque estar allí, cantar, rezar, comulgar y sentir a la Iglesia viva no será lo mismo.

Recuerda algo importante:

No vayas solo por curiosidad. Ve con el corazón abierto. Quizá esa tarde Dios te regale una palabra, una luz, una fuerza nueva. Canarias tiene una cita con la fe, la esperanza y la misión.

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Retiro de Pascua - "Alza la mirada"



Reserva ya en tu agenda el próximo retiro de Pascua, sábado 25 de abril de 11 a 1 por la mañana. La experiencia de anteriores Retiros con este horario está siendo muy positiva, al participar en torno a medio centenar de personas. En el contexto pascual, el Retiro también nos servirá de preparación espiritual para la próxima visita del Papa a nuestra Diócesis de Canarias. 
Recuerda y apunta ya para organizar tu agenda: 
 

Retiro de Pascua, 
sábado 25 de abril 
de 11 a 1 por la mañana.