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domingo, 17 de mayo de 2026

Peligros de decir no a la Misa con el Papa

 

A qué peligros te expones cuando pones excusas para no ir a la Misa con el Papa

Poner excusas parece algo pequeño. Uno piensa: “Tampoco pasa nada. Ya irán otros. Lo veré por la tele. No es para tanto.”
Pero, si somos sinceros, detrás de muchas excusas puede esconderse un peligro espiritual: dejar que la comodidad decida por la fe.

1. Al peligro de confundir prudencia con comodidad

La prudencia es buena: organizarse, ir acompañado, cuidar la salud, prever el transporte, llevar lo necesario.
Pero otra cosa distinta es usar la prudencia como disfraz de la pereza.

La prudencia prepara el camino.
La excusa cierra la puerta.


2. Al peligro de que otros decidan por tu conciencia

Cuando alguien dice: “No vayas, eso será un lío”, puede hacerlo con buena intención. Pero tu fe no puede quedar siempre en manos de la opinión de otros.

Hay que escuchar consejos, sí.
Pero también hay que preguntarse:

“¿Qué me está pidiendo Dios a mí?”

Porque una cosa es dejarse ayudar, y otra muy distinta es dejarse apagar.


3. Al peligro de enfriar el corazón

Una excusa hoy, otra mañana, otra después… y sin darnos cuenta el corazón se acostumbra a decirle a Dios: “Ahora no.”

No es que uno deje de creer de golpe. Es peor: uno sigue creyendo, pero cada vez responde menos.

Y la fe que no se ejercita se debilita.


4. Al peligro de perder una gracia que no se repite

Hay momentos que no vuelven.
Se pueden contar después, se pueden ver en imágenes, se pueden escuchar por otros… pero no es lo mismo que haber estado allí.

Tal vez Dios quería regalarte una palabra, una emoción, una decisión, una luz, un consuelo, una llamada.
Y tú podrías perderlo por una excusa pequeña.

No todas las oportunidades de gracia llaman dos veces.


5. Al peligro de dar mal ejemplo sin darte cuenta

Cuando una persona de Iglesia dice: “Yo no voy porque habrá mucha gente”, otros pueden pensar:
“Entonces no será tan importante.”

A veces nuestro desánimo contagia.
Pero también nuestra decisión puede levantar a otros.

Tu presencia puede animar.
Tu ausencia también habla.


6. Al peligro de vivir una fe demasiado cómoda

Una fe que solo responde cuando no cuesta, cuando no molesta, cuando no exige, cuando no cambia planes, termina volviéndose débil.

El amor verdadero siempre implica algún sacrificio.
También el amor a Cristo.
También el amor a la Iglesia.

Si todo tiene que ser cómodo para vivir la fe, quizá la comodidad se ha convertido en la verdadera autoridad.


7. Al peligro de quedarte como espectador

Verlo por televisión puede ser necesario para quien está enfermo o impedido. Pero quien puede ir y decide quedarse solo por comodidad corre el riesgo de vivir la fe desde fuera.

El cristianismo no es solo mirar.
Es participar.
Es caminar.
Es estar.
Es ofrecer el cuerpo, el tiempo, la voz, la presencia.


8. Al peligro de alimentar la pereza espiritual

La pereza espiritual no siempre dice: “No creo.”
A veces dice: “Ya veremos.”
“Más adelante.”
“No hace falta.”
“Mejor otro día.”

Y así va ganando terreno.

Por eso, a veces, el acto más espiritual es muy sencillo: levantarse y apuntarse.


9. Al peligro de perder libertad interior

Puede parecer que no ir es una decisión libre. Pero no siempre lo es.

A veces no voy porque tengo miedo.
A veces no voy porque otros me presionan.
A veces no voy porque me vence la comodidad.
A veces no voy porque me dejo llevar por el ambiente.

La verdadera libertad no es hacer siempre lo más fácil.
La verdadera libertad es elegir lo que merece la pena.


10. Al peligro de arrepentirte después

Puede llegar el día siguiente, ver las imágenes, escuchar los testimonios, oír a otros decir: “Fue precioso, fue emocionante, fue una gracia”… y pensar por dentro:

“Yo pude haber estado allí.”

Y esa pena no será por haberte perdido un evento.
Será por haber dejado pasar una oportunidad.


Pregunta para despertar la conciencia

Antes de decidir no ir, conviene preguntarse con honestidad:

¿No voy porque de verdad no puedo,
o porque no quiero hacer el esfuerzo?

Porque si de verdad no puedes, Dios conoce tu corazón.
Pero si puedes y no vas solo por excusas, quizá no estás evitando un cansancio: quizá estás evitando una llamada.

Una frase conclusiva

El mayor peligro de una excusa no es que te deje en casa.
Es que te acostumbre a decirle a Dios: “ahora no”.


 

Alza la mirada: la Ascensión que nos pone en camino


 

    Hay días en los que la fe nos invita a levantar la cabeza. No para huir de la tierra, sino para mirarla de otra manera. No para olvidarnos de los problemas, sino para descubrir que no caminamos solos. La solemnidad de la Ascensión del Señor es uno de esos días: Jesús sube al cielo, pero no se desentiende de nosotros; vuelve al Padre, pero nos deja una misión; desaparece de la vista, pero se queda más cerca que nunca en la vida de su Iglesia.

    La Ascensión no es una despedida fría. Es como cuando alguien querido se aleja físicamente, pero deja encendida una lámpara dentro de la casa. Cristo asciende, sí, pero no apaga su presencia. La transforma. Ya no está limitado a un lugar concreto. Ahora puede estar en cada Eucaristía, en cada sagrario, en cada corazón que lo busca, en cada comunidad que se reúne, en cada pobre que espera, en cada enfermo que necesita consuelo, en cada persona que todavía no sabe que es amada por Dios.

    Por eso, en este tiempo que vivimos como Iglesia en Canarias, resuena con una fuerza especial el himno “Alza la mirada”. No estamos hechos para mirar siempre al suelo. No hemos nacido para vivir encorvados por el miedo, la rutina, el cansancio o la indiferencia. Hemos sido creados para mirar al cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra. Mirar al cielo no es escapar: es encontrar orientación. Como el caminante que, en medio de la noche, busca una estrella para no perder el rumbo.

    Las lecturas de este día te lo recuerdan con claridad. En los Hechos de los Apóstoles, los discípulos se quedan mirando al cielo mientras Jesús asciende. Y reciben una pregunta que también hoy nos toca por dentro: “¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo?” No es una llamada a dejar de mirar a Cristo, sino a mirarlo bien. Porque quien mira de verdad a Cristo no se queda inmóvil. Quien alza la mirada hacia Él, termina bajando los ojos hacia los hermanos. Quien contempla al Señor, acaba saliendo al camino.

    El Evangelio nos entrega el corazón de esta fiesta: “Vayan y hagan discípulos”. La Ascensión no termina en nostalgia, sino en envío. Jesús no dice: “Quédense recordando lo que pasó”. Dice: “Vayan”. La fe no puede quedarse encerrada en la memoria, ni reducida a una costumbre privada. La fe se hace misión, palabra, gesto, cercanía, valentía, testimonio.

    Y aquí la Capilla de Adoración tiene una misión preciosa. Cada persona que entra en la Capilla, cada adorador que se arrodilla ante Jesús Sacramentado, cada silencio ofrecido, cada hora de adoración, es como una pequeña lámpara encendida en medio de la ciudad. Ante la custodia aprendemos a alzar la mirada. Pero no para quedarnos cómodamente refugiados. La adoración verdadera nos ensancha el corazón y nos pregunta:
¿A quién vas a anunciar lo que has visto?
¿A quién vas a llevar la paz que has recibido?
¿A quién vas a acercar a Jesús?

    La Eucaristía no nos separa del mundo: nos devuelve al mundo con otro corazón. El adorador no es alguien que huye de la vida. Es alguien que deja que Cristo le enseñe a mirar la vida con más hondura, con más compasión, con más esperanza.

    Dentro de tres semanas, nuestra Diócesis de Canarias vivirá un momento de gracia con la llegada del Papa. No puede ser solo un acontecimiento externo, una noticia, una imagen bonita o una emoción pasajera. Tiene que ser una llamada. Una sacudida suave pero firme. Una ocasión para preguntarnos:
¿Estamos viviendo como discípulos enviados?
¿Nuestra fe contagia esperanza?
¿Nuestras parroquias, comunidades y capillas son puertas abiertas o salas cerradas?
¿Nos conformamos con conservar, o queremos evangelizar?

    La visita del Papa no debería encontrarnos como espectadores, sino como creyentes despiertos. No como quienes miran desde lejos, sino como quienes se sienten parte viva de la misión de la Iglesia. Porque el Papa viene a confirmarnos en la fe, pero también a recordarnos que la fe que no se comparte se debilita, y que una Iglesia que no sale termina apagándose por dentro.

    “Alza la mirada” no es solo un lema bonito. Es una invitación espiritual. Alza la mirada cuando te pese la rutina. Alza la mirada cuando creas que ya no merece la pena intentarlo. Alza la mirada cuando te acostumbres a una fe tibia. Alza la mirada cuando te tiente la comodidad. Alza la mirada hacia Jesús, clavado en la cruz, vivo en la Eucaristía, glorioso junto al Padre, presente en su Iglesia.

    Pero después de alzar la mirada, da un paso.

    Un paso hacia la Capilla.
    Un paso hacia el hermano.
    Un paso hacia quien se ha alejado.
    Un paso hacia quien necesita una palabra de fe.
    Un paso hacia la evangelización.

    La Ascensión nos dice que Cristo no se ha ido para dejarnos solos. Se ha elevado para abrirnos camino. Y desde el cielo nos confía la tierra. Nos confía Canarias. Nos confía la ciudad. Nos confía la familia, la parroquia, el hospital, el barrio, la persona que tenemos al lado.

    Por eso hoy, desde la Capilla de Adoración, podemos escuchar una llamada sencilla y profunda:

    Alza la mirada. Mira a Jesús. Adóralo. Déjate enviar. Y anuncia con tu vida que Cristo está vivo.

Oración

Señor Jesús,
que asciendes al cielo sin abandonar nuestra historia,
enséñanos a alzar la mirada hacia Ti
cuando el cansancio, la rutina o el miedo
nos hagan vivir mirando al suelo.

Haz de nuestra Capilla de Adoración
un faro encendido en medio de la ciudad,
un lugar donde muchos corazones
descubran tu presencia viva en la Eucaristía.

Prepara a nuestra Diócesis de Canarias
para acoger con fe la visita del Papa.
Que no sea solo un acontecimiento exterior,
sino una llamada a despertar,
a evangelizar,
a salir al encuentro de quienes más necesitan esperanza.

Señor,
que al contemplarte en el Pan consagrado
aprendamos a reconocerte en cada hermano.
Que al adorarte en silencio
recibamos la fuerza para anunciarte con valentía.

Alza nuestra mirada, Señor.
Enciende nuestro corazón.
Pon nuestros pies en camino.
Y haznos testigos alegres de tu Resurrección.

Amén.

viernes, 15 de mayo de 2026

Preguntas para discernir con sinceridad si asistir o no a la Misa con el Papa


Preguntas para discernir y decidir con libertad y responsabilidad si asistir o no a la Misa con el Papa

Antes de decir simplemente “voy” o “no voy”, conviene detenerse un momento y escuchar el corazón con verdad. No se trata de ir por presión, ni de no ir por comodidad. Se trata de decidir ante Dios, con libertad, madurez y fe.


1. Preguntas sobre la verdad de mis motivos

  1. ¿No voy porque realmente no puedo, o porque no quiero hacer el esfuerzo?
  2. ¿Estoy llamando “prudencia” a lo que en realidad es comodidad, miedo o pereza?
  3. ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, o estoy buscando argumentos para justificar una decisión ya tomada?
  4. ¿Mis razones son verdaderamente serias, o son excusas que uso también en otras situaciones cuando algo me incomoda?
  5. Si se tratara de otro acontecimiento importante para mí, una boda, un viaje, una celebración familiar o algo que deseo mucho, ¿pondría las mismas objeciones?

2. Preguntas sobre mi fe

  1. ¿Qué lugar ocupa Cristo en esta decisión?
  2. ¿Estoy mirando esta Misa solo como un evento multitudinario, o como una oportunidad de gracia y de encuentro con el Señor?
  3. ¿Voy a decidir desde la fe o solo desde la comodidad?
  4. ¿Mi amor a la Iglesia se expresa también en gestos concretos, o solo cuando no me supone esfuerzo?
  5. ¿Estoy dispuesto a regalarle a Cristo una tarde de mi vida?

3. Preguntas sobre la libertad interior

  1. ¿Estoy decidiendo yo, o estoy dejando que otros decidan por mí?
  2. ¿Me estoy dejando influenciar por personas que no viven la fe como yo la vivo?
  3. ¿Tengo miedo a que mi familia, mis amigos o mi entorno no entiendan mi decisión de ir?
  4. ¿Estoy dispuesto a decir con paz: “Para mí esto es importante, y quiero estar”?
  5. ¿Mi decisión nace de una conciencia libre o de la presión, el miedo o el qué dirán?

4. Preguntas sobre las objeciones concretas

  1. Si mi dificultad son las multitudes, ¿puedo buscar una forma prudente de ir acompañado, situado con calma y preparado interiormente?
  2. Si mi dificultad es la espera, ¿puedo convertirla en oración, ofrecimiento y preparación del corazón?
  3. Si mi dificultad es el cansancio, ¿es un cansancio razonable y asumible, o lo estoy exagerando antes de vivirlo?
  4. Si mi dificultad es la edad o la salud, ¿he valorado objetivamente si puedo ir con prudencia, ayuda, agua, medicación y acompañamiento?
  5. Si digo “lo veré por televisión”, ¿es porque de verdad no puedo asistir, o porque prefiero la comodidad de mirar desde fuera?

5. Preguntas sobre responsabilidad y testimonio

  1. ¿Mi presencia puede animar a otros a ir?
  2. ¿Mi ausencia puede desanimar a alguien que esperaba mi apoyo?
  3. Como persona de Iglesia, ¿qué mensaje doy si pudiendo ir decido no hacerlo por razones débiles?
  4. ¿Hay alguien a quien podría invitar y acompañar para que no vaya solo?
  5. ¿Podría ser esta Misa una oportunidad para evangelizar con mi sola presencia, sin discursos ni imposiciones?

6. Preguntas sobre lo que puedo recibir

  1. ¿Y si Dios quiere decirme algo esa tarde?
  2. ¿Y si una palabra, una oración, una comunión o un gesto me ayuda a renovar la esperanza?
  3. ¿Y si esta celebración me devuelve una alegría espiritual que tenía apagada?
  4. ¿Y si después me arrepiento de no haber ido, sabiendo que podía hacerlo?
  5. ¿Estoy abierto a dejarme sorprender por Dios?

7. Preguntas ante Dios

  1. Señor, ¿qué me estás pidiendo en esta decisión?
  2. ¿Estoy buscando tu voluntad o solo mi comodidad?
  3. ¿Qué pesa más en mí: el deseo de encontrarte o el miedo a incomodarme?
  4. ¿Qué decisión me dejará más paz delante de Ti?
  5. Si Tú me preguntaras: “¿Por qué no fuiste?”, ¿qué respuesta sincera te daría?

Preguntas decisivas

Si tuviera que resumirse todo, podrían bastar estas tres:

1. ¿De verdad no puedo ir, o simplemente no quiero complicarme?

2. ¿Estoy decidiendo desde la fe y la libertad, o desde el miedo, la comodidad o la influencia de otros?

3. ¿Merece Cristo esta tarde de mi vida?


 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lo que nadie plasmará de la Misa del Papa en el Estadio de Gran Canaria

 

Si te pones a pensar un poco, ten presente todo esto.

La televisión podrá mostrar imágenes.
La radio podrá narrar el ambiente.
La prensa podrá recoger titulares.
Las redes sociales podrán llenarse de fotos, vídeos y comentarios.

Pero habrá algo que ningún medio podrá contar del todo:
lo que Dios hará dentro de cada corazón.

Nadie podrá grabar la emoción silenciosa de quien llega cansado y, sin saber cómo, vuelve con esperanza.

Nadie podrá fotografiar la oración escondida de una madre que pide por sus hijos, de un abuelo que reza por su familia, de un joven que busca sentido, de un enfermo que ofrece su dolor, de un migrante que se siente mirado con dignidad, de un sacerdote que renueva su entrega, de una persona alejada que vuelve a sentir algo por dentro.

Nadie podrá retransmitir el instante en que una palabra de la homilía toca una herida antigua.

Nadie podrá captar del todo ese momento en que el estadio deja de ser solo un estadio y se convierte en una gran casa de fe, en un pueblo reunido, en una Iglesia que alza la mirada.

Los medios podrán decir cuántas personas fueron.
Pero no podrán medir cuántas lágrimas se secaron, cuántas esperanzas se encendieron, cuántas decisiones nacieron, cuántos perdones empezaron, cuántas vocaciones se despertaron, cuántos corazones volvieron a rezar.

Podrán enseñar al Papa.
Pero no podrán mostrar completamente a Cristo pasando por dentro de su pueblo.

Podrán recoger los cantos.
Pero no podrán explicar lo que se siente cuando miles de voces se unen para decirle a Dios:
“Aquí estamos. Te necesitamos. No queremos caminar sin Ti.”

Podrán hablar de la organización, de los accesos, del calor, de la espera o de la multitud.
Pero no podrán contar el valor espiritual de haber estado allí, de haber vencido la comodidad, de haber ofrecido el cansancio, de haber elegido la fe por encima de la excusa.

Podrán publicar las mejores fotografías.
Pero la foto más importante no saldrá en ningún periódico:
la de tu alma delante de Dios.

Porque lo más grande de esa tarde no será lo que aparezca en una pantalla.
Será lo que quede sembrado dentro: una luz, una llamada, una paz, una fuerza nueva, una alegría serena, una certeza humilde.

Una frase para recordar:

Los medios podrán mostrar el acontecimiento.
Pero solo quien esté allí podrá vivir la gracia.

Y hay gracias que no se explican.
Se reciben.


 

lunes, 11 de mayo de 2026

Diez razones para ir al Estadio de Gran Canaria - Jueves 11 de junio por la tarde

A un mes de la llegada del Papa León a Canarias, compartiré contigo reflexiones y motivaciones para que no te pierdas este acontecimiento que marcará un antes y un después en nuestra tierra canaria. 

Comenzamos con estas diez razones para ir al Estadio de Gran Canaria a la misa del Papa el jueves 11 de junio de 2026 por la tarde. 

  1. Porque será un momento histórico para Canarias
    Fíjate que no todos los días el Sucesor de Pedro celebra la fe junto al pueblo canario. Hay momentos que se cuentan; este será de los que se recuerdan.

  2. Porque no vas solo a “ver al Papa”, vas a celebrar a Cristo
    El centro no será una figura humana, sino Jesús vivo en la Eucaristía. El Papa nos reúne, pero Cristo nos alimenta.

  3. Porque la fe también necesita gestos públicos
    Ir al Estadio será decir con tu vida: la fe sigue viva, la Iglesia camina, el Evangelio tiene futuro en Canarias.

  4. Porque puede renovar tu esperanza
    A veces venimos cansados, fríos, preocupados o desanimados. Un encuentro así puede levantarte el corazón y recordarte que Dios sigue actuando.

  5. Porque será una experiencia de comunión
    Parroquias, movimientos, familias, jóvenes, mayores, sacerdotes, religiosos, enfermos, voluntarios… Junto a ti, todos unidos como un solo Pueblo de Dios.

  6. Porque Canarias tiene algo que decir al mundo
    Nuestra tierra, marcada por la acogida, la migración, el encuentro de culturas y la solidaridad, puede mostrar con tu presencia un rostro profundamente evangélico.

  7. Porque ir también es apoyar a quienes sufren
    La visita del Papa a Canarias está muy unida a la realidad de los migrantes y de tantas personas heridas. Estar allí es ponerte del lado de la dignidad humana.

  8. Porque puede ser una llamada personal
    Quizá Dios te diga algo esa tarde: vuelve a rezar, vuelve a la Iglesia, perdona, comprométete, sirve más, alza la mirada.

  9. Porque será una oportunidad para evangelizar
    Anímate a invitar a alguien a ir contigo, puede ser una forma sencilla y preciosa de acercarlo a Dios: un familiar, un amigo, alguien alejado, alguien que necesita esperanza.

  10. Porque hay momentos de gracia que no conviene dejar pasar.     No te limites a verlo por televisión, escucharlo después o leer noticias… porque estar allí, cantar, rezar, comulgar y sentir a la Iglesia viva no será lo mismo.

Recuerda algo importante:

No vayas solo por curiosidad. Ve con el corazón abierto. Quizá esa tarde Dios te regale una palabra, una luz, una fuerza nueva. Canarias tiene una cita con la fe, la esperanza y la misión.

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Retiro de Pascua - "Alza la mirada"



Reserva ya en tu agenda el próximo retiro de Pascua, sábado 25 de abril de 11 a 1 por la mañana. La experiencia de anteriores Retiros con este horario está siendo muy positiva, al participar en torno a medio centenar de personas. En el contexto pascual, el Retiro también nos servirá de preparación espiritual para la próxima visita del Papa a nuestra Diócesis de Canarias. 
Recuerda y apunta ya para organizar tu agenda: 
 

Retiro de Pascua, 
sábado 25 de abril 
de 11 a 1 por la mañana. 


sábado, 4 de abril de 2026

Palabras de Jesús resucitado a un creyente del siglo XXI


 Domingo de Pascua 

Palabras de Jesús resucitado a un creyente del siglo XXI

Mírame bien.

Soy yo.
Sí, yo, el que fue clavado en la cruz, el que pasó por la noche del dolor, del abandono, del silencio y de la muerte. Soy yo, el que conoció las lágrimas, la traición, la dureza de los corazones, la violencia de los poderosos y el peso del pecado del mundo. Soy yo. Pero ahora estoy vivo. He resucitado.

Y hoy, en este domingo de Pascua, quiero decírtelo a ti, que vives en medio de un siglo lleno de ruido, de prisas, de pantallas, de incertidumbres, de cansancios interiores y de miedos escondidos: no tengas miedo. Yo he vencido a la muerte. Y si he vencido a la muerte, también puedo vencer contigo todo aquello que te roba la vida por dentro.

Tú ves muchas veces piedras demasiado pesadas.
Piedras en tu corazón.
Piedras en tu familia.
Piedras en tu historia.
Piedras en este mundo herido.

Ves la piedra del desánimo, la de la soledad, la de la tristeza que no sabes explicar, la del pecado repetido, la de los recuerdos que duelen, la de la falta de esperanza, la de la guerra, la de la injusticia, la del egoísmo, la del resentimiento. Y a veces piensas que nada va a cambiar, que el sepulcro seguirá cerrado, que la oscuridad será más fuerte.

Pero escucha bien: yo he salido del sepulcro.
La piedra ha sido removida.
Y no solo la mía. También puedo remover la tuya.

Hay tumbas que siguen cerradas en tu tiempo. Tumbas muy vigiladas. Tumbas que parecen inamovibles. Tumbas donde muchos entierran la confianza, la pureza del amor, la verdad, la compasión, la fe, la alegría de vivir. Tumbas dentro del alma. Tumbas en la sociedad. Tumbas en pueblos enteros rotos por el odio. Pero yo, Resucitado, sigo entrando donde creías que ya no podía entrar nadie.

No he resucitado para que me admires de lejos.
He resucitado para encontrarte.
Para hablarte.
Para tocar tu herida.
Para devolverle latido a lo que en ti parecía muerto.

Yo sé que muchas veces vives cansado.
Cansado de promesas vacías.
Cansado de relaciones frágiles.
Cansado de luchar contra lo mismo.
Cansado de ver cómo el mundo puede hacerse duro, frío, indiferente.
Cansado incluso de ti mismo.

Pero no te apartes de mí precisamente ahora.
No huyas del sepulcro.
No te quedes mirando solo la piedra.
Mírame a mí.

Yo soy la luz que ninguna noche ha podido apagar. Y quiero encender mi luz en ti. En la noche santa, de una sola llama se encienden muchas luces. Así quiero hacer contigo. Quiero que recibas mi fuego y que también tú seas luz. No necesitas ser perfecto para iluminar. Necesitas dejarte encender. Quiero hacer de ti una pequeña lámpara para este mundo herido.

Tu siglo tiene mucha información, pero poca sabiduría.
Muchos contactos, pero poca comunión.
Mucho ruido, pero poca interioridad.
Mucha opinión, pero poca verdad vivida.
Mucho miedo al dolor, pero poca capacidad de amar hasta el extremo.

Por eso vengo a ti resucitado, no para quitarte la humanidad, sino para llenarla de plenitud. No para alejarte del mundo, sino para enviarte a él con un corazón nuevo. No para endurecerte, sino para hacerte más libre, más compasivo, más limpio, más valiente, más verdadero.

Yo sé cuáles son tus tumbas cerradas.
Sé el nombre de tus heridas.
Sé dónde te has resignado.
Sé lo que callas.
Sé lo que lloras cuando nadie te ve.
Sé lo que todavía no has perdonado.
Sé lo que temes perder.
Sé cuánto anhelas vivir de verdad.

Y por eso hoy te repito: no tengas miedo.
Mi resurrección no borra mágicamente todos tus problemas, pero sí cambia su horizonte. Ya no caminas solo. Ya no luchas solo. Ya no lloras solo. Ya no mueres solo. Yo estoy contigo. Y donde yo estoy, la muerte no tiene la última palabra.

Quiero que entiendas algo muy importante: la Pascua no es solo mi triunfo; es también tu posibilidad. Porque si me dejas entrar, puedo hacer nuevas todas las cosas. Puedo abrir lo que tú cerraste. Puedo reconciliar lo que rompiste. Puedo sanar lo que escondes. Puedo fecundar lo que parecía estéril. Puedo sacar vida donde todos daban por segura la derrota.

Yo sigo haciendo de los mares caminos.
Sigo sacando orden del caos.
Sigo convirtiendo la aridez en tierra fecunda.
Sigo derramando agua sobre las sequedades del alma.
Sigo dando un corazón nuevo.
Sigo llamando a la puerta de quienes creen que ya es tarde
.

No es tarde para ti.

Aunque hayas vivido lejos.
Aunque te hayas enfriado.
Aunque hayas perdido la alegría de creer.
Aunque te hayas acostumbrado a una fe rutinaria.
Aunque lleves dentro decepciones antiguas.
Aunque sientas vergüenza de tu pobreza.
No es tarde.

Yo resucité también para entrar en tu hoy.
En tu casa.
En tu trabajo.
En tus luchas.
En tus relaciones.
En tus decisiones.
En tu historia concreta.

No me busques solo en los grandes discursos. Búscame en la vida que vuelve a brotar, en la misericordia que te levanta, en la verdad que te libera, en la paz que te desarma por dentro, en el perdón que te cuesta dar, en la valentía de amar cuando es más fácil cerrarse.

Mi Pascua quiere hacerse carne en ti.

Quiero que cantes aleluya con la vida, no solo con los labios. Quiero que allí donde otros siembran división, tú siembres comunión. Quiero que allí donde otros alimentan la dureza, tú lleves ternura. Quiero que allí donde otros propagan miedo, tú transmitas confianza. Quiero que allí donde otros entierran la esperanza, tú abras una rendija de luz.

No te pido que salves el mundo por tu cuenta.
Te pido que me dejes resucitar en ti.
Y desde ahí, que salgas a anunciar.

Sí, anunciar.
Porque las mujeres de la mañana de Pascua no se quedaron quietas. Fueron corriendo. El encuentro conmigo las puso en camino. El amor verdadero siempre se convierte en misión. Quien me encuentra vivo no puede guardar el fuego solo para sí. Por eso te digo hoy: lleva mi paz, lleva mi alegría, lleva mi Evangelio, lleva mi compasión. Tu mundo necesita testigos, no solo espectadores.

Y cuando vuelvas a sentir el peso de alguna piedra, cuando te parezca que el sepulcro vuelve a cerrarse, cuando la noche se haga larga, recuerda esto: yo ya he pasado por ahí. Conozco la noche. Conozco la herida. Conozco el abandono. Pero también conozco la mañana. Y quiero llevarte conmigo hacia ella.

No te quedes encerrado en lo viejo.
No vivas de espaldas a la luz.
No hagas alianza con la tristeza.
No conviertas tus heridas en sepulcro.
Déjame entrar.
Déjame levantarte.
Déjame enviarte.

Hoy te digo, con la ternura y la fuerza del Resucitado:

Yo vivo.
Y vivo por ti.
Y vivo contigo.
Y vivo en ti, si me abres el corazón.

Por eso levanta la mirada.
Respira esperanza.
Vuelve a creer.
Atrévete a amar.
Camina.
Anuncia.
Perdona.
Sirve.
Enciende.
Siembra paz.

Porque yo, tu Señor, he resucitado.
Y desde hoy, ninguna tumba es definitiva para el que se deja abrazar por mi amor.

Soy Jesús.
Estoy vivo.
Y te espero en la vida.


¡Es Pascua! ¡Felicidades!


 

        ¡Feliz Pascua de Resurrección!

        Cristo vive.
        Y porque vive, nada está perdido.

Porque vive, la noche no tiene la última palabra.
Porque vive, el dolor puede abrirse a la esperanza, las lágrimas pueden volverse oración, y el corazón cansado puede renacer.

        En esta Pascua 2026, desde la Capilla de Adoración, quiero desearte que la luz del Resucitado entre con fuerza en tu vida, en tu casa, en tu familia y en lo más hondo de tu alma. Que Jesús, vivo y glorioso, te sorprenda otra vez. Que te devuelva la paz. Que te levante por dentro. Que te recuerde que no caminas solo.

        El mismo Señor que venció a la muerte es quien nos espera cada día en la Eucaristía.
Él se hace Pan vivo, presencia silenciosa, amor que permanece, fuego que no se apaga.
En la Sagrada Forma, Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros; en el Sagrario sigue aguardándonos; en la adoración sigue sanando, consolando, fortaleciendo y enviando.

        Por eso, esta Pascua no es solo un recuerdo hermoso.
Es una llamada.
Una llamada a creer más, a amar más, a adorar más, a anunciar más.
Una llamada a dejar que Cristo resucitado transforme nuestra tristeza en alegría, nuestra tibieza en fervor, nuestro miedo en valentía misionera.

    Que esta Pascua nos encuentre con el alma abierta, con los ojos fijos en Jesús, con el corazón ardiendo y con deseos de decir al mundo que Él está vivo.
Que cada adorador, cada persona que entra en la Capilla, cada corazón que se pone de rodillas ante el Santísimo, experimente la ternura inmensa del Resucitado y se convierta en testigo de su amor.

        No nos guardemos esta noticia.
El mundo necesita esperanza.
El mundo necesita luz.
El mundo necesita a Cristo.

Y nosotros estamos llamados a llevarlo con humildad, con alegría, con pasión y con fe.

        Que María, mujer pascual, nos enseñe a acoger la vida nueva del Resucitado y a ser discípulos adoradores y misioneros.

    Con mi cariño y oración,

    Julio – Sacerdote
    Pascua 2026