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martes, 31 de marzo de 2026

Martes Santo - Mi corazón profundamente conmovido (Jn 13, 21-33. 36-38)

 

    Aquella noche mi corazón estaba profundamente conmovido. Yo sabía lo que se acercaba: la traición, la soledad, el dolor, la cruz. Pero lo que más me hería era ver que mis discípulos, los que tanto amaba, todavía no comprendían del todo el camino que el Padre me pedía recorrer.

    Estábamos a la mesa. Habíamos compartido el pan y el silencio. Yo había lavado sus pies, queriendo enseñarles que el amor verdadero se abaja, sirve y se entrega. Y, sin embargo, aquella noche quedó al descubierto la fragilidad del corazón humano.

    Me dolió Judas, porque había cerrado su corazón a mi amistad. Pero también me dolió Pedro. No porque no me amara, sino precisamente porque me amaba de verdad, aunque todavía no conocía del todo su propia debilidad.

    Cuando me preguntó: “Señor, ¿adónde vas?”, percibí en él afecto, generosidad y también desconcierto. Quería seguirme, pero aún pensaba que la fidelidad dependía solo de su fuerza. Por eso le dije: “Adonde yo voy no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”.

    Pedro, impulsivo y ardiente, me respondió: “Daré mi vida por ti”. Y mi corazón se llenó a la vez de ternura y de dolor. Porque yo sabía que, antes de que cantara el gallo, me negaría tres veces.

    No se lo dije para humillarlo, sino para prepararlo. Quise que comprendiera que su debilidad no iba a tener la última palabra. Quise que supiera que yo lo amaba no por su perfección, sino por la verdad de su corazón. Pedro necesitaba pasar por la herida de su fragilidad para dejar de apoyarse en sí mismo y aprender a apoyarse de verdad en mí.

    Yo sabía que lloraría. Y sabía también que sus lágrimas no serían de desesperación, sino de arrepentimiento y de amor herido. Aquella noche vi en Pedro a tantos discípulos de todos los tiempos: personas que me aman sinceramente, pero que a veces tiemblan, callan, retroceden o me niegan por miedo.

    Y, sin embargo, nunca dejé de amar a Pedro. Ni cuando prometía, ni cuando caía, ni cuando lloraba. Mi amor por él fue más grande que su debilidad. Y así es también mi amor por ti.

    No tengas miedo de reconocer tus negaciones. Más triste que caer es endurecerse. Pedro cayó, sí, pero se dejó mirar por mí. Y esa mirada lo levantó.

    Yo no rechazo al que fracasa ni aparto al que vuelve con corazón sincero. En medio de aquella noche oscura, mientras la pasión se acercaba, ya estaba pensando en la restauración de Pedro. Veía sus lágrimas, pero también su futuro. Veía su caída, pero también el día en que, con humildad, volvería a decirme: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”.

    Por eso, cuando escuches esta escena, no te quedes solo en la tristeza de la negación. Mira más hondo: yo conozco tu fragilidad, y aun así te amo, te llamo y sigo contando contigo.

    Oración final

Señor Jesús,
Tú conoces nuestro corazón mejor que nosotros mismos. Sabes que te amamos, pero sabes también qué frágil es nuestra fidelidad, qué fácilmente aparecen el miedo, la duda y la cobardía.

Míranos, Señor, como miraste a Pedro: no con reproche que humilla, sino con misericordia que levanta. Cuando nos creemos fuertes, haznos humildes. Cuando te negamos con nuestras palabras, silencios u obras, no permitas que nos alejemos de Ti, sino que volvamos con corazón arrepentido.

Enséñanos a no apoyarnos en nuestras fuerzas, sino en tu gracia. Que nuestras caídas no nos lleven a la desesperanza, sino a una confianza más grande en tu misericordia. Que nuestras lágrimas sean sinceras y nos abran a una vida nueva.

Haz de nosotros discípulos humildes, perseverantes y agradecidos, capaces de sostener a otros con la misma compasión con que Tú nos sostienes. Y cuando llegue nuestra propia noche, recuérdanos que tu amor es siempre más grande que nuestro pecado.

A Ti, Señor, que conoces nuestra fragilidad y nunca te cansas de levantarnos, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.
Amén.


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Julio Roldán