Tu alimento para hoy - desplaza hacia abajo la barra situada a la derecha para leer la Palabra de este nuevo día

miércoles, 1 de abril de 2026

Miércoles Santo - Judas, amigo (Mateo 26, 14-25)


    Carta abierta de Jesús a Judas

    Judas, amigo:

    Te llamo así porque así te miró mi corazón, incluso cuando el tuyo empezó a alejarse de mí.

    Antes de que tus pasos te llevaran a buscar a los sumos sacerdotes, ya había visto en tus ojos una tristeza extraña, un cansancio oscuro, una distancia que no sabías nombrar. Estabas cerca de mí, pero por dentro te ibas marchando. Caminabas con los Doce, comías a mi lado, escuchabas mis palabras, y sin embargo algo en ti se había ido cerrando lentamente.

    No te perdiste en un solo instante. Nadie se pierde de golpe. El corazón se enfría poco a poco. Primero deja de agradecer, luego deja de confiar, después empieza a calcular, a comparar, a exigir, a juzgar… y al final termina vendiendo incluso aquello que un día había amado.

    Tú no eras un desconocido para mí, Judas.
    Eras uno de los míos.

    Te elegí.
    Conté contigo.
    Te di mi amistad.
    Te dejé entrar en mi intimidad.
    Viste mis manos tocar a los enfermos.
    Escuchaste mi voz calmar a los afligidos.
    Fuiste testigo de la compasión del Padre derramándose sobre los     pequeños, sobre los pecadores, sobre los heridos de la vida.

    Y aun así, algo dentro de ti se volvió noche.

    No sé en qué momento dejaste de mirarme con amor. No sé en qué instante mis palabras dejaron de tocarte por dentro. No sé cuándo el brillo de las monedas empezó a pesarte más que la alegría del Reino. Pero sí sé que, incluso entonces, no dejé de amarte.

    Eso es lo que quiero que oigas:
    no dejé de amarte.

    Ni cuando negociaste mi entrega.
    Ni cuando escondiste tus intenciones detrás de un rostro sereno.
    Ni cuando te sentaste a la mesa fingiendo una comunión que por    dentro ya se había roto.
    Ni siquiera cuando preguntaste: “¿Soy yo acaso, Maestro?”, sabiendo ya la respuesta en lo más hondo de tu conciencia.

    Aquella noche, cuando dije que uno de ustedes me iba a entregar, no estaba pronunciando una condena fría. Estaba dejando salir el dolor de mi corazón. Me dolías tú. Me dolía tu cerrazón. Me dolía ver que te ibas perdiendo delante de mis ojos y que ni siquiera eras capaz de detenerte para dejarte rescatar.

    Yo no sufrí solo por la cruz que venía.
    Sufrí también por ti.

    Me dolió que cambiaras mi amistad por treinta monedas.
    Me dolió que mi amor te pareciera negociable.
    Me dolió que no creyeras del todo en mí.
    Pero, sobre todo, me dolió que no creyeras del todo en mi misericordia.

    Porque todavía podías volver.

    Todavía podías romper a llorar delante de mí.
    Todavía podías decir: “Señor, sálvame de mí mismo”.
    Todavía podías dejar caer el disfraz, la dureza, la mentira, el orgullo.
    Todavía podías confiar en que mi mirada era más grande que tu pecado.

    Ese fue tu drama más hondo, Judas: no solo traicionarme, sino no dejarte salvar. No solo caer, sino encerrarte. No solo pecar, sino pensar que ya no había camino de regreso.

    Y, sin embargo, sí lo había.

    Siempre lo hay mientras el corazón respira y se deja tocar por la gracia.

    Por eso hoy te escribo esta carta, Judas. Y al escribirte a ti, escribo también a tantos que se parecen a ti. A tantos que viven cerca de mí, pero lejos por dentro. A tantos que conservan gestos religiosos, pero han dejado que el alma se llene de desencanto, de ambición, de doblez, de resentimiento, de oscuridad. A tantos que creen que su pecado es mayor que mi amor.

    No, Judas.
    No hay traición humana más grande que la misericordia de Dios.

    Lo que hiere mi corazón no es solo el pecado del hombre. Lo que más lo hiere es que el hombre dude de que todavía puede volver. Que se esconda. Que desconfíe. Que elija la noche cuando aún sigue abierta la puerta de la gracia.

    Si hubieras dejado que mis ojos se encontraran de verdad con los tuyos, habrías comprendido que yo no vine a buscar perfectos. Vine a buscar corazones heridos. Vine a cargar con la miseria del mundo. Vine también por ti.

    Yo sabía quién eras.
    Sabía lo que había en ti.
    Sabía lo que ibas a hacer.
    Y aun así te senté a mi mesa.

    Eso debería haberte bastado para comprenderlo todo.

    Judas, amigo, ojalá hubieras entendido que mi amor no era una recompensa para los buenos, sino un refugio para los frágiles. Ojalá hubieras comprendido que la última palabra no la tienen las monedas, ni la culpa, ni el fracaso, ni siquiera la traición. La última palabra la tiene siempre el amor cuando encuentra un corazón dispuesto a dejarse perdonar.

    Hoy sigo pronunciando tu nombre con dolor, pero no con odio. Con herida, pero no con desprecio. Con verdad, pero también con compasión.

    Y quiero que quienes lean esta carta no se limiten a pensar en ti. Quiero que miren su propio corazón. Quiero que se pregunten en qué momentos también ellos me venden por pequeñas monedas: por vanidad, por interés, por miedo, por comodidad, por pecado escondido, por apariencias, por una vida dividida.

    Quiero que entiendan que tu historia no está en el Evangelio para humillarte, sino para advertirlos y salvarlos.

    Porque todos pueden traicionar.
    Pero también todos pueden volver.

    Esa es la esperanza que no quiero que nadie pierda.

    Por eso, Judas, aunque tu nombre haya quedado unido para siempre al drama de la traición, yo quiero escribir sobre él una verdad más profunda: fuiste amado. Amado hasta el extremo. Amado incluso en tu noche. Amado incluso cuando no supiste qué hacer con tanto amor.

    Y a quienes hoy se sienten indignos, rotos, confundidos o lejos de mí, les digo desde esta carta dirigida a ti:

    No huyan.
    No se encierren.
    No se vendan por tan poco.
    No desesperen de mi misericordia.

    Vuelvan.

    Siempre será mejor una lágrima sincera que una máscara impecable.
    Siempre será mejor un corazón roto que un corazón endurecido.
    Siempre será mejor reconocer la noche que fingir una luz que ya no arde.

    Yo sigo aquí.
    Con la mesa preparada.
    Con el pan en las manos.
    Con el corazón abierto.

    Incluso para el que me traiciona.
    Incluso para el que cae.
    Incluso para el que tarda en comprender.
    Incluso para el que se siente perdido.

    Judas, amigo: ojalá hubieras vuelto.

    Y tú, que lees esta carta,
vuelve antes de que sea tarde.
    Vuelve con tu verdad.
    Vuelve con tu pecado.
    Vuelve con tu herida.
    Vuelve tal como estás.

    Porque mi amor sigue siendo más grande.

Jesús


Oración final

Señor Jesús,
al leer esta carta, sentimos el peso de la traición,
pero también la inmensidad de tu ternura.

Tú conoces nuestras sombras,
nuestras dobles intenciones,
nuestros cansancios,
nuestros silencios culpables
y las pequeñas monedas por las que tantas veces te cambiamos.

Perdónanos, Señor.
Perdónanos cuando el corazón se enfría.
Perdónanos cuando vivimos contigo por fuera,
pero lejos de ti por dentro.
Perdónanos cuando desconfiamos de tu misericordia.

No permitas que nos encerremos en nuestra culpa.
No dejes que la desesperanza nos robe el camino de vuelta.
Danos lágrimas sinceras, humildad verdadera
y valentía para regresar a ti.

Haznos comprender
que nunca es más grande nuestro pecado que tu amor,
ni nuestra noche más fuerte que tu luz,
ni nuestra traición más poderosa que tu deseo de salvarnos.

Quédate con nosotros, Jesús.
Cuando seamos frágiles, sosténnos.
Cuando caigamos, levántanos.
Cuando nos alejemos, búscanos.
Y cuando dudemos de nosotros mismos,
recuérdanos que tu corazón sigue abierto.

Amén.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.
Un saludo.
Julio Roldán