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lunes, 30 de marzo de 2026

Lunes Santo - "Yo estaba en Betania" (Juan 12, 1-11)


 

        Yo estaba en Betania, seis días antes de la Pascua.
Jerusalén me quedaba cerca. La ciudad santa ya se dibujaba en el horizonte, pero también se acercaban la noche, la traición, el abandono, la cruz. Yo sabía bien que mi hora estaba próxima. Sabía que los pasos que estaba dando me conducían hacia la entrega total. Nada de lo que venía me era ajeno. No caminaba hacia un final inesperado. Caminaba hacia aquello para lo que había venido: amar hasta el extremo.

        Y, sin embargo, antes de entrar de lleno en mi pasión, quise detenerme en Betania. Quise estar en una casa amiga. Quise sentarme a la mesa con aquellos que me habían abierto no solo la puerta de su hogar, sino la del corazón. Allí estaban Marta, María y Lázaro. Allí encontraba afecto sincero, descanso interior, amistad limpia. También yo necesité, en la víspera del dolor, el calor de una casa donde se me quisiera de verdad.

        Lázaro estaba conmigo a la mesa. Lo miraba y veía en él mucho más que a un amigo recuperado. Veía la fuerza del Padre venciendo la muerte. Veía un signo vivo de que el amor de Dios no abandona al hombre en su sepulcro. Pero también sabía que su sola presencia molestaba a quienes se habían cerrado a la verdad. Él, por estar vivo, se había convertido en problema para algunos. Así de oscuro puede llegar a ser el corazón humano: hay quienes no soportan que la vida hable, que la gracia sea visible, que un hombre rescatado se convierta en testimonio.

        Marta servía. Como tantas veces. Con su generosidad concreta, silenciosa, activa. No necesitaba grandes discursos para expresar su amor. Me servía, y en ese servicio también me decía que me quería. El amor verdadero no siempre hace ruido. Muchas veces se arrodilla en lo pequeño, se desgasta sin aplausos, sostiene sin llamar la atención.

        Y entonces María se acercó.

    No vino a explicarme nada. No necesitó palabras. Tomó perfume de nardo, auténtico, muy costoso. Lo derramó sobre mis pies. Sus manos temblaban quizá de amor, de gratitud, de veneración. Después se inclinó y me secó los pies con sus cabellos. Y toda la casa se llenó de la fragancia del perfume.

    Yo no vi solo un gesto hermoso. Vi un corazón que había comprendido. Vi a una mujer que, sin discursos, había entrado en la profundidad de mi hora. Mientras otros discutían, calculaban o se resistían a aceptar lo que venía, ella amó. Mientras muchos seguían esperando un Mesías cómodo, victorioso a su manera, ella intuyó que mi camino pasaba por la entrega. Derramó perfume sobre mis pies como anticipando el momento en que mi cuerpo sería preparado para la sepultura.

        Ella me amó a tiempo.

    Y eso, hijo mío, hija mía, no es poca cosa.

    Hay amores que llegan tarde.
    Hay palabras que se pronuncian cuando ya no sostienen.
    Hay gestos que se guardan tanto, que nunca llegan a darse.
    María, en cambio, no aplazó el amor. No esperó a comprenderlo todo. No dejó para mañana lo que su corazón le pedía hacer aquel día. Se arriesgó a amar sin medida, sin cálculo, sin miedo al qué dirán.

    Pero en aquella casa no todos respiraban el mismo aire.

    Judas habló. Y habló como tantas veces habla el corazón que se ha ido enfriando: con palabras aparentemente razonables. Protestó por el perfume derramado. Lo llamó desperdicio. Lo disfrazó de preocupación por los pobres. Pero yo veía más allá de sus palabras. Yo conocía la verdad de su interior. Sus labios pronunciaban una excusa noble, pero su corazón estaba lejos del amor.

    Así ocurre también muchas veces. Hay quienes critican la entrega de otros no porque amen más, sino porque aman menos. Hay quienes se incomodan ante la generosidad, ante la adoración, ante la gratuidad, porque todo eso deja al descubierto su propia pobreza interior. Un corazón endurecido siempre encuentra argumentos para no entregarse.

    Por eso dije:
    Déjala.”

    La defendí, porque el amor verdadero debe ser defendido cuando el cinismo intenta ridiculizarlo. La defendí, porque ella había intuido el misterio. La defendí, porque aquel gesto no era un adorno superficial: era una preparación silenciosa para mi sepultura. Mientras unos se iban acercando a la traición y otros comenzaban a decidir mi muerte, ella me regalaba ternura. Mientras el odio hacía sus cálculos, ella llenaba la casa de perfume.

    ¿Lo comprendes?

    En Betania, antes de la cruz, yo quise dejaros una escena que no se olvida.
    Antes del pan partido en la Cena, una casa llena de fragancia.
    Antes del huerto de los olivos, una amistad que consuela.
    Antes de los golpes, unas manos que acarician.
    Antes del Calvario, un corazón que sabe estar.

    Yo iba entrando en la última etapa de mi vida terrena. Mis pasos ya estaban orientados hacia el Gólgota. Muy pronto sería entregado. Muy pronto me verías arrodillado lavando pies, sudando sangre en Getsemaní, atado, juzgado, coronado de espinas, cargando la cruz. Muy pronto me verías callar ante la violencia, perdonar desde la herida, abrir los brazos sobre el madero y confiarlo todo al Padre.

    Y precisamente por eso Betania fue tan importante para mí. Porque en aquella casa encontré algo que todo ser humano necesita en las horas decisivas: amor verdadero.

    También hoy sigo entrando en Betania.
    Sigo acercándome a tu casa.
    Sigo sentándome a la mesa de tu vida.
    Sigo esperando no grandes discursos, sino amor sincero.

    Y ahora soy yo quien te pregunto:

Cuando se acercan horas difíciles en tu vida, ¿buscas refugio en mí o huyes de mí?

¿Me dejas entrar en tu casa interior, o me mantienes en la puerta como a un visitante ocasional?

¿Tu fe huele a perfume derramado o a costumbre repetida?

¿Me das lo mejor de ti, o solo lo que te sobra después de tantas cosas?

¿Sabes reconocer mi presencia en lo cotidiano, como Marta, o te has acostumbrado tanto a servirme que ya no me miras al rostro?

¿Has dejado que yo te saque de alguna tumba, como a Lázaro, o sigues instalado en vendas viejas, miedos antiguos, pecados acariciados?

¿Tu amor sabe derrocharse por mí, como el de María, o se ha vuelto frío, calculador, prudente hasta la esterilidad?

¿Cuántas veces juzgas la entrega de otros, la oración de otros, la generosidad de otros, solo porque te incomoda lo que revela de ti mismo?

¿No será que a veces usas palabras nobles, religiosas o incluso caritativas, para esconder un corazón que se resiste a convertirse?

¿Qué espacio ocupa en tu vida la adoración, la ternura, la gratuidad, el tiempo perdido conmigo que en realidad nunca se pierde?

Porque te lo digo con claridad:
el amor no siempre es útil según las medidas del mundo,
pero siempre es fecundo según el corazón de Dios.

    María no organizó un discurso. No elaboró una teoría. No buscó protagonismo. Me amó. Y el amor verdadero transforma la atmósfera de una casa, de una comunidad, de una Iglesia, de una vida entera. Aquel perfume llenó la estancia. El amor auténtico siempre se expande. Siempre deja huella. Siempre evangeliza.

    Dime, creyente que me lees:
¿Qué perfume dejas tú a tu paso?
¿El de una fe viva?
¿El de una caridad concreta?
¿El de una oración profunda?
¿El de una entrega humilde?
¿O más bien el olor amargo de la crítica, del cansancio sin amor, de la religión sin alma, de la cercanía aparente y la distancia interior?

Mírame en Betania.
Mírame dejando que María toque mis pies.
Mírame acogiendo la ternura en la antesala del sufrimiento.
Mírame avanzando libremente hacia mi pasión.
No voy arrastrado. No voy vencido. Voy entregándome. Voy amando. Voy obedeciendo al Padre. Voy llevando sobre mí el peso del pecado del mundo. Voy hasta el final por ti.

Y entonces vuelve a escuchar mi pregunta:

¿Quieres acompañarme de verdad en esta última etapa, o solo contemplarme desde lejos?

¿Estás dispuesto a entrar conmigo en la Pascua, aunque eso implique dejar atrás seguridades, máscaras y comodidades?

¿Te atreves a romper el frasco de tus reservas y a ofrecerme, por fin, lo mejor de tu vida?

No esperes a que sea tarde para amar.
No retrases tu conversión.
No administres el corazón como quien teme perder.
No me ofrezcas una fe correcta pero sin fuego.

Aprende de María.
Aprende a estar.
Aprende a derramar.
Aprende a amar a tiempo.

Hoy, en este Lunes Santo, te pido que entres conmigo en Betania y que mires tu propia vida desde dentro de esta escena.

¿Quién eres tú en esta casa?
¿Marta, que sirve?
¿Lázaro, que testimonia la vida nueva?
¿María, que ama sin medida?
¿O Judas, que se ha acostumbrado a justificar lo injustificable?

No respondas deprisa.
Déjame entrar más hondo.
Déjame tocar lo que todavía guardas cerrado.
Déjame recibir de ti ese gesto que aún no te has atrevido a hacer: perdonar, reconciliarte, adorar, confesar, callar, agradecer, entregarte, volver.

Yo estaba en Betania.
Y hoy quiero estar en tu casa.

¿Me dejarás?

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Julio Roldán