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domingo, 29 de marzo de 2026

Carta de Jesús en el umbral de la Semana Santa


 

        Querido corazón que hoy, Domingo de Ramos, te acercas a la Eucaristía:

        Hoy entro en Jerusalén. Quizá lo ves como una escena luminosa, casi festiva… y lo es. Hay polvo en el camino, olor a campo, ramas de olivo agitadas al viento, mantos extendidos con cariño sencillo. Los niños corren, los mayores levantan la voz, y en medio de todo, un murmullo que crece: “¡Hosanna al Hijo de David!”

        Yo avanzo montado en un borrico. No es casual. No vengo a imponerme, sino a entregarme. No entro como un rey poderoso según el mundo, sino como un Rey que se abaja para tocar el corazón.

        Y mientras me aclaman… mi mirada va más allá.

        Veo las calles por donde caminaré en silencio.
        Veo la sala donde compartiré el pan y el vino con los míos.
        Veo el huerto donde mi alma se estremecerá hasta el sudor de sangre.
        Veo la noche de la traición, el beso que hiere, la soledad que pesa.

        También veo el patio donde Pedro dirá que no me conoce… y mi mirada se cruzará con la suya. No será una mirada de reproche, sino de amor que levanta.

        Veo el juicio injusto, las voces que gritan sin verdad, el miedo de quienes no saben sostener la verdad. Siento ya el peso de la cruz sobre mis hombros, la madera áspera, el camino cuesta arriba, los pasos lentos, las caídas… y, aun así, sigo.

        Porque en cada paso… estás tú.

        Entro en Jerusalén sabiendo todo esto. Nada me sorprende. Nada me detiene. Podría dar la vuelta. Podría evitar el dolor. Pero no lo hago.

        Porque te amo hasta el extremo.

        Cuando esta semana me veas lavar los pies a mis discípulos, entiende mi corazón:
    —El amor verdadero se hace servicio.

        Cuando me veas partir el pan y decir “esto es mi cuerpo”, comprende:
    —Quiero quedarme contigo para siempre.

        Cuando me veas en Getsemaní, temblando, diciendo “Padre, que pase de mí este cáliz”, no pienses que huyo…
    —Estoy abrazando tu dolor, tu miedo, tus noches oscuras.

        Cuando me veas clavado en la cruz, despojado de todo, incluso de la sensación de consuelo del Padre, escucha lo más profundo de mi alma:
    —Nada de ti me es indiferente. Todo lo asumo para salvarte.

        Y cuando todo parezca terminado… cuando el silencio del sepulcro lo envuelva todo… no olvides esto:

        Yo ya estoy preparando la Vida.

        La piedra no será el final.
        La muerte no tendrá la última palabra.
        El amor será más fuerte.

        Por eso, hoy, en medio de los cantos de Jerusalén, mi corazón no se deja engañar por el entusiasmo pasajero. Yo busco algo más profundo: tu verdad, tu decisión, tu deseo real de caminar conmigo.

        No te quedes solo en los ramos.
        No te quedes solo en la emoción.

        Entra conmigo en Jerusalén…
        pero quédate también en el Cenáculo.
        Permanece en el Huerto.
        No huyas del Calvario.

        Porque solo quien camina conmigo en la entrega…
comprende la alegría de la Resurrección.

        Esta Semana Santa es para ti.
        Para transformarte.
        Para hacerte nuevo.

        ¿Me dejarás entrar de verdad?

        Con amor que atraviesa la cruz y vence la muerte,
                                                                                            Jesús

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Julio Roldán