domingo, 31 de mayo de 2026
Homilía Misa por la Sanación de los Enfermos - Solemnidad Santísima Trinidad - domingo 31 mayo 2026
Hoy vienes con nombres concretos en el corazón.
Yo conozco esos nombres.
Yo soy el Padre,
No eres un número para mí.
Antes de que pidieras ayuda, yo ya te estaba sosteniendo.
No pienses que tu enfermedad te hace menos valioso.
Yo soy el Hijo, Jesucristo,
También hoy paso junto a ti.
Quizá esperas una curación inmediata, visible, completa.
Pero abre también el corazón a una sanación más profunda:
Yo no siempre quito de golpe la cruz,
Yo soy el Espíritu Santo,
Cuando no sabes qué decir, yo oro dentro de ti.
No desprecies esa luz.
Hijo mío, hija mía:
Vienes a la Eucaristía,
Vienes al lugar donde tu dolor puede unirse al amor de Cristo
Trae al altar tu enfermedad.
No te pido que vengas fuerte.
No te pido que lo entiendas todo.
No eres una carga.
Tu vida tiene dignidad siempre.
No te canses de amar,
También tú necesitas descanso, consuelo y ayuda.
No dejen solos a los enfermos.
Una Iglesia que olvida a sus enfermos
Pide la sanación física con fe.
Hoy, en esta misa, quiero tocarte.
No tengas miedo.
El Padre te abraza.
No estás solo.
Ofrecer lo costoso por los frutos espirituales del viaje del Papa
La visita del Papa a una tierra, a una diócesis, a un pueblo concreto, no es solo un acontecimiento externo, multitudinario o emotivo. Es también una hora de gracia, una oportunidad espiritual, una llamada de Dios a renovar la fe, despertar la esperanza y avivar la misión de la Iglesia. Y toda gracia importante pide también una respuesta generosa.
Por eso tiene un gran valor espiritual ofrecer lo costoso —en tiempo, esfuerzo, dinero, incomodidad, sacrificio, renuncias, cansancio, oración perseverante o pequeños sufrimientos— por los frutos de esta visita. Lo costoso, cuando se ofrece con amor, deja de ser una simple carga y se convierte en una ofrenda fecunda.
1. Amar de verdad cuesta
Todo amor auténtico implica entrega. Lo vemos en la vida cotidiana: cuesta cuidar, escuchar, esperar, servir, perdonar, desplazarse, madrugar, organizarse, renunciar a otras cosas, salir de uno mismo. También en la vida de fe sucede igual. Si la visita del Papa nos importa de verdad, es lógico que queramos poner algo de nosotros mismos para que dé fruto.
Lo que no cuesta nada, muchas veces apenas deja huella. En cambio, lo que ofrecemos con sacrificio, unido al amor, tiene una fuerza interior enorme. Dios no mira solo la cantidad de lo que hacemos, sino el amor con que lo ofrecemos.
2. Ofrecer lo costoso es participar en la cruz fecunda de Cristo
El cristiano sabe que el sacrificio no tiene valor por sí mismo, como si el dolor fuera un fin. Su valor nace cuando se une a Cristo. Jesús ha salvado al mundo no desde la comodidad, sino desde la entrega total. Por eso, cuando un creyente ofrece algo que le cuesta —un cansancio, una espera, una renuncia, una limosna, un viaje incómodo, una dificultad asumida con paz— está entrando humildemente en la lógica del Evangelio: dar para que otros reciban vida.
Ofrecer lo costoso por los frutos espirituales de la visita del Papa es decirle al Señor:
“Quiero colaborar contigo.
Quiero que esta visita no sea superficial.
Quiero que toque corazones.
Quiero poner mi pequeña parte para que otros reciban gracia.”
3. El sacrificio ofrecido ensancha el corazón
A veces pensamos que el sacrificio solo “pierde” algo. Pero en realidad, cuando se vive con sentido, ensancha el alma. Nos saca de la comodidad, del egoísmo, de la fe tibia y del cálculo. Nos hace más libres interiormente. Nos enseña a amar más de verdad.
Ofrecer lo costoso por esta intención puede purificar nuestra motivación. Ya no vamos solo porque “me apetece” o “me emociona”, sino porque quiero que Dios actúe en la Iglesia en Canarias; quiero que haya conversiones, reconciliaciones, vocaciones, esperanza, comunión y renovación misionera.
4. Lo costoso ofrecido puede ser muy concreto
No se trata solo de grandes sacrificios. Muchas veces lo más valioso está en lo sencillo y escondido:
madrugar para acudir con buen espíritu;
soportar colas o esperas sin quejarse;
renunciar a comodidad o descanso;
ofrecer un ayuno o una pequeña privación;
dedicar más tiempo a la oración;
rezar un rosario o una hora de adoración por esta intención;
ayudar económicamente aunque suponga un esfuerzo;
acompañar a alguien mayor o indeciso;
callar una queja y transformarla en ofrecimiento;
soportar el calor, el cansancio o la incomodidad con paz;
renunciar a un plan personal por participar o servir;
ofrecer una enfermedad, una limitación o un dolor interior.
Todo eso, vivido con amor, tiene un gran valor ante Dios. Son pequeñas semillas escondidas que pueden dar frutos muy grandes.
5. Los frutos que se pueden pedir
Cuando ofrecemos algo costoso, no lo hacemos en vacío. Lo hacemos pidiendo frutos concretos:
que muchas personas se acerquen a Dios;
que los alejados vuelvan a mirar la fe con esperanza;
que los jóvenes se abran a la llamada del Señor;
que haya vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano;
que la Iglesia en Canarias crezca en comunión;
que las parroquias sean más acogedoras y misioneras;
que aumente el amor a la Eucaristía;
que los enfermos, pobres y migrantes sean más tenidos en cuenta;
que esta visita deje una huella duradera y no solo un recuerdo emotivo.
6. Ofrecer lo costoso da profundidad al acontecimiento
Sin sacrificio, un gran evento puede quedarse en algo bonito pero pasajero. Con oración y ofrenda, se convierte en un verdadero camino espiritual. Lo costoso ofrecido da profundidad. Le dice al Señor que no queremos solo “asistir” a algo, sino implicarnos espiritualmente para que Él haga una obra nueva.
Eso vale también para quienes quizá no puedan estar físicamente presentes. Una persona enferma, anciana, con limitaciones económicas o físicas, puede hacer muchísimo si ofrece con fe su situación por los frutos de la visita. En la Iglesia, el amor escondido sostiene mucho más de lo que parece.
7. La lógica del Evangelio: perder para ganar
El mundo suele pensar: “si me cuesta, mejor no”. El Evangelio propone otra lógica: lo ofrecido con amor nunca se pierde. Lo que parece renuncia puede convertirse en bendición. Lo que parece esfuerzo puede volverse gracia para otros. Lo que parece pequeño puede tener una fecundidad inmensa.
Así ha sido siempre en la historia de la Iglesia: grandes frutos visibles han nacido de sacrificios invisibles, de rodillas dobladas, de personas sencillas, de silencios ofrecidos, de cansancios abrazados con amor.
8. Una pregunta para revisar el corazón
Esta visita del Papa puede llevarnos a preguntarnos con sinceridad:
¿Qué estoy dispuesto a ofrecer yo
para que esta visita dé fruto de verdad?
No solo:
“¿Qué voy a recibir?”
sino también:
“¿Qué voy a poner?”
Esa pregunta nos hace pasar de espectadores a colaboradores de la gracia.
Conclusión
Ofrecer lo costoso por los frutos espirituales de la visita del Papa es una forma muy evangélica de prepararla y vivirla. Es poner amor donde hay esfuerzo. Es convertir la incomodidad en intercesión. Es hacer de una renuncia una siembra. Es unirnos a Cristo para que Él toque corazones.
Quizá lo costoso sea el viaje, el tiempo, el dinero, el cansancio, la espera, la organización, la enfermedad llevada con paciencia o una renuncia interior. No importa tanto qué sea. Lo importante es ofrecerlo con fe y amor.
Entonces, aquello que cuesta deja de ser solo peso y se convierte en ofrenda.
Y la ofrenda, en manos de Dios, se convierte en fecundidad.
Oración breve
Señor Jesús,
te ofrezco lo que me cuesta,
lo que me incomoda,
lo que me exige salir de mí mismo,
por los frutos espirituales de la visita del Papa.
Que nada se pierda.
Convierte mis sacrificios pequeños
en semilla de gracia,
de conversión, de esperanza
y de renovación para la Iglesia en Canarias.
Hazme generoso, disponible y fiel.
Y que esta visita dé frutos abundantes
en muchos corazones.
Amén.
sábado, 30 de mayo de 2026
Oración por los indecisos ante la Misa con el Papa
Espíritu Santo, luz suave de Dios,
entra en el corazón de quienes todavía dudan,
de quienes desean ir, pero no terminan de decidirse,
de quienes han dejado que el miedo, la comodidad,
la pereza o la opinión de otros apaguen su ilusión.
Ilumina su conciencia.
Ayúdales a distinguir entre la prudencia verdadera
y las excusas que paralizan;
entre el cuidado necesario
y el miedo que roba la alegría;
entre la libertad interior
y la influencia de quienes no comprenden su fe.
Espíritu Santo,
toca el corazón de quienes dicen:
“Habrá mucha gente”,
“será muy largo”,
“me cansaré”,
“lo veré por televisión”,
“mi familia no quiere”,
“yo ya voy a misa”,
“eso no es para mí”.
Hazles escuchar, en lo profundo del alma,
una pregunta sencilla y verdadera:
¿Merece Cristo una tarde de mi vida?
Señor Jesús,
Tú sabes que muchos no se oponen a Ti,
pero se dejan vencer por la comodidad.
No te rechazan abiertamente,
pero aplazan la decisión.
No dicen que no creen,
pero permiten que otros decidan por su fe.
Despierta en ellos una fe valiente,
humilde y serena.
Dales libertad para decir con paz:
“Respeto que otros no quieran ir,
pero para mí este encuentro es importante.
Yo quiero estar.”
Virgen María,
Madre de la Iglesia,
tú que dijiste sí cuando Dios te llamó,
acompaña a quienes todavía están indecisos.
Enséñales a responder sin miedo,
sin dejarse arrastrar por la presión,
sin apagar lo que Dios está susurrando en su interior.
Que ninguna excusa pequeña
les robe una gracia grande.
Que ninguna voz ajena
ahogue la voz de Dios en su conciencia.
Que ningún cansancio anticipado
les impida vivir una tarde de fe,
de comunión, de esperanza y de Iglesia.
Espíritu Santo,
mueve sus corazones.
Dales claridad para decidir,
ánimo para apuntarse,
fortaleza para organizarse,
humildad para dejarse ayudar
y alegría para ponerse en camino.
Y si finalmente acuden al Estadio de Gran Canaria,
que no vayan solo como espectadores,
sino como creyentes;
no solo por ver al Papa,
sino por encontrarse con Cristo;
no solo por estar en un acontecimiento histórico,
sino por abrir el alma a una gracia nueva.
Señor,
que quienes dudan alcen la mirada.
Que quienes tienen miedo encuentren paz.
Que quienes se dejaron influenciar recuperen su libertad.
Que quienes estaban apagados vuelvan a ilusionarse.
Que quienes ponían objeciones descubran una llamada.
Y que todos podamos decir con corazón sincero:
Aquí estoy, Señor.
No quiero que la comodidad decida por mí.
No quiero dejar pasar tu gracia.
Quiero caminar con tu Iglesia.
Quiero alzar la mirada.
Amén.
viernes, 29 de mayo de 2026
La fe no se jubila - ¡los mayores al Estadio!
Si eres una persona mayor, esto es para ti.
Si puedes
ir a la Misa con el Papa y tu corazón te lo pide, no dejes que otros
apaguen tu ilusión. Ve con prudencia, acompañado y con paz. Tu presencia
cuenta, tu oración cuenta y tu historia de fe también tiene un lugar en
el Estadio de Gran Canaria.
A veces una persona mayor desea ir, pero escucha a otros decir:
“No vayas, habrá mucha gente”, “te vas a cansar”, “eso es un lío”, “mejor lo ves por la tele”, “nosotros no vamos”…
Y poco a poco se le enfría el corazón.
Por eso conviene hablarle con cariño, pero también con firmeza.
1. Porque tu fe también tiene derecho a decidir
Que otros no quieran ir es respetable.
Pero tu fe también merece ser respetada.
No tienes que dejar que otras personas decidan por ti algo que puede ser muy importante para tu alma.
Frase clave:
“Gracias por preocuparte por mí, pero para mí esta Misa es importante. Me gustaría estar allí.”
2. Porque no vas por capricho, vas por amor a Cristo
No es una salida cualquiera.
No es un espectáculo.
No es una excursión más.
Vas a una Eucaristía, vas a rezar, vas a encontrarte con Cristo, vas a vivir un momento de Iglesia.
Frase clave:
“No voy por curiosidad. Voy porque quiero vivir esta gracia con fe.”
3. Porque las personas mayores han sostenido la fe de Canarias
Muchas personas mayores han rezado toda la vida, han transmitido la fe en sus casas, han sostenido parroquias, han ido a misa con lluvia, cansancio, problemas y sacrificios.
Sería triste que ahora, en un momento tan especial, otros les apagaran el deseo de estar presentes.
Ustedes no sobran. Ustedes hacen falta.
Su presencia habla de fidelidad, de memoria, de oración y de vida entregada.
4. Porque seguro no habrá otra ocasión igual
Hay cosas que no se repiten fácilmente.
Una Misa con el Papa en Gran Canaria no es un acontecimiento de todos los años.
Se puede ver por televisión, sí.
Pero quien pueda ir y tenga fuerzas suficientes, sabe que estar allí no será lo mismo que verlo desde casa.
Frase clave:
“Si puedo ir, no quiero quedarme con la pena de haber dejado pasar este momento.”
5. Porque el cansancio de una tarde puede convertirse en ofrenda
Sí, puede haber espera.
Sí, puede haber cansancio.
Sí, habrá que organizarse.
Pero una persona creyente sabe que el cansancio también se puede ofrecer a Dios.
No todo lo valioso es cómodo. Muchas cosas grandes de la vida han costado esfuerzo: sacar adelante una familia, cuidar enfermos, trabajar, educar hijos, servir en la Iglesia.
Frase clave:
“Me cansaré un poco, pero lo ofreceré al Señor.”
6. Porque no hay que confundir prudencia con miedo
Es bueno ser prudente: llevar agua, gorra, medicación si hace falta, ir acompañado, seguir las indicaciones, no imprudencias.
Pero una cosa es ser prudente y otra dejar que el miedo mande.
La prudencia organiza. El miedo paraliza.
Y la fe nos ayuda a caminar con serenidad.
7. Porque tu testimonio puede tocar a tu familia
Puede que algunos familiares estén alejados de la Iglesia.
Puede que no entiendan por qué quieres ir.
Pero precisamente por eso tu decisión puede ser una semilla.
Sin discutir, sin imponer, sin enfadarte, puedes decir:
“Yo respeto que ustedes no quieran ir, pero esto para mí es importante. Me hace bien. Quiero ir.”
A veces la fe serena de una persona mayor evangeliza más que muchos sermones.
8. Porque no debes dejar que te apaguen la ilusión
Si dentro de ti hay una pequeña alegría por ir, cuídala.
No dejes que la queja de otros te robe esa ilusión.
Hay personas que, sin mala intención, contagian desánimo:
“Eso será un lío”, “no merece la pena”, “para qué vas”…
Pero tú puedes responder interiormente:
“Quizá para ti no merece la pena. Para mí sí.”
9. Porque ir puede renovar tu corazón
Una persona mayor también necesita esperanza.
También necesita emocionarse.
También necesita sentir que sigue formando parte de la Iglesia viva.
No vas solo a mirar.
Vas a rezar, a dar gracias por tu vida, a poner a tu familia ante Dios, a pedir por Canarias, por los enfermos, por los migrantes, por la paz, por los jóvenes y por la Iglesia.
10. Porque tu sitio también cuenta
No pienses: “Yo ya soy mayor, da igual que vaya o no vaya.”
No da igual.
Tu presencia cuenta. Tu oración cuenta. Tu historia cuenta. Tus sacrificios cuentan.
En un estadio lleno, Dios no ve una multitud anónima.
Dios ve rostros, vidas, heridas, esperanzas y fidelidades. También ve la tuya.
Si eres una persona mayor:
No dejes que otros decidan por tu fe.
Si de verdad deseas ir y puedes hacerlo con prudencia, ve.
Organízate, busca compañía, cuida tu salud, pero no permitas que el miedo, la comodidad o la opinión de otros te roben una gracia.
Has vivido muchos años de fe, de oración y de entrega.
Tu presencia en esa Misa también será una forma de decir:
“Señor, aquí estoy. He caminado contigo y quiero seguir alzando la mirada.”
miércoles, 27 de mayo de 2026
Situaciones cotidianas donde esperamos horas y no nos parece grave
A veces decimos: “Es que para la Misa con el Papa habrá que esperar mucho”.
Pero, si somos sinceros, en la vida esperamos muchas horas cuando algo nos interesa, nos importa o creemos que merece la pena.
1. En un aeropuerto
Llegamos dos o tres horas antes, pasamos controles, hacemos cola, esperamos el embarque, sufrimos retrasos…
Y lo aceptamos porque queremos viajar.
Para viajar sí esperamos. Para una gracia de fe, también podemos esperar.
2. En una consulta médica o en urgencias
A veces esperamos horas en una sala, con cansancio, nervios y poca comodidad.
Lo hacemos porque la salud importa.
Si esperamos por cuidar el cuerpo, también podemos esperar por alimentar el alma.
3. En una boda o celebración familiar
Entre prepararse, desplazarse, ceremonia, fotos, comida y espera entre momentos, se van muchas horas.
Y no solemos decir: “No voy, porque será largo”.
Cuando queremos a alguien, el tiempo se regala.
4. En un concierto o espectáculo
Hay personas que llegan horas antes para coger buen sitio, hacer cola o vivir el ambiente.
Y hasta lo cuentan con ilusión.
Para un artista esperamos. Para Cristo y su Iglesia, ¿no vamos a esperar?
5. En un partido de fútbol
Desplazamiento, entrada al estadio, controles, previa, partido, salida, tráfico… fácilmente son tres o cuatro horas.
Y muchos lo viven como una fiesta.
Si un estadio se llena por un equipo, también puede llenarse por la fe.
6. En una romería o fiesta popular
Se camina, se espera, hace calor, hay gente, hay colas, hay cansancio.
Pero se vive como tradición, devoción y encuentro.
La fe también tiene derecho a convocarnos y movernos.
7. En una procesión
A veces se espera mucho antes de que pase la imagen, se camina despacio, se está de pie largo rato.
Y aun así se vive con emoción.
La espera, cuando hay amor, no pesa igual.
8. En una comida de Navidad o reunión familiar
Compras, cocina, preparación, desplazamientos, sobremesa larga, regreso tarde…
Nadie mide el tiempo con reloj cuando hay cariño.
Lo importante no se mide solo por comodidad.
9. En trámites administrativos
Banco, Seguridad Social, Hacienda, ayuntamiento, ITV, documentación…
A veces se pierden horas por una gestión necesaria.
Si esperamos por papeles, también podemos esperar por una celebración que puede renovar el corazón.
10. En rebajas, compras o estrenos
Hay quien espera colas por entrar a una tienda, comprar entradas, conseguir una oferta o estrenar algo.
Y lo considera parte de la experiencia.
Para conseguir cosas materiales esperamos; para recibir una gracia, también vale la pena.
11. En una visita a un familiar enfermo
A veces hay que desplazarse, esperar horarios, aparcar lejos, subir, bajar, hacer turnos…
Y se hace porque el amor lo pide.
La fe también nos pide gestos concretos de amor.
12. En un viaje en barco o guagua
Esperas para salir, esperas al llegar, esperas maletas, esperas conexiones.
Y lo asumimos porque queremos llegar a un destino.
La Misa con el Papa también es un camino hacia un encuentro.
Argumento directo
La cuestión no es si habrá que esperar.
La cuestión es qué valor le damos a aquello por lo que esperamos.
Porque cuando algo nos interesa, la espera se justifica.
Cuando algo nos importa, la espera se aguanta.
Cuando algo se ama, la espera se ofrece.
Frase final
No digas “habrá que esperar mucho” como si eso lo explicara todo.
Pregúntate mejor: “¿Merece Cristo unas horas de mi tarde?”
lunes, 25 de mayo de 2026
¿Me enriquece o me empobrece?
Preguntas que suscita este acontecimiento
Elegir enriquecimiento personal frente empobrecimiento interior
La visita del Papa y la misa en el Estadio de Gran Canaria no son solo un acto multitudinario. Son una ocasión para mirarme por dentro y preguntarme qué tipo de persona quiero ser: alguien que se abre a la gracia, a la comunión y a la esperanza, o alguien que se encierra en la comodidad, la desgana o el miedo.
1. ¿Qué puede enriquecerme este acontecimiento?
¿Y si esta misa fuera una oportunidad única para renovar mi fe?
¿Y si Dios quisiera decirme algo precisamente allí, en medio de su pueblo?
¿Y si este encuentro me ayudara a salir de mi rutina espiritual?
¿Y si ver a tanta gente reunida por la fe despertara en mí una esperanza que estaba dormida?
¿Y si participar me hiciera sentir más unido a la Iglesia, a mi diócesis y a mi comunidad?
¿Y si el esfuerzo de ir fuera precisamente lo que más valor diera a mi decisión?
¿Y si esta tarde quedara grabada en mi memoria como uno de esos momentos que fortalecen el alma?
2. ¿Qué empobrecimiento puede producir en mí no ir?
¿Me empobrece dejarme llevar solo por la comodidad?
¿Me empobrece decir “no me apetece” ante algo que puede hacerme bien?
¿Me empobrece dejar que otros decidan por mí?
¿Me empobrece poner excusas antes de escuchar honestamente mi conciencia?
¿Me empobrece perder una ocasión de fe por miedo a esperar, caminar o incomodarme?
¿Me empobrece quedarme fuera de un acontecimiento que quizá no vuelva a repetirse?
¿Me empobrece vivir la fe solo cuando no me exige nada?
3. Preguntas para mirar mis excusas con sinceridad
¿Mi dificultad es real o es simplemente una resistencia interior?
¿Estoy buscando motivos para no ir o razones para responder generosamente?
¿Estoy exagerando los inconvenientes y minimizando el valor espiritual del encuentro?
¿He hecho esfuerzos parecidos por cosas menos importantes?
¿Por qué para otras actividades acepto esperas, incomodidades y desplazamientos, y para esto no?
¿Estoy confundiendo prudencia con comodidad?
¿Estoy dejando que el cansancio, la edad, la familia o el ambiente apaguen una llamada que quizá nace de Dios?
4. Preguntas sobre libertad y responsabilidad
¿Estoy decidiendo libremente o me estoy dejando arrastrar por otros?
¿Mi decisión nace de la fe o de la desgana?
¿Estoy escuchando mi conciencia o solo mis miedos?
¿Qué le diría yo a otra persona que está dudando por las mismas razones?
¿Qué decisión me dejará más paz interior después?
¿Qué elección me hará crecer más como cristiano?
¿Estoy actuando como espectador de la Iglesia o como miembro vivo de ella?
5. Preguntas desde la fe
¿Qué lugar ocupa el Papa en mi experiencia de Iglesia?
¿Qué significa para mí reunirme en torno a la Eucaristía con miles de hermanos?
¿Creo de verdad que Cristo se hace presente en la Misa?
¿Estoy dispuesto a hacer un pequeño sacrificio por un gran bien espiritual?
¿Puede ser esta misa una llamada del Señor a levantar la mirada?
¿Qué me está pidiendo Dios en este momento concreto?
¿Y si no se trata solo de “ir a ver al Papa”, sino de dejarme encontrar por Cristo?
Pregunta final
Dentro de unos años, cuando recuerde este acontecimiento, ¿qué me gustaría poder decir: “me alegré de haber ido” o “me arrepentí de haber dejado pasar la oportunidad”?
Porque hay decisiones que parecen pequeñas, pero por dentro nos agrandan.
Y hay excusas que parecen razonables, pero poco a poco nos empobrecen el alma.






