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domingo, 24 de mayo de 2026

Sueños de un sacerdote en Pentecostés


 

Cuando el Espíritu empuja el corazón hacia el Reino

Hay días en que uno siente que la fe no puede quedarse dormida en los bancos de una iglesia. Hay días en que el Evangelio deja de ser una página leída y se convierte en una llamada que quema por dentro. Pentecostés es uno de esos días.

En Pentecostés, la Iglesia no recuerda simplemente que un día el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos. Pentecostés nos pregunta, con una fuerza humilde y directa:

¿Y ahora qué vas a hacer con el fuego que has recibido?
¿Dónde está tu corazón?
¿A quién estás dispuesto a servir?
¿Qué parte del Reino de Dios vas a ayudar a construir con tu vida concreta?

Porque el Espíritu Santo no viene a decorar el alma.
Viene a moverla.
No viene a tranquilizarnos sin más.
Viene a despertarnos.
No viene a conservar cenizas.
Viene a encender brasas.

Y en esta fiesta de Pentecostés, a las puertas de la visita del Papa León a nuestra Diócesis de Canarias, nace en el corazón de un sacerdote una oración con forma de sueño. No un sueño ingenuo, ni romántico, ni alejado de la realidad. Un sueño nacido de mirar la vida con los ojos de Jesús, de creer todavía en la fuerza del Evangelio, de confiar en que el Espíritu Santo sigue haciendo nuevas todas las cosas.

 

Sueño con una Iglesia de puertas abiertas

Sueño con una Iglesia donde nadie se sienta extraño al entrar.

Una Iglesia donde el que viene de lejos no sea mirado con sospecha, donde el que se equivocó no sea condenado antes de ser escuchado, donde el que duda encuentre paciencia, donde el que llora encuentre consuelo, donde el que no cree del todo perciba al menos una presencia buena, limpia, verdadera.

En el Evangelio de Pentecostés, los discípulos están encerrados por miedo. Jesús se pone en medio y les dice: “Paz a vosotros”. No les reprocha su cobardía. No les pasa factura por haber huido. No les pregunta dónde estaban cuando Él cargaba con la cruz. Primero les regala la paz. Después les entrega una misión.

Así actúa Jesús.
Primero sana.
Luego envía.
Primero levanta.
Luego confía.

Por eso sueño con una Iglesia menos encerrada en sus miedos y más abierta a la paz de Cristo. Una Iglesia que no viva a la defensiva, sino en salida. Una Iglesia que no se conforme con lamentar que “cada vez somos menos”, sino que se atreva a preguntar: ¿somos más fieles?, ¿somos más humanos?, ¿somos más transparentes al Evangelio?

No nos faltan solo manos.
A veces nos falta fuego.
No nos faltan solo actividades.
A veces nos falta alma.
No nos faltan solo planes pastorales.
A veces nos falta dejarnos conducir.

 

Sueño con corazones movilizados

Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo no cayó sobre piedras, ni sobre edificios, ni sobre estructuras. Cayó sobre personas concretas: hombres y mujeres con miedo, con límites, con dudas, con historias heridas, con pasados imperfectos.

Y, sin embargo, el Espíritu hizo de ellos testigos.

Eso me conmueve profundamente. Porque también hoy Dios no busca personas impecables, sino corazones disponibles. No busca héroes de escaparate, sino creyentes humildes que se dejen moldear.

Sueño con cristianos que despierten por dentro.
Con personas que dejen de aplazar lo esencial.
Con hombres y mujeres que vuelvan a preguntarse:

¿Para qué estoy viviendo?
¿Qué estoy dejando crecer en mi interior?
¿Estoy construyendo Reino o simplemente sobreviviendo?
¿Mi vida acerca a otros a Dios, a la bondad, a la esperanza?

El proyecto de Jesús no es una idea bonita. Es el Reino de Dios: un mundo más justo, más fraterno, más limpio, más compasivo, más lleno de verdad. El Reino comienza cuando alguien perdona. Cuando alguien sirve sin buscar aplauso. Cuando alguien acompaña al que está solo. Cuando alguien decide no devolver mal por mal. Cuando alguien cuida su familia. Cuando alguien trabaja honradamente. Cuando alguien reza por quien no sabe rezar. Cuando alguien deja de vivir centrado en sí mismo.

El Reino no empieza siempre con grandes gestos.
Muchas veces empieza fregando un plato con amor.
Visitando a un enfermo.
Escuchando sin prisa.
Callando una crítica.
Haciendo bien el trabajo.
Pidiendo perdón.
Volviendo a Dios.

 

Sueño con una santidad sencilla

A veces pensamos que la santidad es algo lejano, reservado a unos pocos. Pero Pentecostés nos enseña otra cosa: la santidad es dejar que el Espíritu Santo entre en lo cotidiano y lo transforme desde dentro.

Santidad es no rendirse al cinismo.
Santidad es elegir el bien cuando nadie mira.
Santidad es cuidar las palabras.
Santidad es vivir con un corazón reconciliado.
Santidad es no dejar que la queja se convierta en nuestro idioma habitual.
Santidad es levantarse cada mañana y decir: “Señor, hoy quiero ser un poco más tuyo”.

Sueño con un itinerario sencillo de crecimiento espiritual y humano. Un camino sin fuegos artificiales, pero con fidelidad. Un camino hecho de pequeños propósitos:

Escuchar más y juzgar menos.
Rezar cada día, aunque sea brevemente, pero de verdad.
Visitar más a Jesús en la Eucaristía.
Cuidar a los cercanos sin olvidarse de los lejanos.
Servir sin convertir el servicio en protagonismo.
Hablar de Dios con naturalidad y vivir de tal manera que otros puedan intuirlo.
Mirar al cielo sin desentenderse de la tierra.

Porque el Espíritu Santo no nos saca de la realidad. Nos mete más hondamente en ella, pero con otra luz.

 

Sueño con una Diócesis que alce la mirada

A las puertas de la visita del Papa León a Canarias, siento que el Espíritu nos está diciendo algo. No se trata solo de preparar un acontecimiento. Se trata de preparar el corazón.

Una visita del Papa puede ser una noticia, una foto, una celebración multitudinaria. Pero también puede ser una gracia. Y las gracias, si no se acogen, pasan rozando la vida sin transformarla.

Por eso sueño con una Diócesis que no viva esta visita como espectadores, sino como discípulos. Que no pregunte únicamente “¿dónde será?, ¿a qué hora?, ¿cómo me organizo?”, sino también:

¿Qué quiere Dios decirnos a través de este momento?
¿Qué conversión nos está pidiendo?
¿Qué cansancio debemos entregar?
¿Qué esperanza debemos recuperar?
¿Qué misión debemos asumir con más valentía?

Sueño con una Iglesia en Canarias que alce la mirada. No para evadirse, sino para recordar que no estamos solos. No para despreciar lo pequeño, sino para descubrir que lo pequeño, cuando lo toca Dios, puede dar mucho fruto.

Alzar la mirada no es negar los problemas.
Es negarse a vivir aplastados por ellos.
Es mirar a Cristo y recordar que el Resucitado sigue soplando sobre su Iglesia.
Es creer que todavía hay jóvenes capaces de escuchar una llamada.
Familias capaces de abrirse a Dios.
Mayores capaces de dar fruto.
Comunidades capaces de renovarse.
Sacerdotes capaces de volver al primer amor.
Alejados capaces de regresar.
Heridos capaces de sanar.

 

Sueño también para quien no cree

Y este sueño no es solo para quienes ya están dentro de la Iglesia.

También pienso en quien lee estas líneas y no sabe si cree. En quien se alejó hace tiempo. En quien mira la fe con respeto, pero desde fuera. En quien ha sufrido decepciones. En quien no soporta los discursos vacíos. En quien busca algo verdadero, aunque no sepa llamarlo Dios.

A ti también te digo: no apagues la pregunta. No cierres demasiado pronto la puerta. No te resignes a vivir solo de prisa, consumo, cansancio y supervivencia. Hay una vida más honda. Hay una bondad que merece ser elegida. Hay una verdad que no humilla, sino que libera. Hay un amor que no utiliza, sino que salva.

Tal vez Pentecostés, para ti, sea simplemente esto: dejar que entre un poco de aire limpio en una habitación cerrada. Permitir que algo bueno vuelva a moverse dentro. Preguntarte, con honestidad:

¿Estoy viviendo como realmente deseo vivir?
¿Estoy amando como quiero amar?
¿Estoy dejando una huella buena?
¿Qué pasaría si Dios no fuera una amenaza, sino una presencia que me busca para levantarme?

 

Sueño, pero también me comprometo

Los sueños del Espíritu no son excusas para no actuar. Son llamadas a empezar.

Por eso, en este Pentecostés, no quiero quedarme solo soñando. Quiero proponerme caminar. Con humildad. Con realismo. Con esperanza.

Quiero pedir menos que cambien los demás y dejar que Dios me cambie a mí.
Quiero predicar menos desde la distancia y más desde la vida.
Quiero cuidar más la ternura, la paciencia y la escucha.
Quiero ser menos funcionario de lo sagrado y más testigo del Resucitado.
Quiero acompañar mejor a los cansados, a los heridos, a los que buscan, a los que no saben volver.
Quiero dejar que el Espíritu me quite rigideces, miedos, prisas inútiles y comodidades disfrazadas de prudencia.

Porque un sacerdote también necesita Pentecostés.
También necesita ser evangelizado.
También necesita volver a arder.
También necesita que Jesús le diga: “Paz a ti. Como el Padre me envió, así te envío yo”.

 

Ven, Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
y despierta en nosotros los sueños de Jesús.

No permitas que confundamos prudencia con miedo,
experiencia con cansancio,
tradición con inmovilismo,
realismo con falta de fe.

Moviliza nuestro corazón.
Sácanos de los encierros.
Enséñanos a hablar el lenguaje que todos entienden:
el lenguaje del amor, del servicio, de la alegría,
de la misericordia y de la verdad.

Haznos sencillos en lo cotidiano,
fieles en lo pequeño,
valientes en la misión,
humildes en el servicio
y alegres en la esperanza.

Que la visita del Papa León a nuestra Diócesis de Canarias
no sea solo un acontecimiento que recordemos,
sino una gracia que nos convierta.

Que al mirar al cielo
no olvidemos la tierra.
Y que al tocar las heridas de la tierra
no olvidemos que Tú sigues soplando vida nueva.

Ven, Espíritu Santo.
Haz realidad en nosotros el proyecto de Jesús.
Haznos artesanos del Reino.
Haznos testigos de lo bueno,
de lo santo,
de lo que agrada a Dios.

Amén.

Y tú, que lees estas líneas ¿qué dices de todo esto?¿Cuáles son tus sueños? Deja tu comentario. Me alegrará lo compartas...

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Un saludo.
Julio Roldán