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domingo, 31 de mayo de 2026

Homilía Misa por la Sanación de los Enfermos - Solemnidad Santísima Trinidad - domingo 31 mayo 2026

 

Carta de Dios Trinidad

A ti, que vienes a la misa por la sanación de los enfermos

Hijo mío, hija mía:

Hoy vienes con nombres concretos en el corazón.
Quizá vienes por ti.
Quizá vienes por un familiar, por un amigo, por alguien que sufre en silencio, por quien está en una cama de hospital, por quien espera un diagnóstico, por quien ya no tiene fuerzas, por quien necesita sanación en el cuerpo, en el alma o en lo más hondo de su historia.

Yo conozco esos nombres.
Yo conozco esas heridas.
Yo conozco esas lágrimas que a veces nadie ve.

Yo soy el Padre,
y te miro con ternura.

No eres un número para mí.
No eres un caso difícil.
No eres simplemente un cuerpo enfermo.
Eres mi hijo.
Eres mi hija.
Te llevo grabado en mi corazón.

Antes de que pidieras ayuda, yo ya te estaba sosteniendo.
Antes de que pronunciaras una oración, yo ya conocía tu necesidad.

No pienses que tu enfermedad te hace menos valioso.
No pienses que tu fragilidad te aleja de mí.
Precisamente ahí, donde te sientes débil, yo quiero abrazarte con más fuerza.

Yo soy el Hijo, Jesucristo,
el que caminó entre los enfermos,
el que tocó a los leprosos,
el que levantó a los paralíticos,
el que devolvió la vista a los ciegos,
el que lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.

También hoy paso junto a ti.
No paso de largo.
Me detengo ante tu herida.
Me acerco a tu miedo.
Escucho tu súplica.

Quizá esperas una curación inmediata, visible, completa.
Pídela con confianza.
No tengas miedo de pedir.

Pero abre también el corazón a una sanación más profunda:
la paz que vence al miedo,
la fe que sostiene en la noche,
el perdón que libera,
la esperanza que vuelve a encenderse,
la fuerza para seguir adelante un día más.

Yo no siempre quito de golpe la cruz,
pero nunca dejo solo a quien la lleva conmigo.

Yo soy el Espíritu Santo,
el Consolador,
el Aliento de Dios,
la fuerza escondida en tu debilidad.

Cuando no sabes qué decir, yo oro dentro de ti.
Cuando el cansancio pesa demasiado, yo te sostengo.
Cuando la tristeza te cierra la garganta, yo pongo en tu interior una luz pequeña, humilde, pero real.

No desprecies esa luz.
A veces la sanación empieza así:
con una paz que no se explica,
con una lágrima que limpia,
con una reconciliación pendiente,
con una palabra recibida a tiempo,
con una mano que acompaña,
con la certeza interior de no estar abandonado.

Hijo mío, hija mía:
hoy no vienes a una misa mágica.
Vienes al encuentro con un Amor vivo.

Vienes a la Eucaristía,
donde mi Hijo se entrega por ti.

Vienes al lugar donde tu dolor puede unirse al amor de Cristo
y dejar de ser un sufrimiento vivido en soledad.

Trae al altar tu enfermedad.
Trae tu miedo.
Trae tus preguntas.
Trae también tu rabia, tu cansancio, tu impaciencia y tu esperanza pequeña.

No te pido que vengas fuerte.
Te pido que vengas confiado.

No te pido que lo entiendas todo.
Te pido que me dejes entrar.

A ti, que estás enfermo, te digo:

No eres una carga.
Eres un tesoro.

Tu vida tiene dignidad siempre.
Tu oración, incluso cuando parece pobre, sostiene a muchos.
Tu sufrimiento, unido a Cristo, puede convertirse en ofrenda de amor.

A ti, familiar o cuidador, también te digo:

No te canses de amar,
pero no te creas obligado a ser invencible.

También tú necesitas descanso, consuelo y ayuda.
Yo veo tu desvelo, tus noches sin dormir, tu preocupación y tu fidelidad escondida.

Y a ustedes, comunidad cristiana, les digo:

No dejen solos a los enfermos.
Visiten.
Escuchen.
Acompañen.
Llamen.
Recen.
Lleven la comunión.
Ofrezcan tiempo.

Una Iglesia que olvida a sus enfermos
se olvida del corazón de Cristo.

Y a ti, que hoy estás aquí, te digo:

Pide la sanación física con fe.
Acoge los cuidados médicos con responsabilidad.
Busca también la sanación espiritual con humildad.
Deja que el perdón cure heridas antiguas.
Permite que la esperanza vuelva a respirar.

Hoy, en esta misa, quiero tocarte.
Quizá toque tu cuerpo.
Quizá toque tu corazón.
Quizá toque tu historia.
Quizá toque tu familia.
Quizá toque esa zona secreta donde más necesitas ser sanado.

No tengas miedo.
Estoy aquí.

El Padre te abraza.
El Hijo camina contigo.
El Espíritu Santo te consuela.

Y juntos te decimos:

No estás solo.
No estás olvidado.
No eres tu enfermedad.
Eres hijo amado.
Eres hija amada.
Y mi amor puede sanar incluso aquello que tú ya dabas por perdido.

Con amor eterno,

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

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Julio Roldán