La visita del Papa a una tierra, a una diócesis, a un pueblo concreto, no es solo un acontecimiento externo, multitudinario o emotivo. Es también una hora de gracia, una oportunidad espiritual, una llamada de Dios a renovar la fe, despertar la esperanza y avivar la misión de la Iglesia. Y toda gracia importante pide también una respuesta generosa.
Por eso tiene un gran valor espiritual ofrecer lo costoso —en tiempo, esfuerzo, dinero, incomodidad, sacrificio, renuncias, cansancio, oración perseverante o pequeños sufrimientos— por los frutos de esta visita. Lo costoso, cuando se ofrece con amor, deja de ser una simple carga y se convierte en una ofrenda fecunda.
1. Amar de verdad cuesta
Todo amor auténtico implica entrega. Lo vemos en la vida cotidiana: cuesta cuidar, escuchar, esperar, servir, perdonar, desplazarse, madrugar, organizarse, renunciar a otras cosas, salir de uno mismo. También en la vida de fe sucede igual. Si la visita del Papa nos importa de verdad, es lógico que queramos poner algo de nosotros mismos para que dé fruto.
Lo que no cuesta nada, muchas veces apenas deja huella. En cambio, lo que ofrecemos con sacrificio, unido al amor, tiene una fuerza interior enorme. Dios no mira solo la cantidad de lo que hacemos, sino el amor con que lo ofrecemos.
2. Ofrecer lo costoso es participar en la cruz fecunda de Cristo
El cristiano sabe que el sacrificio no tiene valor por sí mismo, como si el dolor fuera un fin. Su valor nace cuando se une a Cristo. Jesús ha salvado al mundo no desde la comodidad, sino desde la entrega total. Por eso, cuando un creyente ofrece algo que le cuesta —un cansancio, una espera, una renuncia, una limosna, un viaje incómodo, una dificultad asumida con paz— está entrando humildemente en la lógica del Evangelio: dar para que otros reciban vida.
Ofrecer lo costoso por los frutos espirituales de la visita del Papa es decirle al Señor:
“Quiero colaborar contigo.
Quiero que esta visita no sea superficial.
Quiero que toque corazones.
Quiero poner mi pequeña parte para que otros reciban gracia.”
3. El sacrificio ofrecido ensancha el corazón
A veces pensamos que el sacrificio solo “pierde” algo. Pero en realidad, cuando se vive con sentido, ensancha el alma. Nos saca de la comodidad, del egoísmo, de la fe tibia y del cálculo. Nos hace más libres interiormente. Nos enseña a amar más de verdad.
Ofrecer lo costoso por esta intención puede purificar nuestra motivación. Ya no vamos solo porque “me apetece” o “me emociona”, sino porque quiero que Dios actúe en la Iglesia en Canarias; quiero que haya conversiones, reconciliaciones, vocaciones, esperanza, comunión y renovación misionera.
4. Lo costoso ofrecido puede ser muy concreto
No se trata solo de grandes sacrificios. Muchas veces lo más valioso está en lo sencillo y escondido:
madrugar para acudir con buen espíritu;
soportar colas o esperas sin quejarse;
renunciar a comodidad o descanso;
ofrecer un ayuno o una pequeña privación;
dedicar más tiempo a la oración;
rezar un rosario o una hora de adoración por esta intención;
ayudar económicamente aunque suponga un esfuerzo;
acompañar a alguien mayor o indeciso;
callar una queja y transformarla en ofrecimiento;
soportar el calor, el cansancio o la incomodidad con paz;
renunciar a un plan personal por participar o servir;
ofrecer una enfermedad, una limitación o un dolor interior.
Todo eso, vivido con amor, tiene un gran valor ante Dios. Son pequeñas semillas escondidas que pueden dar frutos muy grandes.
5. Los frutos que se pueden pedir
Cuando ofrecemos algo costoso, no lo hacemos en vacío. Lo hacemos pidiendo frutos concretos:
que muchas personas se acerquen a Dios;
que los alejados vuelvan a mirar la fe con esperanza;
que los jóvenes se abran a la llamada del Señor;
que haya vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano;
que la Iglesia en Canarias crezca en comunión;
que las parroquias sean más acogedoras y misioneras;
que aumente el amor a la Eucaristía;
que los enfermos, pobres y migrantes sean más tenidos en cuenta;
que esta visita deje una huella duradera y no solo un recuerdo emotivo.

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Julio Roldán