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domingo, 17 de mayo de 2026

Alza la mirada: la Ascensión que nos pone en camino


 

    Hay días en los que la fe nos invita a levantar la cabeza. No para huir de la tierra, sino para mirarla de otra manera. No para olvidarnos de los problemas, sino para descubrir que no caminamos solos. La solemnidad de la Ascensión del Señor es uno de esos días: Jesús sube al cielo, pero no se desentiende de nosotros; vuelve al Padre, pero nos deja una misión; desaparece de la vista, pero se queda más cerca que nunca en la vida de su Iglesia.

    La Ascensión no es una despedida fría. Es como cuando alguien querido se aleja físicamente, pero deja encendida una lámpara dentro de la casa. Cristo asciende, sí, pero no apaga su presencia. La transforma. Ya no está limitado a un lugar concreto. Ahora puede estar en cada Eucaristía, en cada sagrario, en cada corazón que lo busca, en cada comunidad que se reúne, en cada pobre que espera, en cada enfermo que necesita consuelo, en cada persona que todavía no sabe que es amada por Dios.

    Por eso, en este tiempo que vivimos como Iglesia en Canarias, resuena con una fuerza especial el himno “Alza la mirada”. No estamos hechos para mirar siempre al suelo. No hemos nacido para vivir encorvados por el miedo, la rutina, el cansancio o la indiferencia. Hemos sido creados para mirar al cielo, pero con los pies bien puestos en la tierra. Mirar al cielo no es escapar: es encontrar orientación. Como el caminante que, en medio de la noche, busca una estrella para no perder el rumbo.

    Las lecturas de este día te lo recuerdan con claridad. En los Hechos de los Apóstoles, los discípulos se quedan mirando al cielo mientras Jesús asciende. Y reciben una pregunta que también hoy nos toca por dentro: “¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo?” No es una llamada a dejar de mirar a Cristo, sino a mirarlo bien. Porque quien mira de verdad a Cristo no se queda inmóvil. Quien alza la mirada hacia Él, termina bajando los ojos hacia los hermanos. Quien contempla al Señor, acaba saliendo al camino.

    El Evangelio nos entrega el corazón de esta fiesta: “Vayan y hagan discípulos”. La Ascensión no termina en nostalgia, sino en envío. Jesús no dice: “Quédense recordando lo que pasó”. Dice: “Vayan”. La fe no puede quedarse encerrada en la memoria, ni reducida a una costumbre privada. La fe se hace misión, palabra, gesto, cercanía, valentía, testimonio.

    Y aquí la Capilla de Adoración tiene una misión preciosa. Cada persona que entra en la Capilla, cada adorador que se arrodilla ante Jesús Sacramentado, cada silencio ofrecido, cada hora de adoración, es como una pequeña lámpara encendida en medio de la ciudad. Ante la custodia aprendemos a alzar la mirada. Pero no para quedarnos cómodamente refugiados. La adoración verdadera nos ensancha el corazón y nos pregunta:
¿A quién vas a anunciar lo que has visto?
¿A quién vas a llevar la paz que has recibido?
¿A quién vas a acercar a Jesús?

    La Eucaristía no nos separa del mundo: nos devuelve al mundo con otro corazón. El adorador no es alguien que huye de la vida. Es alguien que deja que Cristo le enseñe a mirar la vida con más hondura, con más compasión, con más esperanza.

    Dentro de tres semanas, nuestra Diócesis de Canarias vivirá un momento de gracia con la llegada del Papa. No puede ser solo un acontecimiento externo, una noticia, una imagen bonita o una emoción pasajera. Tiene que ser una llamada. Una sacudida suave pero firme. Una ocasión para preguntarnos:
¿Estamos viviendo como discípulos enviados?
¿Nuestra fe contagia esperanza?
¿Nuestras parroquias, comunidades y capillas son puertas abiertas o salas cerradas?
¿Nos conformamos con conservar, o queremos evangelizar?

    La visita del Papa no debería encontrarnos como espectadores, sino como creyentes despiertos. No como quienes miran desde lejos, sino como quienes se sienten parte viva de la misión de la Iglesia. Porque el Papa viene a confirmarnos en la fe, pero también a recordarnos que la fe que no se comparte se debilita, y que una Iglesia que no sale termina apagándose por dentro.

    “Alza la mirada” no es solo un lema bonito. Es una invitación espiritual. Alza la mirada cuando te pese la rutina. Alza la mirada cuando creas que ya no merece la pena intentarlo. Alza la mirada cuando te acostumbres a una fe tibia. Alza la mirada cuando te tiente la comodidad. Alza la mirada hacia Jesús, clavado en la cruz, vivo en la Eucaristía, glorioso junto al Padre, presente en su Iglesia.

    Pero después de alzar la mirada, da un paso.

    Un paso hacia la Capilla.
    Un paso hacia el hermano.
    Un paso hacia quien se ha alejado.
    Un paso hacia quien necesita una palabra de fe.
    Un paso hacia la evangelización.

    La Ascensión nos dice que Cristo no se ha ido para dejarnos solos. Se ha elevado para abrirnos camino. Y desde el cielo nos confía la tierra. Nos confía Canarias. Nos confía la ciudad. Nos confía la familia, la parroquia, el hospital, el barrio, la persona que tenemos al lado.

    Por eso hoy, desde la Capilla de Adoración, podemos escuchar una llamada sencilla y profunda:

    Alza la mirada. Mira a Jesús. Adóralo. Déjate enviar. Y anuncia con tu vida que Cristo está vivo.

Oración

Señor Jesús,
que asciendes al cielo sin abandonar nuestra historia,
enséñanos a alzar la mirada hacia Ti
cuando el cansancio, la rutina o el miedo
nos hagan vivir mirando al suelo.

Haz de nuestra Capilla de Adoración
un faro encendido en medio de la ciudad,
un lugar donde muchos corazones
descubran tu presencia viva en la Eucaristía.

Prepara a nuestra Diócesis de Canarias
para acoger con fe la visita del Papa.
Que no sea solo un acontecimiento exterior,
sino una llamada a despertar,
a evangelizar,
a salir al encuentro de quienes más necesitan esperanza.

Señor,
que al contemplarte en el Pan consagrado
aprendamos a reconocerte en cada hermano.
Que al adorarte en silencio
recibamos la fuerza para anunciarte con valentía.

Alza nuestra mirada, Señor.
Enciende nuestro corazón.
Pon nuestros pies en camino.
Y haznos testigos alegres de tu Resurrección.

Amén.

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Julio Roldán