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miércoles, 25 de marzo de 2026

Acción de gracias en mi 36 aniversario sacerdotal

 

Señor,

hoy, en la solemnidad de la Anunciación, me pongo ante Ti con el corazón en silencio… y desbordado. Han pasado 36 años desde aquel día en que pronunciaste mi nombre y me llamaste a ser sacerdote. Y, al mirar a María, al escuchar su “hágase en mí según tu palabra”, siento que toda mi vida cabe ahí: en ese “sí” tembloroso, confiado, sostenido por tu gracia.

Nada ha sido mío.
Todo ha sido tuyo.

Gracias, Señor, por haberme mirado cuando yo no sabía ni responder. Gracias por haber confiado en mi fragilidad. Gracias por haber permanecido fiel cuando yo no siempre lo he sido del todo. Gracias por cada paso, por cada caída levantada, por cada herida transformada en lugar de encuentro contigo.

Gracias por el don inmenso del sacerdocio: por cada Eucaristía celebrada, donde tu Corazón sigue latiendo por nosotros; por cada perdón regalado; por cada mirada acompañada en el hospital, donde el sufrimiento se convierte en misterio sagrado; por cada vida tocada en los Cursillos, donde muchos descubren que Tú sigues llamando; por la Capilla de Adoración, ese oasis donde Tú esperas en silencio… y donde tantas almas han vuelto a respirar.

Pero hoy, Señor, no quiero quedarme solo en mi historia.

A ti, que estás leyendo estas palabras, te hablo desde lo más hondo:

Dios también te está mirando.
Dios también te está llamando.
Dios también espera algo de ti.

La Anunciación no es pasado. Está sucediendo ahora.

Hay un “sí” que solo tú puedes dar.

Quizá tienes miedo.
Quizá dudas.
Quizá sientes que no estás preparado.

María tampoco lo tenía todo claro. Pero confió.

Y ese “sí” cambió la historia.

No esperes a sentirte perfecto. No esperes a tenerlo todo resuelto. Dale a Dios lo que tienes: tu vida tal como está. Él sabrá hacer el resto.

Atrévete.
Escucha.
Confía.
Responde.

Y déjame pedirte algo con fuerza y con cariño: acércate a tus sacerdotes. No los mires desde lejos. No los juzgues sin conocer su lucha. Camina con ellos. Sosténlos. Reza por ellos.

Porque un sacerdote no se sostiene solo.

Un sacerdote necesita un pueblo que lo quiera, que lo comprenda, que lo levante cuando le falten fuerzas.

Cuando un sacerdote se siente acompañado, ama más.
Cuando un sacerdote es sostenido, sirve mejor.
Cuando un sacerdote es querido, se entrega sin medida.

Y la Iglesia entera florece.

Señor, hoy renuevo mi “sí”.
No desde la fuerza, sino desde la confianza.
No desde la seguridad, sino desde el abandono.

Hazme disponible.
Hazme sencillo.
Hazme fiel.

Y que, como María, mi vida entera —con todo lo que soy y todo lo que no soy— sea un espacio donde tu Palabra se haga carne.

Amén. ¡Gracias, Señor!

Desayunos en Cuaresma - MiÉRCOLES 25 marzo - Anunciación del Señor


 

La Anunciación irrumpe en medio de la Cuaresma como una luz discreta pero decisiva. No es un paréntesis: es una clave. Dios no salva desde fuera, sino pidiendo permiso. Y una joven de Nazaret responde con un “sí” que abre la historia.

El “sí” de María no fue cómodo ni claro del todo; fue confiado. En plena Cuaresma, cuando revisamos vida, pecados, resistencias, su respuesta nos desnuda: muchas veces creemos en Dios, pero negociamos su voluntad. María, en cambio, se entrega sin condiciones. Su “hágase” no es resignación, es disponibilidad activa: deja espacio a Dios para que Él haga lo que nosotros no podemos.

Ese mismo misterio lo celebramos y actualizamos en la Eucaristía. Cada altar es una Anunciación: el Espíritu Santo desciende, la Palabra se hace carne sacramentalmente, y Cristo vuelve a decir “sí” al Padre por nosotros. Pero no basta asistir: estamos llamados a unir nuestro “sí” al suyo. Comulgar es decir: “Señor, entra en mi vida y haz en mí tu obra, aunque me descoloque”. Sin ese “sí”, la Eucaristía se queda en rito; con él, se convierte en transformación.

Para los laicos, este tiempo es llamada a la renovación bautismal. El bautismo fue el primer “sí”, muchas veces inconsciente. Cuaresma invita a hacerlo consciente: renunciar de verdad al pecado, elegir a Cristo en lo concreto, en la familia, en el trabajo, en las decisiones pequeñas de cada día. No un cristianismo de costumbre, sino de elección.

Y para los ministros ordenados, la Anunciación es espejo exigente. También el sacerdote ha sido llamado a encarnar a Cristo para los demás. Su “sí” no es solo del pasado (ordenación), sino de cada jornada: en la entrega pastoral, en la fidelidad escondida, en la oración cuando cuesta, en la Eucaristía celebrada con fe viva. Un sacerdote sin “sí” renovado se vacía; con él, se convierte en espacio donde Dios sigue entrando en el mundo.

Hoy, en mitad de la Cuaresma, la pregunta es directa y sin rodeos:
¿Dónde necesita Dios hoy tu “sí” concreto?

Pide conmigo la gracia de un “sí” como el de María: humilde, total, confiado.
Porque cuando alguien como tú dice “sí”, Dios hace maravillas.

martes, 24 de marzo de 2026

Desayunos en Cuaresma - MARTES 5ª SEMANA Jn 8,21-30 (Buscar de verdad)

  


Jesús habla de ir al Padre, y muchos no entienden.
A veces no entendemos porque no queremos mirar hacia dentro.
Es más fácil distraerse que escuchar la verdad.
Jesús te muestra que sin Él puedes perder el rumbo.
Como un coche sin GPS en una ciudad desconocida: das vueltas y te agotas.
El Evangelio no es para complicarte la cabeza, es para orientar la vida.
Jesús no viene a imponerse: viene a salvarte de tus laberintos.
Hay decisiones que parecen pequeñas, pero te cambian el camino.
Cuaresma es revisar tu dirección: ¿hacia dónde estoy yendo realmente?
Hoy no te castigues por haberte equivocado.
Solo haz lo importante: vuelve a mirar a Jesús.
Y dile: “Señor, guíame. Enséñame a elegir lo que me da vida”.

Atrévete a compartir tu oración en comentarios... 

lunes, 23 de marzo de 2026

Desayunos en Cuaresma - LUNES 5ª SEMANA - Jn 8,1-11 (La mujer sorprendida)

   


Traen a una mujer y la colocan en medio.
La convierten en espectáculo, en acusación, en “caso”.
Eso hace el pecado: te deja expuesto y sin aire.
Y eso hace mucha gente: señalar para sentirse superior.
 

Jesús no grita, no humilla, no se suma al linchamiento.
Se inclina y escribe en el suelo: como bajando el volumen del odio.
Luego dice una frase que desarma: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
Uno a uno se van, porque la verdad desnuda sin destruir.
 

Jesús se queda con ella: no para justificar el mal, sino para abrir futuro.
“No te condeno. Vete y no peques más”.
La misericordia de Dios no es permiso para seguir igual: es fuerza para cambiar.
Hoy deja caer alguna piedra: la de juzgar, la de la culpa, la del orgullo. ¿Cuál dejas?