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lunes, 22 de diciembre de 2025

Homilía Misa de la Luz - Lunes 22 diciembre 2025 - 6 mañana - Parroquia Santo Domingo

 







 Inicio
 Pensar en que hoy alguien aquí entre nosotros viene a misa para pedir que le toque el premio gordo de la Lotería, nos haría sonreir…
Sin embargo, estas misas de la luz son como una lámpara en la mano que te dicen: “No esperes solo un golpe de suerte: deja que Dios te regale lo que de verdad cambia la vida.”

 “Cuando el mejor premio se comparte”
 Hay un lema de estas fechas de sorteos que dice: “cuando el mejor premio se comparte”. Pues bien, hoy ponemos nombre a este dicho, cuando el mejor premio se comparte.

 La historia de Ana
 El primer nombre es Ana, cuando el mejor premio se comparte. Hemos escuchado su preciosa historia en la primera lectura.
 Ana recibe a Samuel como don de Dios y los entrega al Señor, no se lo queda como propiedad o algo suyo sino que lo convierte en ofrenda.
Aquí tenemos ya una primera idea en esta misa de la luz: la luz no se enciende para mirarla, sino para ponerla al servicio.
 Fíjate que hoy te encontrarás con gente que sueña con que le toque “el Gordo”. Sin embargo, Ana, madre de Samuel, nos enseña otro camino: el gran regalo se vuelve grande cuando se entrega.

 María, la “otra lotería de Dios”
 El segundo nombre que nos recuerda que el mejor premio se comparte es María. Nos muestra ella que la lotería de Dios tiene otro criterio. 
 Hoy en el Evangelio, escuchamos el Magnificat. María canta algo muy importante: Dios mira la humildad, derriba a los poderosos, levanta a los pequeños, llena de bienes a los hambrientos.
 Fíjate: esta es la “suerte” del Reino. No va de azar, va de misericordia. No premia al que acapara, sino al que confía y al que comparte.

 ¿Y tú, qué puedes hacer?
 Si hoy muchos miran un número con esperanza, nosotros miramos una luz con esperanza.
 Te propongo vivirlo así.
 ¿Te imaginas poder ayudar en estos días con un gesto concreto con Haití? Con tu ayuda, gracias a ti, mejoraremos la ganadería y agricultura. Es decir, alimentar a una población de dos millones de personas que muere de hambre, especialmente niños y adultos, para que puedan comer carne, beber su taza de leche, comer verdura…Mejorar atención sanitaria con clínicas móviles… 
 Para ello, está la colecta de cada eucaristía y también algo más práctico, un Bizum con el número 38068, te repito 38068. El número del gordo es éste 38068, el mejor premio se comparte. 
 La alegría de compartir es contagiosa, no te la da nada ni nadie. Es la alegría de saber que Cristo nace en medio de los niños que pasan hambre…Y recuerda aquellas palabras de Jesús: “cuanto hiciste con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hiciste”.

 Conclusión
Hoy hemos madrugado para venir a esta misa de la luz, y con ello viene en el mismo Pack la alegría de sentir al Señor ya cerca como Luz que alumbra y da calor…Celebrar la eucaristía es lo mejor que nos puede pasar, el momento más importante es por supuesto el domingo, ayer comenzábamos esta cuarta semana de adviento recién estrenada. 
 En esta Eucaristía participamos un grupo numeroso de la Capilla de Adoración, nos sentimos afortunados adorando al Señor, Él es nuestro gran tesoro, el gran premio.
 Por cierto, si hoy a alguien le toca algún premio que no sea solo su premio, sino una oportunidad para hacer el bien. Recordarte que aunque no toque nada, siempre puedes repartir: tiempo, paciencia, comprensión, misericordia, paz, cercanía, esperanza…
    Te invito a que tomes tu propia vela encendida, y di conmigo, juntos: 
     “Hazme tu premio para los demás: 
    que donde falte alegría, yo la acerque; 
    donde falte pan, yo comparta; 
    donde falte esperanza, yo encienda una llama. 
    El mejor premio se comparte”.




domingo, 21 de diciembre de 2025

Oración cuarta semana de Adviento


 

 

En este cuarto domingo de Adviento,

cuando la Navidad se acerca y aquí dentro el tiempo se vive distinto,
ven a visitarnos como Emmanuel, Dios-con-nosotros.

Entra en las vidas donde hay miedo,
en los lugares donde se reza en silencio,
allí donde el cansancio pesa,
en las noches donde la mente no descansa
y el corazón se llena de preguntas.


Purifica nuestras manos,
para que sean manos que cuidan y no exigen,
que acarician y no aprietan,
que ayudan y no juzgan.

Purifica nuestro corazón,
para que no se endurezca por el dolor,
para que no se encierre por la angustia,
para que no se rinda por el cansancio.

Danos la fe de José:
la fe que no hace ruido,
la fe que no entiende todo,
pero se levanta y hace el bien,
la fe que protege la vida frágil,
la fe que acompaña sin escapar.

Bendice, Señor, a los enfermos:
dales consuelo, alivio, fortaleza y paz.
Bendice a sus familias:
que encuentren palabras, paciencia y esperanza.
Bendice al personal sanitario:
que no pierda la humanidad,
que tenga descanso, lucidez y ánimo.
Bendice a quienes están solos:
que sientan una presencia, una llamada, una mano amiga.

Y si hoy no entendemos,
si hoy no podemos más,
si hoy solo nos sale llorar o callar…
quédate igualmente.
Porque tu mejor “señal”
no es que todo sea fácil,
sino que Tú no te vas.

Señor, ¿qué parte de mí sigue resistiéndose a confiar?
¿Qué “sí” pequeño me estás pidiendo hoy:
aceptar ayuda, perdonar, agradecer, pedir perdón, descansar, orar?

Aquí estamos.
Haz nacer tu vida en medio de la nuestra,
y danos una esperanza que no sea ingenua,
sino fuerte:
la esperanza de saber que, pase lo que pase,
Tú estás con nosotros.

Amén.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Oración en el domingo de la alegría ( Tercero de Adviento)


 

Señor mío, mi Dios:

Aquí estoy. Tú sabes mis desiertos, mis cansancios, mis miedos, mis preguntas. Tú sabes que a veces me cuesta creer que ya estás cerca.

Perdóname cuando te busco solo en lo grande y no te reconozco en lo pequeño.
Perdóname cuando quiero que vengas rápido, fuerte, espectacular,
y me impaciento con tu modo humilde de llegar,
como semilla, como brisa, como pan, como cuidado silencioso.

Hoy te repito la pregunta de Juan, pero ya no como desafío, sino como súplica:
¿Eres tú, Señor?
Y mientras lo pregunto, algo en mí empieza a responder…
porque me doy cuenta de que sí:
has estado en esa fuerza inesperada,
en esa paz que llegó sin avisar,
en esa persona que me sostuvo,
en esa luz pequeña que no se apagó.

Señor, dame ojos para ver tus señales.
Que no se me escape tu paso por mi vida.
Abre mis oídos para escuchar tu Palabra cuando todo dentro hace ruido.
Endereza mis rodillas vacilantes.
Sostén mis manos caídas.
Y si el miedo vuelve —porque vuelve— recuérdame tu promesa:
“No temas: yo estoy contigo.”

Enséñame tu paciencia, la del sembrador.
Yo quiero fruto inmediato, pero tú me enseñas a cuidar el proceso.
Dame un corazón que riegue el bien sin cansarse,
que no se seque en la queja,
que no se endurezca en el juicio,
que no se vuelva frío por protección.

Hazme vivir este Gaudete como tú lo sueñas:
no con una alegría de escaparate,
sino con una alegría con raíces,
la alegría de saber que, aunque falte, tú ya vienes,
y aunque duela, tú ya estás.

Y sí, Señor: acepto lo que me pides.
Quiero ser señal tuya esta semana.
Hazme cercano al que está triste,
paciente con el que se equivoca,
tierno con el frágil,
valiente para pedir perdón y para perdonar.
Que mi presencia no pese, que alivie.
Que mi palabra no hiera, que cure.
Que mis manos no se cierren, que se abran.

Cuando me visite la duda, no me sueltes.
Cuando me falte la alegría, enciéndela tú.
Cuando mi corazón se apague, sopla tú tu Espíritu.

Ven, Señor Jesús.
Y mientras vienes, quédate.
Haz florecer mi desierto.
Haz de mi vida un camino donde otros puedan volver a creer.

Amén.