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domingo, 11 de octubre de 2026

Un regalo para ti : Homilía 24 aniversario Capilla de Adoración


 

     Hoy no celebramos simplemente que han pasado 24 años. Celebramos algo mucho más profundo: 24 años de presencia, de fidelidad, de silencios, de lágrimas, de súplicas, de agradecimientos, de personas que han entrado aquí cargadas y han salido un poco más consoladas; 24 años en los que Jesús Eucaristía ha seguido esperando, acogiendo y transformando vidas.
    Y resulta providencial que la Palabra de Dios de este domingo nos hable precisamente de una invitación, un banquete y una fiesta.
Isaías anuncia que el Señor preparará para todos los pueblos un gran banquete y que llegará un día en que Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros. 

    El salmo nos hace responder:
«Habitaré en la casa del Señor por años sin término».
    San Pablo nos recuerda que ha aprendido a vivir en la abundancia y en la necesidad porque hay Alguien que lo sostiene.
    Y Jesús, en el Evangelio, vuelve a hablarnos de un banquete: «Todo está preparado. Vengan a la boda». 
    Quizá estas palabras podrían resumir también la historia de esta Capilla:«Todo está preparado. Ven». 
    Durante veinticuatro años, de una manera u otra, esta Capilla ha repetido esa invitación.Ven.
Si estás alegre, ven.
Si estás cansado, ven.
Si tienes fe, ven.
Si dudas, ven.
Si necesitas dar gracias, ven.
Si no sabes ni siquiera qué decirle a Dios, ven y siéntate delante de Él.
Porque la adoración comienza muchas veces así: simplemente viniendo.
No somos nosotros quienes empezamos buscando a Dios. Antes de que nosotros lleguemos a la Capilla, Él ya nos está esperando.

    Una historia para agradecer.

    Hoy conviene mirar hacia atrás.
    Seguramente, si pudiéramos reunir en este altar todo lo vivido durante estos 24 años,
necesitaríamos un altar inmenso.
    Aquí cabrían nombres, rostros, familias, enfermos, sacerdotes, adoradores, personas que estuvieron durante años y otras que pasaron solamente una vez.
    Aquí cabrían noches difíciles y mañanas luminosas.
Aquí cabrían peticiones que fueron escuchadas como esperábamos y otras cuya respuesta todavía seguimos intentando comprender.
    Aquí cabrían personas que ya están en la casa del Padre.
Y delante de todo eso solamente podemos decir:
Gracias, Señor.
Gracias porque cuando nosotros hemos sido inconstantes, Tú has permanecido fiel.
Gracias porque cuando hemos hablado demasiado, Tú nos has enseñado el silencio.
Gracias porque cuando hemos llegado preocupados por mil cosas, nos has recordado que
solo una es necesaria.
Gracias porque durante 24 años esta pequeña Capilla ha sido como una lámpara encendida
en medio de la ciudad.

Y quizá muchas personas que pasan cada día por estas calles de Vegueta no saben lo que ocurre aquí dentro.
Pero Dios sí lo sabe.
Sabe las horas de oración.
Sabe los nombres pronunciados delante del sagrario.
Sabe las lágrimas que nadie vio.
Sabe las gracias recibidas.
Sabe cuánto bien ha nacido silenciosamente de este lugar.
Porque la fecundidad de la adoración pocas veces hace ruido.

 
Pero el Evangelio de hoy contiene también una advertencia
El rey prepara el banquete, pero algunos invitados empiezan a poner excusas.
Uno tiene sus tierras. Otro, sus negocios. Otros simplemente no quieren ir.
Y esto puede ocurrirnos también a nosotros.
Podemos acostumbrarnos tanto a las cosas de Dios que terminemos perdiendo la capacidad de asombro.
Podemos tener una Capilla de Adoración cerca y no adorar.
Podemos recibir una invitación de Dios y estar siempre demasiado ocupados.
Tenemos trabajo.
Tenemos problemas.
Tenemos teléfono.
Tenemos compromisos.
Tenemos preocupaciones.
Y Dios continúa diciendo: «Todo está preparado. Ven».
Quizá una de las preguntas que este aniversario nos invita a hacernos es muy sencilla:
¿Sigo teniendo hambre de Dios?
Porque una Capilla de Adoración no puede convertirse únicamente en un lugar bonito que conservamos.
Tiene que seguir siendo un fuego.
Un lugar donde alguien pueda descubrir que Dios está vivo.
Un lugar donde una persona rota encuentre consuelo.
Un lugar donde alguien alejado pueda volver a empezar.
Un lugar donde un joven pueda preguntarse por su vocación.
Un lugar donde un enfermo encuentre fuerza.
Un lugar donde una persona sola descubra que no está sola.
 

De la adoración a la misión
Y aquí aparece algo fundamental.
Jesús dice a los servidores:
«Vayan a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos».
Esta frase debería resonar con especial fuerza hoy.
Porque una comunidad adoradora no puede permanecer encerrada.
La adoración verdadera siempre termina enviándonos.
Entramos para estar con Jesús y salimos para reconocer a Jesús.
Entramos para contemplar el pan partido y salimos dispuestos a partir nuestra vida.
Entramos para arrodillarnos ante Cristo y salimos para inclinarnos ante quien sufre.
Por eso el futuro de esta Capilla no consiste solamente en conseguir que haya más personas delante del Santísimo.
El verdadero sueño debería ser todavía mayor:
que haya más personas que, después de estar delante del Santísimo, salgan transformadas.

Personas más pacientes.
Más misericordiosas.
Más disponibles.
Más comprometidas.
Más sensibles al sufrimiento.
Más capaces de escuchar.
Más dispuestas a servir.
Entonces la adoración se convierte verdaderamente en misión.
El Papa León XIV lo expresó durante su viaje a España con una frase particularmente exigente:
«Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano».
 

La Eucaristía nunca nos encierra. Nos envía.
Y eso es especialmente importante en una ciudad donde hay soledad, ancianos que necesitan
compañía, enfermos, familias con dificultades, migrantes, personas heridas interiormente, personas que quizá han perdido incluso la esperanza.
A todos ellos también tenemos que decirles:
«Hay sitio para ti».
Porque en la parábola ocurrió algo precioso: la sala terminó llenándose de personas que probablemente nunca imaginaron que serían invitadas.
Ese es el corazón misionero del Evangelio:
hay sitio en la mesa de Dios.
«El Señor es mi pastor»
Y en medio de todo esto escuchamos hoy uno de los salmos más hermosos de la Biblia:
«El Señor es mi pastor, nada me falta».
Quizá después de 24 años podemos decir algo parecido.
No significa que todo haya sido fácil.
San Pablo dice hoy que conoce la abundancia y conoce también la necesidad. Ha pasado por momentos buenos y momentos difíciles.
Pero termina afirmando algo impresionante:
«Todo lo puedo en aquel que me conforta».
Eso también pertenece a la historia de cualquier comunidad.
Ha habido momentos de entusiasmo y seguramente otros de cansancio.
Momentos con muchas personas y otros quizá más silenciosos.
Proyectos que salieron adelante y otros que no.
Pero aquí estamos.
Y eso nos recuerda algo fundamental:
la Capilla no se sostiene únicamente por nuestras fuerzas.
La sostiene el Señor.

Nosotros somos servidores temporales de una obra que le pertenece a Él. Por eso podemos mirar al futuro sin miedo.
 

Un año hacia las bodas de plata
Hoy comienza también algo muy bonito.
Nos queda aproximadamente un año para celebrar los 25 años.
Las bodas de plata.
Y sería una pena que ese aniversario fuese simplemente una fecha grande en el calendario.
Podemos convertir este año en un verdadero camino espiritual.
Un año para volver a las raíces.
Un año para preguntarnos qué quiere Dios ahora de esta Capilla.
Un año para recuperar personas que quizá estuvieron y se alejaron.
Un año para invitar a otros.
Un año especialmente para acercarnos a quienes nunca han descubierto la adoración.
Un año para que cada adorador pueda preguntarse:
¿A quién puedo acercar yo a Jesús?
Quizá nuestro compromiso podría ser muy sencillo:
cada adorador, un invitado.
Una persona.
No necesitamos organizar grandes campañas.
Simplemente pensar en alguien y decirle:
«Ven conmigo un rato».
Porque así comenzó muchas veces nuestra propia historia de fe: alguien nos invitó.
Los cruces de los caminos
Jesús no dice: esperen a que la gente venga.
Dice:
«Vayan a los cruces de los caminos».
Los cruces de los caminos hoy tienen muchos nombres.
El hospital.
La familia.
El trabajo.
El barrio.
La universidad.
Las redes sociales.
La calle.
Una conversación casual.
Una persona que atraviesa una dificultad.
Ahí está la misión.
Quizá hemos pensado durante demasiado tiempo que evangelizar consiste principalmente
en organizar cosas dentro de la Iglesia.
Jesús hoy nos recuerda:
«Vayan».
Salgan.
Busquen.
Inviten.
Y cuando encuentren a alguien cansado de la vida, díganle:
Hay un lugar donde puedes descansar.
Cuando encuentren a alguien herido:
Hay Alguien que puede escucharte.
Cuando encuentren a alguien que cree que Dios se ha olvidado de él:
Ven. Él te está esperando.
Eso es misión eucarística.
«Habitaré en la casa del Señor»
Hay una frase del salmo que hoy adquiere para nosotros un significado especial:
«Habitaré en la casa del Señor por años sin término».
Veinticuatro años parecen muchos.
Pero delante de Dios son apenas el comienzo.
 

Hoy damos gracias por quienes pusieron las primeras piedras de esta historia.
Damos gracias por quienes sostuvieron horas difíciles.
Damos gracias por quienes permanecen.
Pero también damos gracias anticipadamente por quienes todavía no conocemos.
Por los adoradores que vendrán.
Por los jóvenes que descubrirán aquí a Jesús.
Por las vocaciones que quizá nacerán delante de este sagrario.
Por las reconciliaciones que todavía sucederán.
Por las lágrimas que aquí encontrarán consuelo.
Por todo lo que Dios todavía quiere hacer.
Porque esta celebración no mira solamente hacia atrás.
 

Mira hacia adelante.
24 años de memoria agradecida.
Un año de preparación.
Y todo un futuro abierto a la gracia.
Por eso hoy podríamos terminar diciendo personalmente al Señor:
Gracias por estos 24 años.
Gracias por quienes comenzaron.
Gracias por quienes continuaron.
Gracias por quienes ya están contigo.
Gracias por cada persona que ha rezado aquí.
Gracias por cada silencio.
Gracias por cada Eucaristía.
Gracias por cada hora de adoración.
Y ahora, Señor, no permitas que vivamos solamente de recuerdos.
Haznos misioneros.
Llévanos a los cruces de los caminos.
Pon nombres y rostros en nuestro corazón.
Haz de esta Capilla una casa abierta.
Que quien entre encuentre silencio.
Que quien esté herido encuentre misericordia.
Que quien busque encuentre tu presencia.
Que quien adore salga dispuesto a servir.
Y cuando dentro de un año celebremos nuestras bodas de plata, podamos descubrir que no
solamente ha pasado otro año, sino que hemos dado un paso más hacia Ti y hacia los hermanos.

Porque al final esta Capilla existe para una sola cosa:
para que muchos puedan encontrarse con Jesús.

Y para que después de encontrarse con Él puedan salir a decir a otros lo que hoy vuelve a decirnos el Evangelio:
«Todo está preparado. Ven».
Ese puede ser nuestro agradecimiento por estos 24 años.
Y ese puede ser también nuestro compromiso para el futuro.

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Julio Roldán