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sábado, 15 de agosto de 2026

"Pon eternidad en tu vida" - María en la Asunción

 

Hijo mío, hija mía:

Hoy me contemplas en el cielo, pero yo quiero ayudarte a mirar de otra manera la tierra.

La Iglesia celebra mi Asunción. La tradición oriental habla también de mi Dormición, ese descansar definitivamente en Dios al terminar mi camino terreno. Y la fe católica proclama algo esencial: terminado el curso de mi vida terrena, soy llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

Llevada. No llego hasta Dios por mis propias fuerzas. Todo es gracia.

Mi Asunción es fruto de la Pascua de Jesús. Él es quien vence a la muerte. Él resucita. Él abre el camino. En mí puedes contemplar anticipadamente aquello que Dios quiere realizar también en ti.

Por eso mi fiesta no habla solamente de mi destino.

Habla del tuyo.

San Pablo te lo recuerda hoy:

«Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto»
(cf. 1 Cor 15,20).

Y añade algo extraordinario:

«El último enemigo en ser destruido será la muerte»
(1 Cor 15,26).

Esta es la noticia que quisiera dejar hoy en tu corazón:

la muerte no tiene la última palabra.

Tampoco la tiene el pecado.
Ni tu fracaso.
Ni tu enfermedad.
Ni tus heridas.
Ni aquello que un día salió mal.
Ni siquiera aquello que ya no puedes cambiar.

La última palabra pertenece a Dios.

Y la palabra de Dios sobre ti es Vida.


La eternidad ya ha comenzado

Pero quizá pienses que todo esto se refiere solamente al momento de la muerte.

No.

La eternidad comienza mucho antes.

Comienza cuando Dios entra verdaderamente en tu vida.

Mi cielo comienza en Nazaret, cuando digo:

«Hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1,38).

Comienza cuando acepto que mi vida no me pertenece completamente.

Comienza cuando me pongo en camino hacia la casa de Isabel.

Precisamente ese es el Evangelio que escuchas hoy:

«María se levantó y se puso en camino de prisa»
(cf. Lc 1,39).

Fíjate: la Iglesia celebra mi entrada definitiva en el cielo recordando un camino por la tierra.

Esto contiene una enseñanza preciosa.

No tienes que escapar de tu vida cotidiana para encontrar la eternidad.

Puedes comenzar a vivirla aquí.

Cada vez que amas, hay eternidad.

Cada vez que perdonas, hay eternidad.

Cuando visitas a alguien que está solo, estás anticipando el cielo.

Cuando escuchas pacientemente a quien necesita hablar, estás anticipando el cielo.

Cuando renuncias al resentimiento, estás anticipando el cielo.

Cuando compartes tu pan, tu tiempo o tu cariño, estás anticipando el cielo.

Cuando vuelves a comenzar después de haber caído, estás anticipando el cielo.

Cuando rezas incluso en medio de la oscuridad, estás anticipando el cielo.

Cuando dices a Dios, aun sin comprender:

«Hágase»,

la eternidad entra silenciosamente en tu presente.

No esperes a morir para comenzar a vivir la vida eterna.

Pon eternidad en tus días.


La mujer, el dragón y la victoria de la vida

La primera lectura te presenta una gran señal:

«Una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza»
(cf. Ap 12,1).

Pero junto a la mujer aparece también un enorme dragón.

Hay luz y oscuridad.
Vida y amenaza.
Esperanza y lucha.

Así es también tu existencia.

La Biblia nunca te promete una vida sin dificultades.

Desde el Génesis aparece la lucha entre la serpiente y la mujer (cf. Gn 3,15). Y en el último libro de la Escritura vuelve a aparecer la mujer frente al dragón.

Pero escucha lo importante:

el dragón no consigue detener la vida.

También tú encontrarás tus propios dragones.

El miedo.

El desánimo.

La enfermedad.

La soledad.

El egoísmo.

Las divisiones.

El pecado.

La muerte.

No niegues su existencia, pero tampoco les concedas un poder que no tienen.

Dios es más grande.

La gracia es más fuerte que el pecado.

El perdón es más fuerte que el resentimiento.

La esperanza es más fuerte que el miedo.

Y el amor es más fuerte que la muerte.


Tu cuerpo está llamado a la gloria

Mi Asunción te recuerda además algo profundamente cristiano: soy llevada en cuerpo y alma a la gloria.

Tu cuerpo también importa a Dios.

Ese cuerpo que se cansa.

Ese cuerpo que envejece.

Ese cuerpo que enferma.

Ese cuerpo que lleva cicatrices.

Ese cuerpo que quizá ya no responde como antes.

No estás destinado a convertirte simplemente en un espíritu separado de todo lo humano.

Tú profesas en el Credo:

«Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Dios quiere salvarte entero.

Por eso el cristianismo ama y protege la vida humana.

Por eso importa cuidar al enfermo, acompañar al anciano, defender al débil, abrazar al que sufre, alimentar al hambriento.

Cada persona que encuentras lleva dentro una vocación de eternidad.

Mírala así.

También cuando esté rota.

También cuando resulte difícil.

También cuando el mundo la considere inútil.

Dios la ha creado para la gloria.


Yo también caminé en la oscuridad

No pienses que mi vida estuvo siempre llena de claridad.

Hay Belén, pero también hay Calvario.

Hay ángeles cantando, pero también una espada atravesa mi alma (cf. Lc 2,35).

Tengo a Jesús recién nacido entre mis brazos y permanezco junto a su cruz cuando parece que todo había terminado.

Muchas veces tampoco yo comprendo.

Guardo las cosas en mi corazón (cf. Lc 2,19).

Por eso puedo decirte:

Cuando no comprendas, permanece.

Cuando tengas miedo, confía.

Cuando caigas, levántate.

Cuando alguien sufra y no puedas solucionar su dolor, quédate a su lado.

Cuando tus planes cambien, vuelve a pronunciar:

«Hágase».

Y cuando sientas que tu mejor tiempo queda atrás, recuerda que para Dios nunca eres una historia terminada.

Todavía puede haber gracia.

Todavía puede haber misión.

Todavía puede haber amor.

Todavía puedes poner cielo en la tierra.


«Proclama mi alma la grandeza del Señor»

Y el Evangelio de hoy termina con mi canto:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador»
(Lc 1,46-47).

Mi Magnificat no nace porque todo es fácil.

Nace porque descubro que Dios está actuando en medio de una historia que yo todavía no comprendo completamente.

Haz tú también de tu vida un Magnificat.

Descubre las pequeñas maravillas de Dios.

Una reconciliación.

Una persona que vuelve.

Una enfermedad llevada con esperanza.

Una conversación que consuela.

Un gesto de ternura.

Una oración sencilla.

Un nuevo comienzo.

La eternidad suele esconderse precisamente ahí.

No siempre llega con acontecimientos extraordinarios.

A veces empieza en una cocina.

En una habitación de hospital.

En una llamada telefónica.

En una visita.

En una lágrima acompañada.

En un «te perdono».

En un «cuenta conmigo».

En un «Señor, confío en ti».


Alza la mirada

Hoy, desde la gloria de Dios, quisiera acercarme especialmente a ti si estás cansado.

Si has sufrido una pérdida.

Si tienes miedo al futuro.

Si notas el paso de los años.

Si llevas dentro alguna herida antigua.

Si algunas veces te preguntas qué sentido ha tenido todo.

Alza la mirada.

No para escapar de la tierra.

Alza la mirada para regresar a ella con una esperanza nueva.

Porque el cielo no te hace despreciar esta vida.

Te enseña a vivirla plenamente.

Vive de tal manera que algo de la eternidad pueda reconocerse ya en ti.

Que donde haya odio, pongas reconciliación.

Donde haya tristeza, cercanía.

Donde haya miedo, confianza.

Donde haya soledad, presencia.

Donde haya pecado, misericordia.

Donde parezca imponerse la muerte, elige siempre la vida.


Plegaria final

María, Madre asunta al cielo,

enséñame a vivir con los pies en la tierra
y el corazón abierto a la eternidad.

Cuando tenga miedo,
recuérdame que Cristo ha resucitado.

Cuando caiga,
hazme creer de nuevo en la fuerza de la gracia.

Cuando me canse,
enséñame a levantarme y ponerme en camino,
como tú camino aprisa hacia Isabel.

Cuando no comprenda,
ayúdame a guardar las cosas en el corazón
y seguir confiando.

Que no espere al final de mi vida
para descubrir el cielo.

Que pueda anticiparlo hoy
amando,
perdonando,
sirviendo,
acompañando,
rezando
y volviendo a comenzar.

Haz de mi vida un pequeño Magnificat:

que mi alma proclame la grandeza del Señor,
que descubra sus maravillas en lo cotidiano
y que nunca olvide
que la muerte no tiene la última palabra.

Porque Cristo vive.

Porque la gracia vence al pecado.

Porque el amor es más fuerte que la muerte.

Y porque también yo
he sido creado para la Vida.

María, Madre de la esperanza,
enséñame a poner eternidad en cada día
y a alzar siempre la mirada hacia Jesús.

Amén.

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Julio Roldán