Hijo mío, hija mía:
Hoy me contemplas en el cielo, pero yo quiero ayudarte a mirar de otra manera la tierra.
La Iglesia celebra mi Asunción. La tradición oriental habla también de mi Dormición, ese descansar definitivamente en Dios al terminar mi camino terreno. Y la fe católica proclama algo esencial: terminado el curso de mi vida terrena, soy llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.
Llevada. No llego hasta Dios por mis propias fuerzas. Todo es gracia.
Mi Asunción es fruto de la Pascua de Jesús. Él es quien vence a la muerte. Él resucita. Él abre el camino. En mí puedes contemplar anticipadamente aquello que Dios quiere realizar también en ti.
Por eso mi fiesta no habla solamente de mi destino.
Habla del tuyo.
San Pablo te lo recuerda hoy:
«Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto»
(cf. 1 Cor 15,20).
Y añade algo extraordinario:
«El último enemigo en ser destruido será la muerte»
(1 Cor 15,26).
Esta es la noticia que quisiera dejar hoy en tu corazón:
la muerte no tiene la última palabra.
Tampoco la tiene el pecado.
Ni tu fracaso.
Ni tu enfermedad.
Ni tus heridas.
Ni aquello que un día salió mal.
Ni siquiera aquello que ya no puedes cambiar.
La última palabra pertenece a Dios.
Y la palabra de Dios sobre ti es Vida.
La eternidad ya ha comenzado
Pero quizá pienses que todo esto se refiere solamente al momento de la muerte.
No.
La eternidad comienza mucho antes.
Comienza cuando Dios entra verdaderamente en tu vida.
Mi cielo comienza en Nazaret, cuando digo:
«Hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1,38).
Comienza cuando acepto que mi vida no me pertenece completamente.
Comienza cuando me pongo en camino hacia la casa de Isabel.
Precisamente ese es el Evangelio que escuchas hoy:
«María se levantó y se puso en camino de prisa»
(cf. Lc 1,39).
Fíjate: la Iglesia celebra mi entrada definitiva en el cielo recordando un camino por la tierra.
Esto contiene una enseñanza preciosa.
No tienes que escapar de tu vida cotidiana para encontrar la eternidad.
Puedes comenzar a vivirla aquí.
Cada vez que amas, hay eternidad.
Cada vez que perdonas, hay eternidad.
Cuando visitas a alguien que está solo, estás anticipando el cielo.
Cuando escuchas pacientemente a quien necesita hablar, estás anticipando el cielo.
Cuando renuncias al resentimiento, estás anticipando el cielo.
Cuando compartes tu pan, tu tiempo o tu cariño, estás anticipando el cielo.
Cuando vuelves a comenzar después de haber caído, estás anticipando el cielo.
Cuando rezas incluso en medio de la oscuridad, estás anticipando el cielo.
Cuando dices a Dios, aun sin comprender:
«Hágase»,
la eternidad entra silenciosamente en tu presente.
No esperes a morir para comenzar a vivir la vida eterna.
Pon eternidad en tus días.
La mujer, el dragón y la victoria de la vida
La primera lectura te presenta una gran señal:
«Una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza»
(cf. Ap 12,1).
Pero junto a la mujer aparece también un enorme dragón.
Hay luz y oscuridad.
Vida y amenaza.
Esperanza y lucha.
Así es también tu existencia.
La Biblia nunca te promete una vida sin dificultades.
Desde el Génesis aparece la lucha entre la serpiente y la mujer (cf. Gn 3,15). Y en el último libro de la Escritura vuelve a aparecer la mujer frente al dragón.
Pero escucha lo importante:
el dragón no consigue detener la vida.
También tú encontrarás tus propios dragones.
El miedo.
El desánimo.
La enfermedad.
La soledad.
El egoísmo.
Las divisiones.
El pecado.
La muerte.
No niegues su existencia, pero tampoco les concedas un poder que no tienen.
Dios es más grande.
La gracia es más fuerte que el pecado.
El perdón es más fuerte que el resentimiento.
La esperanza es más fuerte que el miedo.
Y el amor es más fuerte que la muerte.
Tu cuerpo está llamado a la gloria
Mi Asunción te recuerda además algo profundamente cristiano: soy llevada en cuerpo y alma a la gloria.
Tu cuerpo también importa a Dios.
Ese cuerpo que se cansa.
Ese cuerpo que envejece.
Ese cuerpo que enferma.
Ese cuerpo que lleva cicatrices.
Ese cuerpo que quizá ya no responde como antes.
No estás destinado a convertirte simplemente en un espíritu separado de todo lo humano.
Tú profesas en el Credo:
«Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».
Dios quiere salvarte entero.
Por eso el cristianismo ama y protege la vida humana.
Por eso importa cuidar al enfermo, acompañar al anciano, defender al débil, abrazar al que sufre, alimentar al hambriento.
Cada persona que encuentras lleva dentro una vocación de eternidad.
Mírala así.
También cuando esté rota.
También cuando resulte difícil.
También cuando el mundo la considere inútil.
Dios la ha creado para la gloria.
Yo también caminé en la oscuridad
No pienses que mi vida estuvo siempre llena de claridad.
Hay Belén, pero también hay Calvario.
Hay ángeles cantando, pero también una espada atravesa mi alma (cf. Lc 2,35).
Tengo a Jesús recién nacido entre mis brazos y permanezco junto a su cruz cuando parece que todo había terminado.
Muchas veces tampoco yo comprendo.
Guardo las cosas en mi corazón (cf. Lc 2,19).
Por eso puedo decirte:
Cuando no comprendas, permanece.
Cuando tengas miedo, confía.
Cuando caigas, levántate.
Cuando alguien sufra y no puedas solucionar su dolor, quédate a su lado.
Cuando tus planes cambien, vuelve a pronunciar:
«Hágase».
Y cuando sientas que tu mejor tiempo queda atrás, recuerda que para Dios nunca eres una historia terminada.
Todavía puede haber gracia.
Todavía puede haber misión.
Todavía puede haber amor.
Todavía puedes poner cielo en la tierra.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor»
Y el Evangelio de hoy termina con mi canto:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador»
(Lc 1,46-47).

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Julio Roldán