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jueves, 4 de junio de 2026
Testimonios, de las excusas a la participación
1. “Yo decía que no me gustan las multitudes”
Al principio dije que no iba.
Mi excusa era muy clara: “A mí no me gustan las multitudes. Me agobio. Eso será demasiada gente.” Y la verdad es que sonaba razonable. Cada vez que alguien hablaba de la Misa con el Papa en el Estadio de Gran Canaria, yo respondía lo mismo: “Me alegro por quien vaya, pero eso no es para mí.”
Hasta que un día una persona de mi parroquia me dijo con mucha paz:
“No vas porque te gusten las multitudes. Vas porque quieres estar con Cristo y con su Iglesia.”
Aquella frase se me quedó dentro.
Empecé a pensar en cuántas veces sí he estado en sitios llenos: aeropuertos, procesiones, centros comerciales, fiestas familiares, consultas médicas, incluso algún concierto. Y me di cuenta de algo que no me gustó reconocer: para otras cosas hacía el esfuerzo, pero para una gracia de fe estaba buscando escapatoria.
Entonces me pregunté con sinceridad:
“¿De verdad voy a dejar pasar este momento solo porque no será cómodo?”
Y decidí apuntarme.
No voy porque me apetezcan las aglomeraciones. No voy porque me resulte fácil. Voy porque mi fe necesita también gestos concretos. Voy porque quiero decirle al Señor: “Aquí estoy, con mis límites, con mis miedos, pero aquí estoy.”
Ahora ya estoy apuntada. Y siento una alegría serena. No sé cómo será la tarde, pero sé una cosa: no quiero que la comodidad decida por mí.
2. “Yo decía que lo vería por televisión”
Yo tenía mi argumento preparado:
“Para qué voy a ir, si por televisión se verá mejor.”
Y, en parte, tenía razón. Desde casa se verá sin calor, sin cola, sin espera, sin cansancio. Pero un domingo, en la Misa, escuché una frase que me removió por dentro:
“La fe cristiana no es solo mirar desde lejos; es ponerse en camino.”
Aquello me tocó.
Pensé en tantas cosas importantes que nunca he querido vivir por pantalla: una boda de alguien querido, el nacimiento de un nieto, una visita a un familiar enfermo, una fiesta grande del pueblo, una procesión especial. Hay momentos en los que uno siente que debe estar. No basta con verlo después.
Y entonces lo vi claro: la Misa con el Papa no es un programa para ver. Es una Eucaristía para vivir.
La televisión podrá mostrar imágenes, pero no podrá rezar por mí. No podrá ofrecer mi cansancio. No podrá poner mi cuerpo allí, en medio del Pueblo de Dios, diciendo: “Señor, también yo formo parte de esta Iglesia.”
Me apunté esa misma semana.
No voy buscando emoción barata. Voy porque quiero participar. Porque quiero comulgar en comunión con toda la Iglesia. Porque quiero llevar conmigo a mi familia, mis preocupaciones, mis heridas, mis agradecimientos.
Ahora, cuando alguien me dice: “Yo lo veré por la tele”, yo le respondo con cariño:
“Si de verdad no puedes ir, míralo con fe. Pero si puedes ir, no cambies una gracia viva por una pantalla.”
3. “Yo me estaba dejando llevar por mi familia”
Yo quería ir, pero en mi casa empezaron los comentarios:
“Eso será un lío.” “Habrá demasiada gente.” “No te compliques.” “Mejor nos quedamos tranquilos.”
Y poco a poco me fui apagando. No discutí. Simplemente empecé a decir: “Bueno, quizá no voy.”
Pero por dentro no estaba en paz.
Un día, rezando un rato en silencio, me vino una pregunta muy sencilla:
“¿Por qué dejo que decidan por mi fe personas que no la viven como yo?”
No era una pregunta contra mi familia. Yo los quiero muchísimo. Pero comprendí que quererlos no significa esconder siempre lo que para mí es importante.
Esa noche les dije con calma:
“Yo respeto que ustedes no quieran ir, pero para mí esta Misa tiene mucho valor. Me gustaría estar allí. Yo voy.”
No hubo pelea. Hubo sorpresa. Incluso alguno me dijo: “Bueno, si para ti es importante, ve.”
Y ahí entendí algo: a veces los demás no respetan nuestra fe porque nosotros mismos la presentamos como algo secundario.
Ya estoy apuntada. Y voy a ir con paz. No contra nadie, sino desde lo que soy. Desde mi fe. Desde mi historia. Desde mi deseo de encontrarme con Cristo junto a la Iglesia.
Quizá mi familia no entienda todo. Pero puede que mi decisión les hable más que muchas palabras.
4. “Yo decía que ya soy mayor para esos líos”
Cuando empezaron a hablar de la Misa con el Papa, mi primera reacción fue:
“Eso ya no es para mí. Yo soy mayor. Que vayan los jóvenes.”
Además, escuché a algunas personas decir: “Te vas a cansar”, “habrá que esperar mucho”, “mejor no te metas en eso”. Y casi me convencen.
Pero una tarde, hablando con una amiga de la parroquia, ella me dijo:
“¿Y desde cuándo la fe se jubila?”
Me reí, pero luego me quedé pensando.
He pasado media vida yendo a Misa, rezando por mis hijos, sosteniendo mi parroquia, acompañando enfermos, ayudando cuando he podido. He esperado horas por médicos, trámites, viajes, entierros, bodas y celebraciones familiares. ¿Y ahora iba a decir que no puedo esperar unas horas por una Eucaristía tan especial?
Entonces me dije:
“Iré con prudencia, pero iré. Llevaré lo necesario, buscaré compañía, cuidaré mi salud… pero no dejaré que el miedo decida por mí.”
Ya estoy apuntado.
No voy como quien va a una excursión. Voy como quien lleva una vida entera en las manos. Voy a dar gracias. Voy a pedir por mi familia. Voy a rezar por los enfermos, por los migrantes, por Canarias, por la Iglesia.
Y quiero decirle a otras personas mayores:
No dejes que otros apaguen tu ilusión. Si puedes ir con prudencia, ve. Tu presencia cuenta. Tu oración cuenta. Tu historia de fe cuenta.
5. “Yo decía que no cambiaría nada”
Yo era de los que decían:
“Total, ¿qué va a cambiar por ir?”
No lo decía con mala intención. Simplemente estaba frío. Cansado. Algo desencantado. Seguía creyendo, pero sin demasiada ilusión. Cuando me hablaban de la Misa con el Papa, respondía: “Sí, muy bonito, pero después todo seguirá igual.”
Hasta que leí una frase que me golpeó:
“No sabes lo que Dios puede hacer con una tarde que tú le entregas.”
Me quedé mirándola.
Y pensé en mi vida. En tantas veces que algo pequeño me cambió por dentro: una confesión que no esperaba, una palabra en una homilía, una conversación sencilla, una oración hecha casi sin ganas, una comunión recibida con el alma cansada.
Entonces comprendí que mi problema no era el estadio, ni la espera, ni la multitud. Mi problema era que había dejado de esperar algo de Dios.
Y eso me dolió.
Me apunté no porque esté lleno de fervor, sino porque necesito volver a abrir una puerta. Voy con mi fe pequeña, con mis dudas, con mi cansancio, pero voy.
No sé si esa tarde cambiará todo. Pero sí sé que Dios puede encender algo. Puede tocar una herida. Puede despertar una decisión. Puede recordarme que sigo siendo llamado.
Ahora lo tengo claro:
Prefiero ir y abrir el corazón, que quedarme en casa alimentando excusas.
Porque hay momentos que no se repiten. Y hay gracias que solo se reciben cuando uno se pone en camino.
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Julio Roldán