Señor Jesús,
en la noche santa en que amaste a los tuyos hasta el extremo,
nos dirigimos a Ti con el alma conmovida,
con gratitud profunda y con un santo temblor en el corazón.
Esta noche todo habla de Ti.
Todo nos conduce a tu Amor.
Todo nos introduce en el misterio inmenso de tu entrega.
Te contemplamos en el Cenáculo,
sabiendo que ha llegado tu Hora,
y, sin echarte atrás,
sin huir,
sin reservarte nada,
te quedas con nosotros para siempre.
No quisiste dejarnos solo un recuerdo,
ni una emoción pasajera,
ni unas palabras hermosas para repetir con nostalgia.
Quisiste darnos tu propia Vida,
tu Cuerpo entregado,
tu Sangre derramada,
tu presencia viva en el Pan y en el Vino,
tu Amor hecho sacramento,
tu Sacrificio convertido en alimento,
tu Pascua ofrecida para la salvación del mundo.
Te bendecimos, Señor,
porque en esta noche santa tomaste el pan en tus manos,
levantaste los ojos al Padre,
pronunciaste la bendición,
lo partiste
y lo entregaste a tus discípulos.
Y aquel pan ya no fue solo pan,
sino tu Cuerpo ofrecido por nosotros.
Te bendecimos porque tomaste el Cáliz,
colmado del Vino de la alianza nueva y eterna,
y lo diste a beber como Sangre redentora,
derramada por todos para el perdón de los pecados.
Te bendecimos por la patena que sostiene el Pan de vida,
por el cáliz que recoge la Sangre de la salvación,
por la Sagrada Forma en la que permaneces humilde, silencioso y real,
adorable y cercano,
pequeño a los ojos del mundo,
inmenso para quien cree.
Señor Jesús,
esta noche recordamos la Sangre del Cordero Pascual
puesta en las puertas de las casas de Israel,
signo de liberación,
memorial de una noche decisiva,
paso de la esclavitud a la libertad.
Pero hoy reconocemos que Tú eres la Pascua verdadera,
el Cordero sin mancha,
el que no solo libra de un faraón exterior,
sino del pecado, del miedo, de la muerte y de toda servidumbre interior.
Haz que también nosotros, al celebrar tu Cena,
sepamos que hemos sido rescatados a precio de tu Sangre
y llamados a vivir como pueblo liberado,
como familia reconciliada,
como Iglesia que camina sostenida por tu presencia.
Te adoramos también, Señor,
arrodillado ante tus discípulos.
Tú, el Maestro.
Tú, el Señor.
Tú, el Santo de Dios.
Y, sin embargo,
ahí estás con la palangana preparada,
la jarra con agua en las manos,
la toalla ceñida a la cintura,
acercándote a los pies cansados, polvorientos, frágiles,
pies que han caminado contigo
y pies que pronto huirán de Ti.
En ese gesto santo se revela tu Corazón.
No amas desde arriba.
No salvas desde lejos.
No humillas al hombre recordándole su miseria,
sino que te abajas para lavarlo,
lo tocas con ternura,
lo purificas con paciencia,
lo sirves con una humildad que desarma.
Lava también, Señor, nuestros pies.
Lava nuestras durezas,
nuestros orgullos escondidos,
nuestras resistencias al servicio,
nuestra falsa grandeza,
nuestra comodidad,
nuestra fe sin obras,
nuestra oración sin caridad,
nuestra comunión sin fraternidad.
Lava los pies de tu Iglesia,
para que no se canse de servir.
Lava los pies de nuestras comunidades,
para que destierren rivalidades, juicios, frialdades y distancias.
Lava nuestros pies,
para que aprendamos a inclinarnos ante el dolor del hermano,
a tocar las heridas ajenas con respeto,
a secar lágrimas,
a acompañar cansancios,
a sostener debilidades,
a vivir el mandamiento nuevo con obras y de verdad.
Señor Jesús,
esta noche nos dices de nuevo:
“Hagan esto en memoria mía”.
Y en esas palabras late el misterio del sacerdocio,
don inmenso de tu amor a la Iglesia.
Gracias por quienes, llamados por Ti,
han recibido la gracia de presidir la Eucaristía,
de tomar en sus manos el pan y el vino,
de pronunciar en tu nombre tus mismas palabras,
de partir para el pueblo el Pan vivo bajado del cielo,
de acercar a los hombres el perdón,
la consolación,
la verdad del Evangelio
y la esperanza que no defrauda.
Guarda, Señor, a tus sacerdotes.
Santifícalos en la verdad.
Sostén su fidelidad en la prueba,
su generosidad en el cansancio,
su pureza de intención en el ministerio,
su alegría en la entrega cotidiana.
Que no busquen ser servidos, sino servir.
Que no se anuncien a sí mismos, sino a Ti.
Que no retengan nada para sí,
sino que, unidos a tu oblación,
se conviertan también ellos en pan partido
y en vida derramada por tu pueblo santo.
Te pedimos igualmente por las vocaciones,
para que no falten en tu Iglesia
hombres enamorados de tu persona,
de tu altar,
de tu Evangelio,
de tu pueblo,
de tu cruz y de tu sagrario.
Haz nacer corazones valientes,
libres y disponibles,
capaces de escuchar tu llamada
y responder con un sí entero, alegre y confiado.
Señor Jesús,
no permitas que separemos nunca lo que Tú has unido esta noche:
Eucaristía, Sacerdocio y Amor fraterno.
Que jamás adoremos tu Cuerpo sacramentado
mientras despreciamos tu cuerpo herido en los hermanos.
Que jamás bebamos del Cáliz de tu Sangre
sin estar dispuestos a derramar tiempo, paciencia y ternura por los demás.
Que jamás hablemos del sacerdocio
sin pedir santidad, entrega y espíritu de servicio.
Que jamás contemplemos la Sagrada Forma
sin dejarnos transformar por ella.
Que jamás nos emocionemos con el lavatorio de los pies,
si luego no sabemos arrodillarnos ante las necesidades concretas de quienes viven a nuestro lado.
Haznos, Señor, pueblo eucarístico,
Iglesia arrodillada y servidora,
comunidad de hermanos reconciliados,
mesa abierta,
hogar de caridad,
presencia humilde en medio del mundo.
Que al comer de un mismo Pan
aprendamos a vivir en comunión.
Que al beber del mismo Cáliz
aprendamos a entregarnos.
Que al contemplarte lavando los pies
aprendamos a amar sin medida,
sin cálculo,
sin buscar recompensa.
Y cuando llegue la noche del sufrimiento,
cuando aparezcan la traición, la soledad y la angustia,
cuando el amor sea puesto a prueba,
cuando cueste permanecer fieles,
aviva en nosotros el recuerdo, Señor,de esta noche santa.
Recuérdanos la mesa preparada.
La patena con el Pan de vida.
El cáliz de bendición.
La sangre de la alianza.
La toalla ceñida.
La jarra derramando agua.
La palangana recibiendo el polvo del camino.
Los pies dejándose lavar.
Y tu corazón,
ardiente, limpio, fuerte, obediente,
amando hasta el extremo.
Quédate con nosotros, Señor.
En nuestros sagrarios y en nuestras casas.
En nuestras comunidades y en nuestros hospitales.
En nuestras fatigas y en nuestras esperanzas.
Quédate con nosotros en cada Eucaristía
y enséñanos a reconocer que Tú sigues pasando,
sigues partiendo el Pan,
sigues derramando el Vino nuevo del Reino,
sigues lavando pies,
sigues llamando servidores,
sigues construyendo fraternidad.
A Ti, Jesús,
Sacerdote eterno,
Pan vivo,
Cordero pascual,
Siervo humilde,
Amigo fiel,
sea el honor y la gloria
por los siglos de los siglos.
Amén.

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Julio Roldán