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viernes, 3 de abril de 2026

Adorar la cruz...


 

Hoy tú y yo nos acercamos a la cruz en silencio.
No como quien mira un objeto antiguo.
No como quien cumple un rito vacío.
No como quien repite un gesto por costumbre.

Hoy tú y yo nos acercamos a la cruz temblando por dentro, porque en ella no vemos solo madera: vemos el amor llevado hasta el extremo. Vemos a Cristo entregado, herido, humillado, traspasado… pero amando hasta el final. Vemos a Jesús cargando con el peso del pecado del mundo, con el dolor de la humanidad, con nuestras caídas, nuestras heridas, nuestras traiciones, nuestras noches más oscuras. Y lo hace por amor. Por un amor inmenso, fiel, apasionado, misericordioso.

Adorar la cruz no es adorar el dolor por el dolor.
No es glorificar el sufrimiento.
No es recrearnos en la tragedia.
No es besar un madero como si fuera un amuleto.
No es un gesto externo para quedar bien.

Adorar la cruz sí es reconocer que ahí está la medida del amor de Dios.
Sí es contemplar a Cristo, que se entrega libremente por nuestra salvación.
Sí es dejar que la cruz nos rompa por dentro el orgullo, la dureza, la indiferencia.
Sí es arrodillarnos ante el Amor crucificado, ante el Inocente que cargó con los culpables, ante el Hijo que desde la cruz sigue diciendo: “Padre, perdónalos”.

Hoy, tú y yo, al adorar la cruz, no venimos como espectadores.
Venimos como hijos.
Venimos como pecadores perdonados.
Venimos como pueblo rescatado.
Venimos con el alma en la mano, con nuestras lágrimas, con nuestras luchas, con nuestros cansancios, con nuestras cruces escondidas, y también con la esperanza de saber que el amor de Cristo es más grande que nuestro pecado y más fuerte que nuestra muerte.

La actitud con la que adoramos la cruz ha de ser humilde, agradecida, sincera y profundamente confiada.
Humilde, porque la cruz nos recuerda que no nos salvamos solos.
Agradecida, porque hemos sido amados hasta el extremo.
Sincera, porque no podemos besar la cruz con los labios y rechazarla con la vida.
Confiada, porque quien murió en ella no nos condena, sino que nos abraza, nos perdona y nos abre el camino de la vida.

Adorar la cruz es decirle a Jesús desde lo más hondo:
“Señor, creo en tu amor.
Señor, no quiero seguir huyendo de ti.
Señor, quiero dejarme salvar.
Señor, quiero unirme a tu entrega.”

Y ese gesto lleva consigo un compromiso.
Quien adora la cruz asume que ya no puede vivir de cualquier manera.
Adorar la cruz es comprometerse a amar más y mejor.
Es decidirse a perdonar.
Es renunciar al egoísmo.
Es cargar con paciencia y fe la propia cruz de cada día.
Es estar al lado del que sufre.
Es no pasar de largo ante el dolor ajeno.
Es dejar crucificar en nosotros el orgullo, la soberbia, la mentira, la tibieza, la comodidad.
Es permitir que muera el hombre viejo para que nazca una vida nueva en Cristo.

La cruz que hoy, tú y yo, adoramos no nos hunde: nos revela cuánto valemos para Dios.
No nos humilla: nos levanta desde el amor.
No nos encierra en la tristeza: nos abre a una esperanza que todavía no vemos del todo, pero que ya late en el silencio santo de este día.

Por eso, cuando nos acerquemos a besar la cruz, hagámoslo con el corazón ardiendo.
No demos un beso frío.
No demos un gesto distraído.
No pasemos deprisa.

Acerquémonos como quien se encuentra con Alguien que lo ama de verdad.
Como quien necesita ser perdonado.
Como quien quiere volver a empezar.
Como quien comprende que en esa cruz está su nombre escrito en el corazón de Cristo.

Hoy , tú y yo, adoramos la cruz, porque en ella estuvo crucificado nuestro Salvador.
Hoy adoramos la cruz, porque desde ella brotó la misericordia.
Hoy adoramos la cruz, porque en ella el amor venció al odio.
Hoy adoramos la cruz, porque allí Cristo tomó sobre sí nuestra muerte para abrirnos el camino de la vida.

Que al besar la cruz, no besemos solo un signo.
Besemos el Amor.
Y que tras este gesto en el Viernes Santo, llevemos grabado en el alma este compromiso:
vivir crucificados con Cristo en el amor, para resucitar con Él en una vida nueva.

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Señor Jesucristo,
al acercarnos hoy a tu cruz, no queremos hacer un gesto vacío,
sino abrirte de verdad el corazón.

No adoramos el dolor,
te adoramos a Ti,
Amor crucificado,
Misericordia entregada,
Vida ofrecida por nuestra salvación.

En tu cruz contemplamos nuestro pecado,
pero más aún contemplamos tu perdón;
vemos nuestras heridas,
pero más aún vemos la inmensidad de tu ternura;
vemos el sufrimiento,
pero sobre todo descubrimos un amor fiel hasta el extremo.

Haznos adorarte con humildad,
con gratitud,
con fe sincera
y con un corazón dispuesto a cambiar.

Que al besar tu cruz
renunciemos al egoísmo,
abracemos el perdón,
sepamos cargar con amor nuestra propia cruz
y aprendamos a estar cerca de quienes sufren.

Cristo del Viernes Santo,
rompe nuestra indiferencia,
ablanda nuestra dureza,
levanta nuestra esperanza
y enséñanos a vivir como quien ha sido amado hasta el extremo.

Que no adoremos tu cruz solo con los labios,
sino con la vida.
Y que, unidos a tu entrega,
sepamos caminar contigo
hasta la luz de la resurrección.

Amén.

 


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Julio Roldán