“No tengas miedo al tiempo que se va: yo estaba en cada día, también en los que no entendiste. No me impresionan tus listas de pecados ni tus fallos; me importa tu corazón. Yo no te cuento por éxitos: te llamo por tu nombre.
Mira el año con verdad, pero sin crueldad. Gracias por lo bueno que diste, aunque nadie lo viera. Y por lo que no pudiste: entrégamelo, no lo cargues solo. No te condenes por lo que quedó a medias: un comienzo pequeño es mío.
En estos días de Navidad, mírame pequeño: un Niño. No vine a aplastarte con exigencias, sino a salvarte desde la cercanía. Y por eso quise que mi primera casa fuera el corazón de una madre.
Mira a María, Madre mía y tuya: ella no lo entendió todo, pero lo guardaba y lo meditaba. No tenía el calendario controlado, pero tenía fe. Si el año te deja preguntas, déjalas también en sus manos. Ella sabe acompañar procesos, silencios, esperas. Ella te enseña a comenzar sin ruido, a confiar sin tenerlo todo atado.
Si te pesa el pasado, ven. Si te asusta el futuro, ven. Si estás cansado, ven: “Vengan a mí los que estáis cansados y agobiados”. Yo no te empujo; te sostengo. Te pido una cosa sencilla: que me abras una rendija y me dejes entrar ahí donde no llegas.
Para este año 2026, recién estrenado, no te prometo una vida sin cruces; te prometo mi presencia. Y una pregunta: ¿a quién quieres amar mejor? Empieza por lo concreto: una llamada, un perdón, un gesto, un tiempo para orar, un paso de reconciliación.
Y cuando hoy 1 de enero celebres a María Madre mía y tuya, escucha también su “sí” como si fuera para ti: el Dios puede nacer en tu vida tal como está, con tus límites y tu barro. Esta noche, con el sonido de las campanas, pídeme luz. Yo soy tu luz. Y si caes, no te alejes: vuelve. Yo sigo aquí contigo en este nuevo año.”

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Julio Roldán