Mensaje de Melchor
Hola. Soy Melchor.
Vengo de lejos… pero, si te soy sincero, lo más largo no fue el camino: fue aprender a mirar.
En el portal no encontramos un trono, sino un Niño. No hallamos seguridad, sino pobreza. Y, sin embargo, allí estaba lo más grande: un Dios que no se impone, se ofrece. Un Dios que no grita, susurra. Un Dios que no aplasta, se deja cargar.
A ti, niño o niña:
cuando te digan que para valer hay que ganar siempre, recuerda: el Niño de Belén no “ganó” nada… y lo cambió todo. Si puedes, hoy regala algo sencillo: una sonrisa, un perdón, un “¿jugamos?”, un abrazo a quien se quedó fuera.
A ti, adulto:
si estás cansado de las noticias, de la prisa, del cinismo, te entiendo. Pero no te resignes. El mundo no se arregla solo con discursos: se empieza arreglando con una decisión pequeña y concreta. Esta: no pasar de largo ante quien sufre.
A creyentes y a quienes no lo son:
si no puedes decir “Dios”, di al menos “dignidad”. Si no puedes rezar, protege. Si no sabes cómo creer, haz el bien. Porque esa estrella que seguimos no era una teoría: era una llamada a caminar hacia lo humano.
Mi regalo, el oro, hoy te lo traduzco así:
tu valor no se vende, y el valor del otro tampoco.
Sé inconformista, sí. Pero de los que construyen: de los que hacen el mundo más habitable empezando por su casa, su trabajo, su calle.
Mensaje de Gaspar
Soy Gaspar.
Me miras y quizá piensas: “Un cuento bonito”. Y lo entiendo. También yo dudé muchas veces. Pero pasó algo: en Belén, el corazón se me volvió más verdadero.
Yo llevaba incienso, perfume para lo sagrado. Y descubrí que lo verdaderamente sagrado no era el humo que sube, sino la vida que se cuida. Lo sagrado es una madre que protege, un padre que busca pan, un niño que ríe, un anciano que no se rinde, un enfermo que espera compañía.
A los niños:
no te dejes robar la capacidad de asombrarte. Cuando ves injusticias y te indignas, eso es un tesoro. No lo conviertas en rabia que rompe, conviértelo en valentía que ayuda: comparte, defiende al que molestan, pide perdón rápido, di la verdad.
A los adultos:
hay gente que se ríe de la esperanza. La llaman ingenuidad. Pero yo te digo: lo ingenuo no es esperar; lo ingenuo es creer que la indiferencia nos salvará.
Si quieres un mundo más justo, empieza por una costumbre: escuchar de verdad. Escuchar sin pantalla, sin prisa, sin ironía.
A creyentes y no creyentes:
si el incienso te suena a iglesia, quédate con esto: hay cosas que merecen respeto como si fueran sagradas: la infancia, la paz, el planeta, el pan, el trabajo digno, el derecho a vivir sin miedo.
Mi regalo hoy se convierte en una petición:
no vivas de rodillas ante el dinero, ni ante el “siempre se ha hecho así”.
Vive de pie, con ternura y con coraje.
Mensaje de Baltasar
Soy Baltasar.
Yo traía mirra, y sé que suena raro: es un perfume amargo, usado para heridas y para despedidas. ¿Por qué llevar eso a un Niño? Porque, al mirarlo, comprendimos algo fuerte: este Niño venía a tocar nuestras heridas, y a cargar también con las del mundo.
A ti, niño o niña:
si alguna vez te sientes diferente, pequeño, fuera de lugar… recuerda que el primer hogar de Jesús fue un lugar simple. Y que en esa casa hubo sitio para pastores, para extranjeros, para gente rara como nosotros. Tú también tienes sitio. Y tu misión es sencilla: no dejes a nadie sin sitio.
A ti, adulto inconformista:
tu cansancio es real. Tus ganas de justicia también. Pero ojo: no te conviertas en lo que criticas. No te acostumbres a despreciar, a etiquetar, a deshumanizar al que piensa distinto. La justicia sin compasión se vuelve dura. Y la compasión sin justicia se vuelve blanda. Las dos juntas cambian el mundo.
A creyentes y no creyentes:
no hace falta estar de acuerdo en todo para caminar hacia lo humano. Podemos unirnos por algo básico: que ninguna persona sea tratada como cosa, que ningún niño crezca sin oportunidades, que la Tierra no sea un vertedero, que la paz no sea un slogan.
Mi regalo, la mirra, hoy significa esto:
cuida las heridas (las tuyas y las ajenas) y no las tapes con ruido.
Y haz una cosa concreta esta semana: elige una causa pequeña pero real—una persona sola, un gesto ecológico, una ayuda silenciosa, una reconciliación pendiente—y sosténla con fidelidad.
Porque la estrella no era un adorno del cielo:
era una invitación a convertir la vida en camino. Y el camino, en casa para todos.
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Julio Roldán