viernes, 29 de diciembre de 2017

Oración para esta Navidad


Jesús, te adoro en la eucaristía. 
Anunciado desde siglos, 
enviado al mundo por el derroche de amor infinito de tu Padre, 
gracias al “sí” de una joven nazarena, eres puente entre Dios y la humanidad. 

Nacido en Belén, y años más tarde en Jerusalén, en la cruz, entregas tu vida, 
naces y mueres por mí. Belén y Jerusalén,  dos etapas distintas de tu vida, 
principio y fin.

La ternura recibida  al contemplarte  como Jesús Niño en Belén, 
es similar a  cuando  te observo, ya adulto, en la cruz. 
Aunque pequeño, eres capaz de llamarme la atención por esos ojos, 
brillantes en la noche oscura. 

Tampoco rehúyo contemplarte no ya junto a los maderos de tu cuna, 
sino con tu castigado y dolorido cuerpo , 
manos y pies clavados a un par de travesaños . 
Así, a través de tu nacimiento, tu muerte y tu resurrección, 
por medio de tus ojos, introduces una explosión de luz.  
Una mirada de claridad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 
Tus pequeñas manos, tus delicados dedos que acaricio suavemente, 
serán los mismos que partan el Pan en la última cena, la víspera de tu muerte, 
primera eucaristía de la humanidad. Manos para la fraternidad.

Tu pequeña boca, ahora sonriente, será la misma de la que brotan ya en tu vida pública palabras de consuelo, perdón y sanación. 
Balbuceos y sollozos en la cuna de Belén, anticipo de los gozos y dificultades, 
anuncio de las  bienaventuranzas e invitación a hacerme como los niños, 
herederos del Reino de los cielos. Una boca, unos labios, pregoneros para anunciar la Buena Noticia.

Tus diminutos pies, agitándose con inquietud en el aire, 
preludio de tu vida adulta para recorrer con vigor y entusiasmo 
ciudades, pueblos y aldeas.

Jesús, eres especial .Vienes a complicarme la vida, deseas algo de mí. 
Basta dedicarte un poco de atención, algo de tiempo y todo cambia contigo.
Cada día, cuando en la eucaristía, acojo entre mis manos el Cuerpo de Cristo,  
tu mismo Cuerpo, te acojo a ti mismo, Niño nacido en Belén.

La sencillez del pesebre me invita a vivir de ese mismo modo, sin complicaciones, con austeridad para que así tú, Señor, seas mi riqueza, 
con gozo me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad, como dice el salmo.

En medio del frío de la noche, yo quiero llevar calor. 
Mi corazón, enamorado por este Niño, desea estar encendido en el fuego de su Amor.

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Julio Roldán