jueves, 9 de noviembre de 2017

Homilía en el 15 Aniversario - 11 octubre 2017



Esta vela que tomo ahora en mis manos, es la que ustedes encenderán en unos minutos para acompañar al Señor en la procesión que haremos al final. Me llama la atención algo importante. Sentí en la oración que hoy las lecturas debían de estar centradas en el amor a Dios, y providencialmente leo eso mismo en la frase que acompaña cada vela: “Dios es Amor”. Con lo cual, fíjense cómo compartimos la misma sensibilidad y Él nos ilumina a todos.

Me siento agradecido y emocionado. Agradecido porque lo que hoy celebramos es una historia de luz, una historia que, movida por las personas que lo iniciaron, se ha transmitido hasta nuestros días con la claridad que cada uno ha ido aportando.  Un camino de luz que hace que hoy la Capilla de Adoración eucarística en San Blas, sea lo que es hoy. No olvidemos que hoy es el primer templo de la ciudad que permanece abierto catorce horas entre semana. También hay que hacer constar los más de 150 adoradores que dedican su tiempo al Señor, para acompañarle con su presencia, al menos durante una hora a la semana. Hoy es un referente, no solamente para el barrio, sino también para el resto de la Ciudad, e incluso de la Isla.

Aparte de todo esto, quiero compartir contigo el valor personal que tiene para mí. Desde hace años, siempre que he venido a esta zona de Vegueta, bien porque debía ir al Obispado, a la librería diocesana o a las religiosas Nazarenas, antes o después de la gestión que debía realizar, me acercaba a orar en esta Capilla.

Y es que, como a cualquier otro sacerdote, lo que mueve hoy mi corazón es un profundo amor a Cristo y a su Iglesia. Vivo infinitamente agradecido por un importante regalo recibido. Me refiero a ser sacerdote, ya son 27 años. Hace dos, celebré mis bodas de plata y puedo decir que cada día me siento más feliz de esta entrega al Señor, desde el servicio a los hermanos.

El Señor me ha conducido hasta aquí en este nuevo destino como Rector de la Capilla de Adoración eucarística en San Blas y realmente veo la mano de Dios en esta misión. En la parroquia de la Santa Cruz, de la que vengo y en la que he estado durante ocho años, tuvimos una serie de experiencias que merece la pena recordar. En el año de la fe, en su apertura y clausura, en el 25 aniversario de mi ordenación sacerdotal, en el año de la misericordia tuvimos vigilia de adoración eucarística a la que fueron no solamente personas de la parroquia, sino de toda la Ciudad e incluso la Isla. Un ejemplo que me sorprendió es que vinieron del sur de Gran Canaria en las horas de la noche en que es más difícil acompañar al Señor, a las dos, las tres, las cuatro…Vigilias que todos recordaremos porque llevamos grabadas en el propio corazón. Pues bien, ahora visto desde la fe, es ese uno de los modos en los que veo un anticipo y preparación a lo que iba a ser mi misión futura, que hoy es este nombramiento.

La mano de Dios me acompaña hasta aquí ya desde hace tiempo. Una de mis opciones personales como sacerdote es dedicar tiempo para acoger y escuchar a las personas, para ofrecer el sacramento de la reconciliación, es decir el acompañamiento espiritual de los creyentes. Tarea a la que vengo ahora también en este servicio.

En este agradecimiento por este camino de luz que nos conduce hasta la fecha actual, deseo tener un recuerdo por los adoradores que marcharon a la Casa del Padre, también por aquellas personas, quizá familiares o amigos, que nos ayudaron con sus vidas a ser luz.

Me van perdonar que no sea quizá del todo objetivo. Recuerdo a mi padre, él me decía: “Julio, que seas siempre luz”. Él fue adorador nocturno, iba a acompañar al Señor en el sagrario y me hablaba de lo importante que es dedicar tiempo para estar junto a Él. Hombre profundamente eucarístico. Cuando regresaba a su banco, tras comulgar, se arrodillaba, enseguida sacaba un pañuelo y secaba sus lágrimas, era la emoción de recibir al Señor. Ha pasado el tiempo y algo parecido me sucede, en más de una ocasión me suelo emocionar mientras celebro la eucaristía, en distintos momentos de la celebración. Algo que no puedo ocultar. Es la grandeza de sentir al Señor, a Jesús Pan de Vida. Quienes más me conocen, perciben esa emoción.

Alguno de ustedes habrá pensado que para esta tarea en la que a las siete de la mañana uno comienza el día celebrando la misa, el Obispo habrá pensado en un sacerdote madrugador y acostumbrado a este ritmo de vida. Pues no, fíjense que yo durante mucho tiempo he sido trasnochador, y me levantaba tarde. Hace ya un tiempo, sin saber nada de que venía aquí, consciente de que rendía más al madrugar, fui cambiando mis horarios para irme adaptando a esta nueva realidad. Reconozco que el Señor utiliza mi barro, mi fragilidad y miseria, para que Él, el Alfarero, haga de mí su mejor obra de arte. Todo es gracia.

Desde que recibí este nombramiento, y así se lo dije al párroco de Santo Domingo, D. José Domínguez, de quien depende esta Capilla, ustedes han estado presentes en mi oración. Él, su Parroquia y esta Capilla han estado presentes de modo especial este verano en la gruta de la Virgen en Lourdes, y ante el Santísimo. No nos conocíamos muchos de nosotros, pero fíjense ahora que nos vemos puedo poner rostro concreto a esas personas concretas presentadas en mi súplica al Señor y la Madre.

Y desde esta actitud de agradecimiento, miro ahora hacia el futuro y lo hago con emoción. Esto es obra de Dios, y deseo tomarme de su mano. Él ha estado conmigo en muchos momentos de mi vida y nunca me ha fallado, soy yo quien le he fallado. Por eso, brota de mí la confianza, me siento seguro porque esto es obra suya y no nos fallará a nadie.

En esta hermosa historia de luz que celebramos estamos llamados todos, tú y yo, a compartir nuestras luces, a remar juntos en la misma dirección sabiendo que el Señor es quien dirige su obra.
Vengo con ilusión y entusiasmo. Vengo con el deseo de seguir entregando mi sacerdocio al servicio de todos ustedes, vengo para estar a tu servicio.

Deseo prestar mis manos al Señor para bendecir en su nombre, y sobre todo para partir y repartir el Pan de Vida, alimento para todos nosotros. Deseo prestar mis oídos para escucharlos a todos, para escuchar tus alegrías y dificultades, aquello que te preocupa o hace sufrir. Deseo prestar mi boca para tener una palabra de ánimo, aliento o consuelo a quien lo necesite. Deseo prestar mis manos y brazos para acompañar, acoger…En definitiva, deseo prestar mi corazón a Cristo para seguir amando, a ustedes, a ti, a quienes recibo como parte de mi familia…

Y cómo no, presentaré todo esto, las intenciones de cada uno de ustedes, con sus  preocupaciones, alegrías…en la mesa del altar. Recordemos que la misa no solamente se ofrece por los difuntos, sino que también está nuestra vida y la de nuestros hermanos.

Las lecturas que hemos escuchado antes, elegidas especialmente para este momento, recogen todo lo que les he comentado ya, el amor de Dios. Quien es adorador es alguien que se siente amado por el Señor en su vida, porque Él nos amó primero y por nuestra parte, nuestro compromiso, el tuyo y el mío, es la respuesta al amor gratuito de Dios. (1ª Juan 4, 7-10). Se trata de que tú y yo hagamos la experiencia de sentirnos conocidos del Señor, de tal modo que ya en el vientre de tu madre, nuestros nombres se escribían en el corazón de Dios (Salmo 138), reflexión que aplico a mi vida y me estremezco ante la grandeza de este amor divino. En definitiva, se trata de vivir una historia de amistad con Aquel que sabemos nos ama quien nos elige y llama para dar fruto abundante. ( Juan 15, 12-17)

Miro al futuro y deseo retomar esta historia de luz, iniciada hace quince años, tomo la luz recibida de otros para transmitirla con ilusión y alegría. La fuerza del Espíritu haga de este lugar, la Capilla de Adoración eucarística en la ermita de San Blas, un espacio de silencio y espiritualidad, un lugar para alentar, animar y acompañar a los adoradores  y finalmente, un lugar de comunión eclesial coordinado con otras realidades pastorales sin perder nunca el horizonte de la adoración al Señor.

Concluyo, poniendo todo esto en manos del Señor, no sin olvidar hoy en este 11 de octubre  la intercesión de San Juan XXIII, a quien recuerda la Iglesia en este día, promotor del Concilio Vaticano II, para que esta realidad pastoral viva en comunión con las orientaciones conciliares y sea una ventana abierta a la fuerza renovadora del Espíritu Santo. Me encomiendo a María, la Madre, para vivir en disponibilidad a la voluntad de Dios así como la cercanía y servicio a todos ustedes. En definitiva, me pongo en las manos del Señor para que Él disponga de mí, según sus deseos. Y lo hago con la oración del abandono de Carlos de Foucauld que dice:

“Padre, me pongo en tus manos. 
Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias. 
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo 
con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. 
No deseo nada más, Padre. 
Te confío mi vida, te la doy, con todo el amor de que soy capaz, 
porque te amo y necesito darme. 
Ponerme en tus manos con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre.”




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Julio Roldán