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domingo, 1 de noviembre de 2026
Quiero ser santo - Oración en la solemnidad de todos los santos
Quiero ser santo, Señor…
Pero no un santo de estampita, sino de carne y hueso, con mis alegrías
y heridas, mis ilusiones y cansancios, mis aciertos y equivocaciones.
Quiero ser santo, no para sentirme mejor que nadie,
sino para
amar más y servir mejor.
Quiero
ser uno de esos «santos de la puerta de al lado»,
que no hacen ruido ni buscan aplausos,
pero dejan huellas de bondad,
siembran alegría y esperanza haciendo presente
tu amor en las pequeñas cosas de cada día.
Tu Palabra me recuerda:
«Qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).
¡Gracias, Padre, porque antes de pedirme que sea santo,
me recuerdas que soy tu hijo!
Quiero ser santo, Jesús, viviendo tus bienaventuranzas:
pobre de espíritu para necesitarte,
manso para no herir, misericordioso para perdonar,
limpio de corazón para vivir sin máscaras
y constructor de paz para unir lo que otros separan.
Que sepa llorar con quienes lloran y tener hambre y sed de justicia.
Quiero ser santo sin dejar de ser profundamente humano.
Quiero ser santo en lo cotidiano:
escuchando con paciencia, acompañando al enfermo,
levantando al caído, ofreciendo una palabra amable
y perdonando aunque me cueste.
Quiero ser santo cuando todo va bien
y cuando llegan las dificultades;
cuando mi fe brilla y cuando debo confiar sin ver.
Enséñame que la santidad no consiste en no caer nunca,
sino en dejarme levantar por tu misericordia.
Quiero ser santo con los demás, en una Iglesia que sea hogar,
puerta abierta y esperanza para los pobres.
Que mi oración me acerque a las personas,
mi adoración me lleve al servicio
y la Eucaristía me enseñe a compartir mi vida.
Quiero formar parte de esa multitud inmensa
que contempla tu rostro (Ap 7,9),
junto a tantos santos anónimos
que dejaron hue
llas de bondad en mi camino.
Quiero ser santo hoy. Aquí. Con estas personas que pones ante mí.
En estas circunstancias. Con esta vida que me has regalado.
Y
c
uando llegue al final, quisiera presentarte
unas manos que hayan servido, un corazón que haya amado
y una vida que haya intentado parecerse a la tuya.
María, Reina de todos los Santos, acompáñame.
Espíritu Santo, renueva mi corazón.
Padre bueno, no permitas que me conforme con una vida sin amor.
Quiero ser santo, Señor… no para que los demás me admiren,
sino para que, al encontrarse conmigo,
descubran un poquito más de ti. Amén.
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Un saludo.
Julio Roldán
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