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sábado, 4 de abril de 2026

Palabras de Jesús resucitado a un creyente del siglo XXI


 Domingo de Pascua 

Palabras de Jesús resucitado a un creyente del siglo XXI

Mírame bien.

Soy yo.
Sí, yo, el que fue clavado en la cruz, el que pasó por la noche del dolor, del abandono, del silencio y de la muerte. Soy yo, el que conoció las lágrimas, la traición, la dureza de los corazones, la violencia de los poderosos y el peso del pecado del mundo. Soy yo. Pero ahora estoy vivo. He resucitado.

Y hoy, en este domingo de Pascua, quiero decírtelo a ti, que vives en medio de un siglo lleno de ruido, de prisas, de pantallas, de incertidumbres, de cansancios interiores y de miedos escondidos: no tengas miedo. Yo he vencido a la muerte. Y si he vencido a la muerte, también puedo vencer contigo todo aquello que te roba la vida por dentro.

Tú ves muchas veces piedras demasiado pesadas.
Piedras en tu corazón.
Piedras en tu familia.
Piedras en tu historia.
Piedras en este mundo herido.

Ves la piedra del desánimo, la de la soledad, la de la tristeza que no sabes explicar, la del pecado repetido, la de los recuerdos que duelen, la de la falta de esperanza, la de la guerra, la de la injusticia, la del egoísmo, la del resentimiento. Y a veces piensas que nada va a cambiar, que el sepulcro seguirá cerrado, que la oscuridad será más fuerte.

Pero escucha bien: yo he salido del sepulcro.
La piedra ha sido removida.
Y no solo la mía. También puedo remover la tuya.

Hay tumbas que siguen cerradas en tu tiempo. Tumbas muy vigiladas. Tumbas que parecen inamovibles. Tumbas donde muchos entierran la confianza, la pureza del amor, la verdad, la compasión, la fe, la alegría de vivir. Tumbas dentro del alma. Tumbas en la sociedad. Tumbas en pueblos enteros rotos por el odio. Pero yo, Resucitado, sigo entrando donde creías que ya no podía entrar nadie.

No he resucitado para que me admires de lejos.
He resucitado para encontrarte.
Para hablarte.
Para tocar tu herida.
Para devolverle latido a lo que en ti parecía muerto.

Yo sé que muchas veces vives cansado.
Cansado de promesas vacías.
Cansado de relaciones frágiles.
Cansado de luchar contra lo mismo.
Cansado de ver cómo el mundo puede hacerse duro, frío, indiferente.
Cansado incluso de ti mismo.

Pero no te apartes de mí precisamente ahora.
No huyas del sepulcro.
No te quedes mirando solo la piedra.
Mírame a mí.

Yo soy la luz que ninguna noche ha podido apagar. Y quiero encender mi luz en ti. En la noche santa, de una sola llama se encienden muchas luces. Así quiero hacer contigo. Quiero que recibas mi fuego y que también tú seas luz. No necesitas ser perfecto para iluminar. Necesitas dejarte encender. Quiero hacer de ti una pequeña lámpara para este mundo herido.

Tu siglo tiene mucha información, pero poca sabiduría.
Muchos contactos, pero poca comunión.
Mucho ruido, pero poca interioridad.
Mucha opinión, pero poca verdad vivida.
Mucho miedo al dolor, pero poca capacidad de amar hasta el extremo.

Por eso vengo a ti resucitado, no para quitarte la humanidad, sino para llenarla de plenitud. No para alejarte del mundo, sino para enviarte a él con un corazón nuevo. No para endurecerte, sino para hacerte más libre, más compasivo, más limpio, más valiente, más verdadero.

Yo sé cuáles son tus tumbas cerradas.
Sé el nombre de tus heridas.
Sé dónde te has resignado.
Sé lo que callas.
Sé lo que lloras cuando nadie te ve.
Sé lo que todavía no has perdonado.
Sé lo que temes perder.
Sé cuánto anhelas vivir de verdad.

Y por eso hoy te repito: no tengas miedo.
Mi resurrección no borra mágicamente todos tus problemas, pero sí cambia su horizonte. Ya no caminas solo. Ya no luchas solo. Ya no lloras solo. Ya no mueres solo. Yo estoy contigo. Y donde yo estoy, la muerte no tiene la última palabra.

Quiero que entiendas algo muy importante: la Pascua no es solo mi triunfo; es también tu posibilidad. Porque si me dejas entrar, puedo hacer nuevas todas las cosas. Puedo abrir lo que tú cerraste. Puedo reconciliar lo que rompiste. Puedo sanar lo que escondes. Puedo fecundar lo que parecía estéril. Puedo sacar vida donde todos daban por segura la derrota.

Yo sigo haciendo de los mares caminos.
Sigo sacando orden del caos.
Sigo convirtiendo la aridez en tierra fecunda.
Sigo derramando agua sobre las sequedades del alma.
Sigo dando un corazón nuevo.
Sigo llamando a la puerta de quienes creen que ya es tarde
.

No es tarde para ti.

Aunque hayas vivido lejos.
Aunque te hayas enfriado.
Aunque hayas perdido la alegría de creer.
Aunque te hayas acostumbrado a una fe rutinaria.
Aunque lleves dentro decepciones antiguas.
Aunque sientas vergüenza de tu pobreza.
No es tarde.

Yo resucité también para entrar en tu hoy.
En tu casa.
En tu trabajo.
En tus luchas.
En tus relaciones.
En tus decisiones.
En tu historia concreta.

No me busques solo en los grandes discursos. Búscame en la vida que vuelve a brotar, en la misericordia que te levanta, en la verdad que te libera, en la paz que te desarma por dentro, en el perdón que te cuesta dar, en la valentía de amar cuando es más fácil cerrarse.

Mi Pascua quiere hacerse carne en ti.

Quiero que cantes aleluya con la vida, no solo con los labios. Quiero que allí donde otros siembran división, tú siembres comunión. Quiero que allí donde otros alimentan la dureza, tú lleves ternura. Quiero que allí donde otros propagan miedo, tú transmitas confianza. Quiero que allí donde otros entierran la esperanza, tú abras una rendija de luz.

No te pido que salves el mundo por tu cuenta.
Te pido que me dejes resucitar en ti.
Y desde ahí, que salgas a anunciar.

Sí, anunciar.
Porque las mujeres de la mañana de Pascua no se quedaron quietas. Fueron corriendo. El encuentro conmigo las puso en camino. El amor verdadero siempre se convierte en misión. Quien me encuentra vivo no puede guardar el fuego solo para sí. Por eso te digo hoy: lleva mi paz, lleva mi alegría, lleva mi Evangelio, lleva mi compasión. Tu mundo necesita testigos, no solo espectadores.

Y cuando vuelvas a sentir el peso de alguna piedra, cuando te parezca que el sepulcro vuelve a cerrarse, cuando la noche se haga larga, recuerda esto: yo ya he pasado por ahí. Conozco la noche. Conozco la herida. Conozco el abandono. Pero también conozco la mañana. Y quiero llevarte conmigo hacia ella.

No te quedes encerrado en lo viejo.
No vivas de espaldas a la luz.
No hagas alianza con la tristeza.
No conviertas tus heridas en sepulcro.
Déjame entrar.
Déjame levantarte.
Déjame enviarte.

Hoy te digo, con la ternura y la fuerza del Resucitado:

Yo vivo.
Y vivo por ti.
Y vivo contigo.
Y vivo en ti, si me abres el corazón.

Por eso levanta la mirada.
Respira esperanza.
Vuelve a creer.
Atrévete a amar.
Camina.
Anuncia.
Perdona.
Sirve.
Enciende.
Siembra paz.

Porque yo, tu Señor, he resucitado.
Y desde hoy, ninguna tumba es definitiva para el que se deja abrazar por mi amor.

Soy Jesús.
Estoy vivo.
Y te espero en la vida.


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Julio Roldán