Jesús vuelve a su pueblo y no lo reciben.
A veces lo cercano es
lo que más cuesta valorar.
Es como tener un tesoro en casa y no
abrir la caja.
La gente se enfada porque Jesús les rompe el
orgullo.
Nos pasa: preferimos un Dios que nos aplauda antes que
un Dios que nos convierta.
Pero Jesús no viene a acariciar el
ego.
Viene a curar el corazón.
Y la cura, a veces, duele
un poco al principio.
Este Evangelio te pregunta: ¿qué verdad
de Dios me cuesta aceptar?
¿En qué me resisto porque “no me
conviene”?
Hoy pídele un corazón sencillo: menos orgullo,
más docilidad.
¿Y tú, eres de los que no te dice nada Jesús o te dejas interpelar por Él?¿De qué modo? Compártelo en comentarios.
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Gracias por tu comentario. Un saludo. Julio Roldán
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